La moral y "lo malo conocido"
Cuando el hombre (o la mujer) del pueblo observa que quienes se hallan en las posiciones más altas, más distinguidas, más expectables faltan al cumplimiento de sus deberes, exhiben una conducta deshonesta y muestran un ávido afán de ventajas personales, disimulado todo bajo retóricas invocaciones a la libertad, a la democracia, la honradez y el patriotismo, cae en un descreimiento que lo torna fácil presa de los mendaces prometedores de utópicos paraísos.
Hace falta ejemplos de moral pública en Panamá. Y es responsabilidad de los que gobiernan, de los jueces y magistrados, de los legisladores, de los funcionarios y empleados públicos, y de los educadores el ofrecérselos en la forma más digna al pueblo de la Nación. Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba. La responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre (o la mujer) de gobierno, que está obligado(a), como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia define una conducta intachable. De él o ella pudiera decirse lo que de la mujer del César, que aparte de ser honrada debe parecerlo. Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada.
Probidad consistente no sólo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la ley, que lo tiene de principal custodio y encargado(a) de hacerla respetar a todos los ciudadanos, sino en permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo(a) a utilizar la influencia de su cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de su investidura con exhibicionistas equívocos, ni adquirir compromisos, así sean los nacidos de los simples vínculos amistosos o familiares capaces de apartarlo(a) del recto cumplimiento de sus obligaciones.
Quien suponga que el ejercicio de una profesión o el desempeño de un cargo constituye un privilegio o una canonjías, equivoca el concepto de tergiversar la función. Es más, especular con las necesidades públicas y obrar al impulso de las codicias materialistas y por razón de una febril aspiración de ilícito enriquecimiento, es incurrir en un delirio que sanciona el código de la moral.
Hay que accionar, ya en función de gobierno, ya en la actividad privada, con arraigada convicción y probada sinceridad. La conducta como estilo de vida y no como ficción espiritual operada con el único propósito de impresionar gratamente al mundo que nos rodea. Escoger la senda digna y seguirla por natural impulso y por encendida vocación. Escapar de las seducciones del halago y de la prebenda y mostrarse impermeable a las maquinaciones indecorosas que sonrojan y a las actitudes que salpican de lodo el nombre honrado que nos legaron nuestros mayores.
Sin embargo, no hay lugar a dudas que en Panamá, "lo malo conocido" es, hoy por hoy, la voz del pueblo, y que cuando se ignora el bien se cae en el ejercicio del mal. Las grandes crisis de la historia tienen su explicación en la decadencia educativa y cultural de los pueblos o en el predominio del oscurantismo colectivo.
Hace falta ejemplos de moral pública en Panamá. Y es responsabilidad de los que gobiernan, de los jueces y magistrados, de los legisladores, de los funcionarios y empleados públicos, y de los educadores el ofrecérselos en la forma más digna al pueblo de la Nación. Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba. La responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre (o la mujer) de gobierno, que está obligado(a), como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia define una conducta intachable. De él o ella pudiera decirse lo que de la mujer del César, que aparte de ser honrada debe parecerlo. Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada.
Probidad consistente no sólo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la ley, que lo tiene de principal custodio y encargado(a) de hacerla respetar a todos los ciudadanos, sino en permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo(a) a utilizar la influencia de su cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de su investidura con exhibicionistas equívocos, ni adquirir compromisos, así sean los nacidos de los simples vínculos amistosos o familiares capaces de apartarlo(a) del recto cumplimiento de sus obligaciones.
Quien suponga que el ejercicio de una profesión o el desempeño de un cargo constituye un privilegio o una canonjías, equivoca el concepto de tergiversar la función. Es más, especular con las necesidades públicas y obrar al impulso de las codicias materialistas y por razón de una febril aspiración de ilícito enriquecimiento, es incurrir en un delirio que sanciona el código de la moral.
Hay que accionar, ya en función de gobierno, ya en la actividad privada, con arraigada convicción y probada sinceridad. La conducta como estilo de vida y no como ficción espiritual operada con el único propósito de impresionar gratamente al mundo que nos rodea. Escoger la senda digna y seguirla por natural impulso y por encendida vocación. Escapar de las seducciones del halago y de la prebenda y mostrarse impermeable a las maquinaciones indecorosas que sonrojan y a las actitudes que salpican de lodo el nombre honrado que nos legaron nuestros mayores.
Sin embargo, no hay lugar a dudas que en Panamá, "lo malo conocido" es, hoy por hoy, la voz del pueblo, y que cuando se ignora el bien se cae en el ejercicio del mal. Las grandes crisis de la historia tienen su explicación en la decadencia educativa y cultural de los pueblos o en el predominio del oscurantismo colectivo.