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La muerte lenta del movimiento obrero


Soy una de las afectadas por la implementación de las reformas a la Caja de Seguro Social. Sumado a esto, he estado casi dos semanas encerrada en mi casa, sin poder hacer mis diligencias más apremiantes. Y, todo debido a un grupito de sujetos que son los que me dicen cuándo y, a qué hora debo transitar libremente.
Al momento de salir a la luz pública el primer cuadernillo sobre las reformas (facilitado por EPASA), y con la idea de estudiar las mismas, me reuní con amigos de diferentes profesiones, ideologías y grupos políticos, escuchando la opinión de personas maduras y desinteresadas, condición que me permitió observar las cosas con menos apasionamiento y con mayor objetividad. No quedé complacida con el contenido de algunos artículos que a la sazón fueron modificados unos, y otros no. Situación que me da el derecho a protestar. Sin embargo, en mi mente nunca me dio por tirarme a la calle a obstaculizar el paso a terceros, ni cometer actos delictivos, haciéndole honor a la intolerancia, a la intransigencia y a la criminalidad.
Y, pretenden que después de toda esta desconsideración, deje de pagar la luz, teléfono y otros servicios como medida de presión. ¡¿Presión de qué?! La presión la voy a sentir yo, cuando me corten la luz, el teléfono y el agua. Ya es bastante la tensión y preocupación que se siente en el ambiente con una huelga de esta índole. Las consecuencias allí están: los atropellos a profesionales del periodismo y hacia los propios manifestantes. Hay que centrarse en los hechos, no en las personas. Un ser humano -aún con el debido control de sus impulsos- pero, en un momento de rabia, desesperación y angustia, puede cometer un acto lamentable.
Mi libertad termina donde empieza la de los demás, pero ambas se relacionan poco: yo puedo hacer lo que quiera mientras no perjudique. Esto se puede llamar el principio de no hacer daño a otros, que sería el único criterio para decidir lo que se puede o no se puede hacer: mientras no se lesionen los derechos de los demás, cada uno puede actuar como le plazca.
A mi modo de ver las cosas todo buen dirigente de un movimiento popular y en su búsqueda del bien común, debe saber cuando empezar y terminar una lucha o confrontación: ser objetivo en sus principios; como avanzar usando el sentido común y la lógica y dejarse de estar pensando en ideologías raras que no calzan con el sentir y pensar del pueblo panameño. Por otro lado, me permito decirles a nuestros gobernantes que se puede empezar a calibrar ... que también los otros pueden tener razón, siquiera en aquello en lo que ustedes no la tienen. Es más cómodo creer en las propias razones, pero es muy fácil engañarse con apariencias o "sinrazones". La autoridad civil no pasa de ser un simple árbitro; es la que organiza los intereses de los individuos que eligen libremente lo que quieren. Cada cual tiene sus propias convicciones, pero tan cuestionadas por la existencia de los otros que necesariamente tenemos que entablar diálogo con todos, para no comulgar con ruedas de molino.
A ambos grupos, les digo que la intolerancia es como una especie de daltonismo social, que no sabe distinguir los colores ni sus matices. Todo resulta blanco o negro cuando todos estamos en la zona gris. Son muchas las cosas que nos desagradan y no podemos esperar que todo sea a nuestro gusto. Ya el gobierno dijo que no hay vuelta atrás. Si esto es así, el único camino que nos queda es prepararnos para lo que viene. Ahorrar en vez de despilfarrar. Al panameño le encanta tener más de lo que puede y debe. Mantener una vida saludable para llegar jóvenes -al menos en espíritu- a la edad de la jubilación.
Es lamentable, que el movimiento obrero con esta actitud violenta reprima el deseo y el derecho a manifestarnos de forma coherente. No permitamos que este grupo sea el artífice de más lágrimas, rabia, dolor y terror, en la búsqueda de su propia autodestrucción.
(gemiliani@cwpanama.net)

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