La mujer: auténtica revolución del siglo
Con no mucho más que 85 años transcurridos, la época propiamente dicha en que se inicia la verdadera revolución del siglo XX, que empieza en 1914 con la Primera Guerra Mundial y termina en 1989 con la caída del muro de Berlín, tiene especial significado en lo que dice la liberación de la mujer. Porque es un hecho incuestionable, por demás decir, que la revolución social que ha triunfado en este siglo, no es precisamente la revolución social con que soñaron los socialistas, libertarios o autoritarios del siglo pasado que culminaba en una sociedad sin clases y sin Estado, en la que cada cual recibiría según sus necesidades.
Con vistas al siglo XXI, debemos reconocer que la revolución más caracterizada de la actual centuria es la que afecta directamente a la relación entre los sexos, en trance de acabar con una dominación patriarcal milenaria y que en el mejor de los casos se consideraba un subproducto de la revolución social por antonomasia, que era la que enfrentaba al proletariado con los dueños del capital. En realidad, la mujer se libera. Se libera de la opresión masculina en todas las capas sociales. Pero esto no se da en razón de la lucha feminista por la liberación de la mujer desde los inicios de la Revolución Francesa.
De igual modo, es preciso reconocer que la emancipación de la mujer -un proceso ya irreversible- no proviene de una movilización general de las oprimidas; todo lo contrario, el feminismo ha sido siempre sorprendentemente minoritario y, en cuanto tal, dividido en cientos de fracciones. La emancipación de la mujer proviene de los cambios sociales que en sus diferentes fases ha ido imponiendo la revolución industrial. Cabe señalar también, que ni siquiera el mensaje cristiano del amor al prójimo acabó en más de 18 siglos con la esclavitud; fue precisamente la máquina la que en un plazo brevísimo le dio la estocada definitiva.
A raíz de la Primera Guerra Mundial la mujer ocupa el puesto de trabajo que el hombre, reclutado por los ejércitos, tiene que abandonar. Esta circunstancia permite integrar a la mujer en el proceso productivo; por eso la integración laboral de la mujer constituye el supuesto básico de su emancipación. Es más, el que la mujer pueda desempeñar hoy día todas las profesiones y ocupar todos los puestos de trabajo, hasta los que parecían más exclusivamente masculinos, como el oficio de las armas, se debe a que la industrialización ha eliminado la fuerza física como un factor a tener en cuenta. Todo esto y mucho más confirma la tesis de que el índice de integración laboral de la mujer es el que mejor mide su grado de emancipación.
A partir de los años sesenta, con la expansión de la píldora anticonceptiva, la mujer puede controlar el problema del embarazo no deseado, lo que ha ampliado enormemente su libertad, permitiendo que organice su vida de manera autónoma. Además, como bien señala el sociólogo Ignacio Sotelo, el que la mujer pueda controlar sus embarazos pone freno a los temores maltusianos de una irremediable catástrofe demográfica. Por otra parte, el embarazo inoportuno deja de influir sobre las posibilidades de educación de la mujer, de elegir con libertad una determinada carrera profesional, etc. Por todo ello, no hace falta insistir en las posibilidades que se abren a la mujer para consolidar su autonomía.
El siglo XX se ha caracterizado por revolucionario. Por ejemplo, la revolución industrial que comenzó en la pasada centuria ha inducido mudanzas de tal envergadura que es preciso retrotraerse al neolítico para encontrarlas de alcance semejante. Pero la última fase de la revolución del siglo que está por terminar, está centrada en la revolución informática y en la ingeniería genética, la cual lleva en su entraña aún mayores cambios sociales. Así, en este amplio espectro de transformaciones que van desde el nuevo sentido del trabajo -cada vez más escaso, al menos como trabajo productivo dependiente-, el debilitamiento de la institución familiar, hasta la unificación del planeta en un solo mercado familiar, puede decirse que la auténtica revolución social del presente siglo consiste en el desmoronamiento del dominio que desde tiempo inmemorial el hombre ha ejercido sobre la mujer.
En cuanto respecta a Panamá, podemos afirmar que las muchas oportunidades de igualdad de que goza la mujer para su propia superación profesional y técnica, le han permitido desempeñar un papel protagónico en el desarrollo social, económico y cultural de la Nación panameña. Por ejemplo, así como el gran elemento transformador de Panamá ha sido la educación, podríamos afirmar que la mujer panameña ha aportado el mayor porcentaje de esfuerzo a ese proceso transformador.
Con vistas al siglo XXI, debemos reconocer que la revolución más caracterizada de la actual centuria es la que afecta directamente a la relación entre los sexos, en trance de acabar con una dominación patriarcal milenaria y que en el mejor de los casos se consideraba un subproducto de la revolución social por antonomasia, que era la que enfrentaba al proletariado con los dueños del capital. En realidad, la mujer se libera. Se libera de la opresión masculina en todas las capas sociales. Pero esto no se da en razón de la lucha feminista por la liberación de la mujer desde los inicios de la Revolución Francesa.
De igual modo, es preciso reconocer que la emancipación de la mujer -un proceso ya irreversible- no proviene de una movilización general de las oprimidas; todo lo contrario, el feminismo ha sido siempre sorprendentemente minoritario y, en cuanto tal, dividido en cientos de fracciones. La emancipación de la mujer proviene de los cambios sociales que en sus diferentes fases ha ido imponiendo la revolución industrial. Cabe señalar también, que ni siquiera el mensaje cristiano del amor al prójimo acabó en más de 18 siglos con la esclavitud; fue precisamente la máquina la que en un plazo brevísimo le dio la estocada definitiva.
A raíz de la Primera Guerra Mundial la mujer ocupa el puesto de trabajo que el hombre, reclutado por los ejércitos, tiene que abandonar. Esta circunstancia permite integrar a la mujer en el proceso productivo; por eso la integración laboral de la mujer constituye el supuesto básico de su emancipación. Es más, el que la mujer pueda desempeñar hoy día todas las profesiones y ocupar todos los puestos de trabajo, hasta los que parecían más exclusivamente masculinos, como el oficio de las armas, se debe a que la industrialización ha eliminado la fuerza física como un factor a tener en cuenta. Todo esto y mucho más confirma la tesis de que el índice de integración laboral de la mujer es el que mejor mide su grado de emancipación.
A partir de los años sesenta, con la expansión de la píldora anticonceptiva, la mujer puede controlar el problema del embarazo no deseado, lo que ha ampliado enormemente su libertad, permitiendo que organice su vida de manera autónoma. Además, como bien señala el sociólogo Ignacio Sotelo, el que la mujer pueda controlar sus embarazos pone freno a los temores maltusianos de una irremediable catástrofe demográfica. Por otra parte, el embarazo inoportuno deja de influir sobre las posibilidades de educación de la mujer, de elegir con libertad una determinada carrera profesional, etc. Por todo ello, no hace falta insistir en las posibilidades que se abren a la mujer para consolidar su autonomía.
El siglo XX se ha caracterizado por revolucionario. Por ejemplo, la revolución industrial que comenzó en la pasada centuria ha inducido mudanzas de tal envergadura que es preciso retrotraerse al neolítico para encontrarlas de alcance semejante. Pero la última fase de la revolución del siglo que está por terminar, está centrada en la revolución informática y en la ingeniería genética, la cual lleva en su entraña aún mayores cambios sociales. Así, en este amplio espectro de transformaciones que van desde el nuevo sentido del trabajo -cada vez más escaso, al menos como trabajo productivo dependiente-, el debilitamiento de la institución familiar, hasta la unificación del planeta en un solo mercado familiar, puede decirse que la auténtica revolución social del presente siglo consiste en el desmoronamiento del dominio que desde tiempo inmemorial el hombre ha ejercido sobre la mujer.
En cuanto respecta a Panamá, podemos afirmar que las muchas oportunidades de igualdad de que goza la mujer para su propia superación profesional y técnica, le han permitido desempeñar un papel protagónico en el desarrollo social, económico y cultural de la Nación panameña. Por ejemplo, así como el gran elemento transformador de Panamá ha sido la educación, podríamos afirmar que la mujer panameña ha aportado el mayor porcentaje de esfuerzo a ese proceso transformador.