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La noche de la conjura


A CIERTA edad cualquier noche se parece a todas. La de ayer, jueves 17 de agosto, fue distinta. No hubo, como de costumbre, tiempo de sobremesa. Apenas alcanzó para un tentempié y partir raudo hacia aquella casa señorial y adusta de Calle 50 que desde lejos tiene aureola de mansión decimonónica y un poco más de cerca la misteriosa fascinación de los templos herejes.
No fue como en el último poema del último libro de Borges, Los Conjurados. Aquí no estábamos en Ginebra ni éramos soldados de la Confederación. Algunos fuimos como simples testigos. Unos pocos académicos confirieron al acto una doble solemnidad también doblemente merecida. De la selecta audiencia se destacaba la ansiedad por escuchar el libelo de la única conjura que los gobiernos no reprimen y los burócratas de nuestra cultura olvidan o no tienen en cuenta o les importa un rábano. El motivo de la reunión lo supe por boca del acusado. Ya lo había leído el día anterior en un pequeño recuadro en la esquina menos visible de los diarios, exactamente donde el pulgar sostiene la hoja.
A decir verdad la noticia no me sorprendió, es más, me confirmó la veracidad de la vieja creencia popular sobre las sentencias. En la anomia de nuestro sistema judicial, tal detalle o viene tarde o llega cuando ya el acusado ha pasado a peor vida. En este caso particular, por consenso unánime, la sentencia se dio con insólita demora, pero eso sí: en el momento justo. En todas las conjuras, por más compinches que haya, se sospecha hasta de la sombra de cualquier conjurado. No en vano Dante fue descubierto por los muertos del infierno, allí a los vivos los delata su sombra.
No estaba todavía el pleno conformado cuando se comenzó a sesionar con indolente y precisa puntualidad. El presidente excusó su ausencia por boca del secretario. En el estrado se ubicaron -como es usual aclarar en los periódicos- el abogado, el secretario, el tesorero, el Magíster, la escritora y la víctima, es decir, el condenado a priori. Todo comenzó con un desperfecto en el sistema de audio. El micrófono dejaba de funcionar cuando el orador se acercaba demasiado, de tal forma que las cortas interrupciones daban tiempo tanto a la reflexión como a la vuelta de hoja y como para darle más ambiente a la conjura, la luz del atril terminó por imitar al micrófono.
Debo decir que todo se comenzó a aclarar cuando me detuve a contemplar los retratos de ilustres víctimas que otros victimarios, más ilustres aún, habían condenado en "illo tempore". Antonio Machado fue el primero, le seguía Juan Ramón Jiménez o alguien que se le parece mucho, luego venía Ramón Menéndez Pidal y la corta galería del ala derecha del recinto terminaba, como un oximoron literario, en el perfil izquierdo de Pablo Neruda.
La presentación del nuevo miembro de la Academia Panameña de la Lengua estuvo a cargo del Maestro de Maestros, un hombre que, como Sarmiento hizo en su Facundo y Martí en su Manifiesto, fue capaz de derrotar una tiranía sanguinaria con la punta de la pluma. Su voz tenue y clara, un tanto escandida por los años se perdía en los baches de una memoria que, en toda la noche, le hizo zancadillas de principio a fin. Su introducción, afable, anecdótica y risueña, tal como es Guillermo Sánchez Borbón, concluyó abruptamente por el hachazo de otro tirano: el tiempo, en este caso, un oprobio infligido a la vida larga y fecunda de uno de nuestros más queridos exponentes literarios.
Al profesor Franz García de Paredes se lo acusó de inteligente. Tamaño delito en ésta época de dislates, sería suficiente para que en la otra, lo hubieran fusilado junto a Victoriano Lorenzo. No sólo se le endilgó su inteligencia, se lo insultó con el peor de los improperios que una sociedad cínica se puede permitir, fue señalado de profesional intelectualmente honesto. A mis oídos profanos, demasiado acostumbrados a las confesiones sinceras de los enfermos y no a los rituales culposos, aquello sonó como si hubieran mentado a la madre de las honestidades. Para colmo de males, en el detallado y enjundioso alegato de la fiscal de la Academia en boca, esta vez, de su Secretaria y ex alumna, no se hallaron atenuantes. Franz García de Paredes, en nombre del sistema educativo vigente, merecería la horca y luego, por si acaso, la guillotina. Para que no queden dudas de sus atrocidades va esta prueba irrefutable: A lo largo de todo su magisterio universitario en el Departamento de Español de la Universidad de Panamá, donde ejerció el abominable oficio de forjador de Maestrías y Doctorados, el profesor se dedicaba al culto inconfesable de obligar a sus estudiantes a no memorizar, a no copiar extensas tesis fraguadas entre el palimpsesto apócrifo y el plagio anónimo, sino a pensar, a discutir y elaborar argumentos con propiedad, a sostener las opiniones con el fundamento de la memoria fiel, nutrida con el sacrificio de largas y fructíferas horas consagradas a la lectura.
Franz fue condenado a la horca con el método singular de la Academia: por medio de un cordón demasiado estrecho para pasar sobre una testa coronada de honesta y abundante materia gris. El dictamen tuvo forma de diploma y se nos apaga sumergido en las incesantes aguas del tiempo. ¡Qué fortuna puede comprar lo que esa noche hermosa, de noble condena, recibió mi amigo, mi consejero y guía en esta tarea tan difícil como es el arte de aprender a enhebrar el pensamiento sin menoscabar la sinceridad del afecto que lo mueve!
Gracias Franz y gracias a la Academia Panameña de la Lengua por demostrarnos que aún en su injusta e inmerecida pobreza, la literatura panameña tiene fuerzas suficientes para vencer la abulia y la insensibilidad de una sociedad que, preocupada por el bienestar económico, olvida a las bibliotecas que preservan su memoria y margina a la Academia que limpia, fija y da esplendor a nuestro idioma.

101 años de Panamá América

 
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