La muerte del Rey Hussein
La presencia de importantes estadistas internacionales en las honras fúnebres del Rey Hussein de Jordania remarcó el significado político del monarca que, casi a lo largo del medio siglo, participó como una fuerza moderadora en los conflictos del Medio Oriente, sin dejarse arrebatar por los excesos del extremismo fundamentalista y sin renunciar tampoco a los fueros de la causa árabe. A su muerte perduran en los estadistas occidentales sentimientos mezclados de consternación e incertidumbre por la actuación de su hijo y sucesor Abdalá, quien debe continuar el delicado rol de mediador entre palestinos e israelíes y al mismo tiempo marcar distancias pero sin romper relaciones con un vecino tan difícil como el presidente iraquí Saddam Hussein.
Ciertamente el mantenimiento de la identidad jornada es uno de los milagros de la complejidad geopolítica del mundo islámico desde la era del califato otomano. Tras la decadencia y abolición del califato turco por la revolución de Mustafá Kemal, las potencias coloniales europeas aprovecharon la transición del imperialismo otomano para profundizar la búsqueda de influencia política y la búsqueda de petróleo. El rey Faysal, visto por unos como el liberador y por otros como un colaboracionista filoeuropeo, tomó bajo su control Siria, Palestina y Transjordania. La presión europea diezmó las ambiciones de Faysal y las monarquías árabes tradicionales tomaron su propio rumbo. Posteriormente, la revolución nacionalista de Nasser desencadenó el fin de las monarquías en un proceso descolonizador que abarcó, además de Egipto, a Siria, Túnez y Libia.
En esas condiciones Jordania se las arregló para substituir como independiente, para continuar como monarquía, pero apoyando a los movimientos nacionalistas sin perder su identidad. Churchill se jacta en sus memorias de haber creado a Jordania como Estado independiente, rediseñado como un lápiz de colores el mapa de Medio Oriente. Este antiguo ejercicio de subsistencia preparó al Rey Hussein para jugar en el tablero de ajedrez de la política árabe. Fue un eximio jugador de torneos simultáneos. Comprendió temprano que actuando como mediador entre árabes e israelitas, entre musulmanes y occidentales, entre monarquías y despotismos socialistas, Jordania impedía que volviese a engullarla cualquier otro intento de panislamismo, de reocolonialismo o de republicanismo antimonárquico. Por ello, según la estrategia jordana, fue persuasivo o radical, como cuando expulsó a la OLP a sangre y fuego en el Setiembre Negro en el que los guerrilleros palestinos amenazaban convertir a Jordania en otro Líbano. Lo que representa su pérdida se medirá a medida que la presión de los conflictos demande su posición de talentoso mediador.
Ciertamente el mantenimiento de la identidad jornada es uno de los milagros de la complejidad geopolítica del mundo islámico desde la era del califato otomano. Tras la decadencia y abolición del califato turco por la revolución de Mustafá Kemal, las potencias coloniales europeas aprovecharon la transición del imperialismo otomano para profundizar la búsqueda de influencia política y la búsqueda de petróleo. El rey Faysal, visto por unos como el liberador y por otros como un colaboracionista filoeuropeo, tomó bajo su control Siria, Palestina y Transjordania. La presión europea diezmó las ambiciones de Faysal y las monarquías árabes tradicionales tomaron su propio rumbo. Posteriormente, la revolución nacionalista de Nasser desencadenó el fin de las monarquías en un proceso descolonizador que abarcó, además de Egipto, a Siria, Túnez y Libia.
En esas condiciones Jordania se las arregló para substituir como independiente, para continuar como monarquía, pero apoyando a los movimientos nacionalistas sin perder su identidad. Churchill se jacta en sus memorias de haber creado a Jordania como Estado independiente, rediseñado como un lápiz de colores el mapa de Medio Oriente. Este antiguo ejercicio de subsistencia preparó al Rey Hussein para jugar en el tablero de ajedrez de la política árabe. Fue un eximio jugador de torneos simultáneos. Comprendió temprano que actuando como mediador entre árabes e israelitas, entre musulmanes y occidentales, entre monarquías y despotismos socialistas, Jordania impedía que volviese a engullarla cualquier otro intento de panislamismo, de reocolonialismo o de republicanismo antimonárquico. Por ello, según la estrategia jordana, fue persuasivo o radical, como cuando expulsó a la OLP a sangre y fuego en el Setiembre Negro en el que los guerrilleros palestinos amenazaban convertir a Jordania en otro Líbano. Lo que representa su pérdida se medirá a medida que la presión de los conflictos demande su posición de talentoso mediador.