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La moneda de Dios


Chateando acerca de la publicación en este diario sobre el avance del ateísmo, un moralista religioso, de los que hoy abundan sin mérito, me dijo que los ateos carecen de valores morales. Semejante exabrupto merecería el silencio de los inocentes, a no ser que el dislate se extienda a la afirmación de que Dios es amor y por lo tanto los ateos no pueden amar.

Nací como todos, desnudo y ateo. Mi niñez religiosa comenzó con el bautismo, y aunque no lo sabía, me abrió las puertas del cielo. Más tarde vino el catecismo y la primera comunión. Me habían comprado para la ocasión, frac, guantes blancos, moño de raso en el brazo y zapatos de charol. Su costo debió ser elevado porque antes de ir al examen mi padre me tomó por los hombros y me dijo que si no lo aprobaba ese uniforme no me serviría para el año siguiente y se perdería el dinero invertido en purificar mi pequeña alma salpicada de pecados veniales.

Recordando las advertencias del padre mío, me equivoqué en el Padre Nuestro. Tembloroso fui a la fila de los reprobados, pero en cada ciclo de preguntas me colaba a la fila de los aprobados hasta que llegué a la gran final, donde perdí al trastabillar, premonitoriamente, con el Credo. Me dieron como premio de consolación una estampa de la Virgen de Luján a quien, contrito y humillado, le encomendé mi primer gran pecado mortal.

Ya en Panamá, fui confirmado catól ico en el colegio de los jesuitas. Los padrinos de mis compañeros eran casi todos blancos, fulos y de ojos celestes. Yo escogí a mi profesor de inglés, chaparro, de pelo ensortijado y tez morena, pero bilingüe. Era época de la Mater et Magistra y de la Pacem in Terris. La de mi último Papa: Juan XXIII, El Bueno. También era tiempo de cambio y renovación en el Vaticano y el mundo. Tiempo de la doctrina social de la iglesia, de los cursillos de capacitación social, de la neoescolástica de Jacques Maritain, de la iglesia de la liberación, de los curas obreros, del catecismo social, del Padre Boff y del Papa Negro.

A mí también me picó el bichito de la devoción. Pero la vida hace trampas que son pruebas de supervivencia y de fe. Me enamoré por primera vez y desde entonces renuncié para siempre a la castidad y al celibato. Después vinieron los libros, la medicina y la rebelión contestataria contra el monopolio de Dios y el mercado de la fe, profanador del verdadero mensaje de Jesús, el Cristo.

Hoy puedo decir, sereno, que Dios vive en mí y que responde a mis temores, a mis dudas, a mi ignorancia y a lo que amo y amé, con la misma afabilidad y ternura con que me ha enseñado, contrario a lo aprendido en aquellos años de lecturas censuradas bajo el “nihil obstat” del Canon y sus dogmas contradictorios, que los ateos también aman. Porque nada hay en nosotros, ricos o pobres, creyentes o no, que no haya sido afirmado o negado incluso por amor. Amar es una facultad humana y moneda de Dios.

101 años de Panamá América

 
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