La muerte de Arturo Uslar Pietri
Nieto del general Juan Pietri, vicepresidente de la república del gobierno de Juan Vicente Gómez; ministro de Educación del general Eleazar López Contreras; ministro de Hacienda, secretario y consejero político del general Isaías Medina Angarita, Arturo Uslar Pietri, pese a estos antecedentes de su primera etapa política, no fue un militarista, ni mucho menos un apologista de los regímenes militaristas que azotaron a Venezuela en la mitad de la centuria republicana. Al contrario de ello, Uslar Pietri contribuyó a la construcción del sistema democrático, con encontronazos al principio, pero con firmeza y lúcida serenidad en su madurez, hasta su muerte a los 94 años de edad.
Sus detractores recordaban la vinculación de su familia con Juan Vicente Gómez. Su padre el general Juan Uslar fue transferido en 1915 a Maracay, donde Gómez residía y despachaba como si diera órdenes en su hacienda, rodeado de áulicos sumisos que eran, en verdad, sus mayordomos. Arturo, nacido en 1906, discurrió de niño en la atmósfera instaurada por el Bisonte. Volcó esas vivencias en la novela "Oficio de difuntos"( 1976). Como político, como hombre público, Uslar Pietri no suscribió la tesis del "gendarme necesario" postulada por Laureano Vallenilla Lanz.
Acaso en el subconsciente creativo le atrajeron literariamente los hombres fuertes, los centauros de la conquista española, los caudillos tumultuosos de la independencia. Su primera novela "Las lanzas coloradas" ( 1931) retrata al caudillo español Boves " el amo de la legión infernal, el hijo del diablo, la primera lanza del Llano", mientras que Simón Bolívar es la figura mítica que el mulato Presentación Santos sólo alcanza a ver borrosamente en su agonía. En "El Camino del Dorado" ( 1947), para mí su mejor novela, sigue los pasos del terrible soldado vasco Lope de Aguirre en su peregrinar rebelde por la amazonía peruana, hasta que se apodera de la expedición encabezada por don Pedro de Ursúa y desembarca en la isla Margarita entre el pánico procreado a su paso por este feroz protoprecursor de la independencia americana, que en una memorable carta imprecó a Felipe II los descaecimientos de la conquista hispana.
Uslar Pietri reconstruyó en su escritura la saga histórica de los hombres de acción, y la peripecia republicana determinó que su iniciación política la hiciera al lado de dos militares del postgomecismo, los generales López Contreras y Medina Angarita, y no de los partidos políticos que lucharon por instaurar la democracia representativa: Acción Democrática, fundada por Rómulo Betancourt a finales de la década de los veinte, Copei de Rafael Caldera y la Unión Cívica Radical de Jóvito Villalba.
Existió un desencuentro generacional, indudablemente, en una etapa confusa y bravía en la que los civiles conspiraban con los militares y a menudo los intelectuales fungían de secretarios y asesores de los generales. Recordemos que Rómulo Betancourt llegó al poder, derrocando a Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, en yunta con militares como Marcos Pérez Jiménez y Carlos Delgado Chalbaud, presidiendo una junta revolucionaria de gobierno. Cuando el novelista Rómulo Gallegos fue derrocado en 1948 por la traición cuartelaria de Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud, el golpe fue aplaudido por Copei y la Unión Cívica Radical y otros partidos adversos a Acción Democrática. Poco tiempo les duraría el entusiasmo.
Finalmente los líderes civiles venezolanos cayeron en cuenta del error de concertar acuerdos políticos con militares. Uslar Pietri fue deportado por la junta revolucionaria de Betancourt, en una desmesura de la que los adecos de la hora se arrepintieron. Se fumó la pipa de la paz con el Acuerdo de Punto Fijo. Años más tarde, Uslar Pietri fue nombrado embajador ante la UNESCO por Carlos Andrés Pérez y nadie se arrebató en Venezuela por el nombramiento, apadrinado por Rómulo. Todo esto, y mucho más, fue posible porque Uslar Pietri fue un hombre muy respetado por su inteligencia y ecuanimidad. Después de las veleidades políticas que en un momento lo llevaron a tentar la candidatura a la presidencia de la república, se retiró a sus cuarteles de invierno. Su columna "Pizarrón" en El Nacional dictó cátedra de magisterio cívico. En los numerosos libros de ensayo que publicó se transparentó el orden mental y la ponderación espiritual de un hombre que algún tiempo vivió entre el Apolo de la literatura y el Dionisos de la política, entre Scila y Caribdis, pero que logró arribar a la sofrosine, para bien de Venezuela y América Latina.
Sus detractores recordaban la vinculación de su familia con Juan Vicente Gómez. Su padre el general Juan Uslar fue transferido en 1915 a Maracay, donde Gómez residía y despachaba como si diera órdenes en su hacienda, rodeado de áulicos sumisos que eran, en verdad, sus mayordomos. Arturo, nacido en 1906, discurrió de niño en la atmósfera instaurada por el Bisonte. Volcó esas vivencias en la novela "Oficio de difuntos"( 1976). Como político, como hombre público, Uslar Pietri no suscribió la tesis del "gendarme necesario" postulada por Laureano Vallenilla Lanz.
Acaso en el subconsciente creativo le atrajeron literariamente los hombres fuertes, los centauros de la conquista española, los caudillos tumultuosos de la independencia. Su primera novela "Las lanzas coloradas" ( 1931) retrata al caudillo español Boves " el amo de la legión infernal, el hijo del diablo, la primera lanza del Llano", mientras que Simón Bolívar es la figura mítica que el mulato Presentación Santos sólo alcanza a ver borrosamente en su agonía. En "El Camino del Dorado" ( 1947), para mí su mejor novela, sigue los pasos del terrible soldado vasco Lope de Aguirre en su peregrinar rebelde por la amazonía peruana, hasta que se apodera de la expedición encabezada por don Pedro de Ursúa y desembarca en la isla Margarita entre el pánico procreado a su paso por este feroz protoprecursor de la independencia americana, que en una memorable carta imprecó a Felipe II los descaecimientos de la conquista hispana.
Uslar Pietri reconstruyó en su escritura la saga histórica de los hombres de acción, y la peripecia republicana determinó que su iniciación política la hiciera al lado de dos militares del postgomecismo, los generales López Contreras y Medina Angarita, y no de los partidos políticos que lucharon por instaurar la democracia representativa: Acción Democrática, fundada por Rómulo Betancourt a finales de la década de los veinte, Copei de Rafael Caldera y la Unión Cívica Radical de Jóvito Villalba.
Existió un desencuentro generacional, indudablemente, en una etapa confusa y bravía en la que los civiles conspiraban con los militares y a menudo los intelectuales fungían de secretarios y asesores de los generales. Recordemos que Rómulo Betancourt llegó al poder, derrocando a Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, en yunta con militares como Marcos Pérez Jiménez y Carlos Delgado Chalbaud, presidiendo una junta revolucionaria de gobierno. Cuando el novelista Rómulo Gallegos fue derrocado en 1948 por la traición cuartelaria de Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud, el golpe fue aplaudido por Copei y la Unión Cívica Radical y otros partidos adversos a Acción Democrática. Poco tiempo les duraría el entusiasmo.
Finalmente los líderes civiles venezolanos cayeron en cuenta del error de concertar acuerdos políticos con militares. Uslar Pietri fue deportado por la junta revolucionaria de Betancourt, en una desmesura de la que los adecos de la hora se arrepintieron. Se fumó la pipa de la paz con el Acuerdo de Punto Fijo. Años más tarde, Uslar Pietri fue nombrado embajador ante la UNESCO por Carlos Andrés Pérez y nadie se arrebató en Venezuela por el nombramiento, apadrinado por Rómulo. Todo esto, y mucho más, fue posible porque Uslar Pietri fue un hombre muy respetado por su inteligencia y ecuanimidad. Después de las veleidades políticas que en un momento lo llevaron a tentar la candidatura a la presidencia de la república, se retiró a sus cuarteles de invierno. Su columna "Pizarrón" en El Nacional dictó cátedra de magisterio cívico. En los numerosos libros de ensayo que publicó se transparentó el orden mental y la ponderación espiritual de un hombre que algún tiempo vivió entre el Apolo de la literatura y el Dionisos de la política, entre Scila y Caribdis, pero que logró arribar a la sofrosine, para bien de Venezuela y América Latina.