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La nación: ¿Alegre y confiada?


SIEMPRE Tuvimos la ilusión, como pueblo, de que la nación panameña podía ser "alegre y confiada". Era una simple frase, pero de tal engaño vivió nuestro pueblo. Hace tiempo que los cambios climáticos o los terremotos inesperados se produjeron con alguna frecuencia en otras latitudes, que padecieron horrendas tragedias colectivas, lo que ya tiene por lo menos de cinco a ocho años de estar ocurriendo. Nosotros, colectivamente los panameños, creíamos que iguales desgracias no llegarían a Panamá. Pero seguimos "alegres y confiados", celebrando carnavales; fiestas patronales, patrióticos desfiles exhibicionistas y costosos para las familias pobres; y ahora mismo ya Navidad y Año Nuevo, para gastar hasta el último centavo ahorrado durante un año.
La naturaleza desatada en temblores, en huracanes, en lluvias torrenciales, en desbordes de ríos que se llevan nuevas o en construcción, dejando en la indigencia total y sin empleo, a grandes cantidades de familias panameñas, se han acumulado en los dos últimos meses a más de agua enlodada para tomar, probando que no estuvimos preparados, porque creímos en un destino exonerado de calamidades colectivas provenientes de la naturaleza, como si se hubiera podido convencernos de que éramos "una nación alegre y confiada".
Desde un punto de vista social y gubernamental, no tuvimos ni estamos en condiciones de hacer frente, como pueblo, a tan inesperadas y trágicas catástrofes. En algunos aspectos se ha comprobado la imprevisión total en que hemos estado viviendo. ¿Cómo es posible, según sucedió unos tres años atrás, que una sola tubería madre, desde la planta potabilizadora de Chilibre, le suministrara agua potable a toda la creciente población de la capital y sus nuevas concentraciones poblacionales? ¿Acaso pensaron todos los gobiernos que una sola tubería estaba garantizada para la eternidad, y en ese trance un millón de personas no pudimos bañarnos, ni disponer de agua para beber, nada menos que por espacio de tres días consecutivos? ¿Por qué nos alarmamos ahora, cuando el agua del Lago Alajuela, fuente del principal acueducto, se enturbia, sin que pueda ser usada, por aguaceros y crecidas de ríos, cuando lo mismo sucedió hace cuatro o cinco años; la única medida adoptada por el presidente de ese entonces fue la destitución del director del IDAAN, siendo que se ha repetido en estos días tal enturbamiento del agua, sin que nadie pensara que ello podía suceder otra vez, como se ha repetido en estos días? ¿Acaso los funcionarios públicos que expidieron permisos para construir barriadas, cumplen con todos los requisitos de seguridad, y de previsión que ellos mismos deben exigir y tener; o reciben gabelas para dar aprobación a los proyectos de tales construcciones gigantes, sin tomar en cuenta la visita de fenómenos naturales devastadores, como ya está sucediendo aquí?.
Otro ejemplo. La inundación última del Darién, por lluvias torrenciales, ya se produjo hace muchos años con inundaciones de ríos, cuando estaban en la Asamblea, recién bautizada ahora Nacional, don Goyo de los Ríos y don José Isaac Fábrega (eran los tiempos de la Constituyente de 1946), y entre ambos legisladores (hoy diputados, como se llamaban antes) se produjo un diálogo, en que Fábrega preguntó cuáles eran los dos ríos más importantes de Darién; y como don Goyo no escuchó bien la pregunta, contestó, contestó que los dos Ríos más importantes y de fortuna de la provincia eran él y su primo u otro pariente suyo. Ahora ha vuelto la desgracia de las inundaciones en la provincia limítrofe con Colombia, y nuestra comunidad, jamás ha estado preparada para las calamidades que se producen hoy, por lo que continuamos poniéndonos las manos en la cabeza.
Como sucede en otros países, los gobiernos panameños han debido ser previsores y establecer con tiempo organismos oficiales y privados, que ante grandes desastres se movilicen rápidamente y llamen todo el país, para que brinde su aporte de ayuda en beneficio de tantos panameños afectados por fenómenos de la madre naturaleza, que hoy no son extraños, ni tan inesperados. Ahí están los caserones de madera, principalmente en las ciudades de Panamá y Colón, muchos de los cuales datan de los tiempos de la construcción del Canal, ya condenados por ser peligrosos, algunos de los cuales se han incendiado en estos días, como era y es previsible, sobre todo en sus consecuencias, dejando víctimas y sin hogar y pertenencias a sus numerosos habitantes. ¿Por qué los gobiernos, todavía sin medida alguna, nada hace para comprometer a sus dueños, que han hecho enormes ganancias y son responsables de esas "trampas de la muerte", quienes deben colaborar obligatoriamente, ante la tragedia de esas víctimas?
Es del domino público, que no debemos ni podemos continuar como "la nación alegre y confiada" que todavía somos en muchos casos, sin la menor previsión, en las calamidades colectivas que exigen una acción de parte de todo el país o de varios sectores que bien pueden llevarla a cabo, cuando sea necesario; en que deben intervenir los sectores sociales y el gobierno. Hemos debido aprender la lección desde hace tiempo.

101 años de Panamá América

 
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