La moralina al poder
Es cierto que los países y, sobretodo, los subdesarrollados como los nuestros, necesitan de líderes y pro-hombres que indiquen el camino por el que hemos de transitar. Tontos, por no decir ingenuos, aquellos de nosotros que no sepamos distinguir los distintos tipos de liderazgo y sus distintas funciones dentro de la sociedad. De entre los más aguerridos, encontramos al liderazgo de los periodistas. Ellos, que se enfrentan a la cruda realidad de nuestros pueblos, tienen generalmente, una agenda contestataria que lucha contra cualquier poder constituido, exigiendo de los gobernantes el máximo de sus posibilidades. Aclaramos que, generalmente, el máximo de posibilidades, desde la perspectiva ideal del mundo del periodista, no desde la perspectiva real del mundo del político. Los periodistas suelen tener un temperamento huraño y viven inconformes, frustrados y desilusionados de todas las gestiones gubernamentales.
También, debemos referirnos al liderazgo de los políticos. Se dice de la política que es el arte de hacer posible lo deseable, aunque en el camino del cinismo diario que conlleva la confrontación de ambos -ideal y realidad-, el político tenga que cuidarse de no parecer un romántico enamorado de un ideal imposible, pero mucho menos, una persona carente de valores, para quien todos los medios justifican los fines.
Esta sociedad nuestra que tiende a esteriotipar todo en su insaciable sed de respuestas, ha hecho del periodista el paladín de la justicia, y de la política, la más ruin de las profesiones.
Luego de más de un año de recuperación, aunque no total, del valor positivo que tiene el profesionalismo del político panameño, tal vez sea el momento de advertir en contra de la suerte de liderazgo mesiánico que nos están vendiendo como alternativa de poder, como si todos los problemas de corrupción por los que atraviesa la República se pudieran solucionar tan inmediatamente y tan rápidamente como lo exige la sociedad.
En ese sentido, es deber de los políticos, guiar la sociedad y no correr detrás del carro, de sus periódicos cambios en su estado de ánimo. La sociedad debe seguir a los políticos y no los políticos a la sociedad. Por supuesto, que ello significa el desarrollo de un tipo de liderazgo, que devuelva la credibilidad perdida a los políticos que aún no se montan en el carro, que ha dejado atrás, definitivamente, superados esquemas caudillistas.
También, debemos referirnos al liderazgo de los políticos. Se dice de la política que es el arte de hacer posible lo deseable, aunque en el camino del cinismo diario que conlleva la confrontación de ambos -ideal y realidad-, el político tenga que cuidarse de no parecer un romántico enamorado de un ideal imposible, pero mucho menos, una persona carente de valores, para quien todos los medios justifican los fines.
Esta sociedad nuestra que tiende a esteriotipar todo en su insaciable sed de respuestas, ha hecho del periodista el paladín de la justicia, y de la política, la más ruin de las profesiones.
Luego de más de un año de recuperación, aunque no total, del valor positivo que tiene el profesionalismo del político panameño, tal vez sea el momento de advertir en contra de la suerte de liderazgo mesiánico que nos están vendiendo como alternativa de poder, como si todos los problemas de corrupción por los que atraviesa la República se pudieran solucionar tan inmediatamente y tan rápidamente como lo exige la sociedad.
En ese sentido, es deber de los políticos, guiar la sociedad y no correr detrás del carro, de sus periódicos cambios en su estado de ánimo. La sociedad debe seguir a los políticos y no los políticos a la sociedad. Por supuesto, que ello significa el desarrollo de un tipo de liderazgo, que devuelva la credibilidad perdida a los políticos que aún no se montan en el carro, que ha dejado atrás, definitivamente, superados esquemas caudillistas.