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La nueva Argentina del presidente Kirchner


Néstor Kirchner, el forjador de la "Corriente Justicialista", nacido en Río Gallegos en el corazón de la Patagonia, elegido en 1991 y reelegido en 1995 y 1999 Gobernador de la sureña provincia de Santa Cruz, accedió a la primera magistratura de la nación argentina el domingo 25 de mayo de 2003, rodeado del respeto de sus conciudadanos por su límpida vida pública, con la presencia de su esposa Cristina Fernández, senadora de la República, que ocupó durante el acto, por méritos propios, uno de los escaños del parlamento de su patria.
Tuve la oportunidad de seguir en la televisión la ceremonia de juramentación del Presidente Kirchner. Escuché con atención su histórico discurso inaugural, cuyo texto ha llegado después a mis manos por deferencia de mi estimado amigo santacruceño Alberto Chueco y cuya lectura me ha confirmado en el impacto positivo que tuve al escucharlo. Se trata de un discurso que expresa una organización intelectual, una visión política y una actitud moral, cónsonas con las necesidades y expectativas actuales de los argentinos. Se trata de un discurso serio, franco, profundo, que da margen a fundadas esperanzas.
El Presidente Kirchner expuso con brevedad y precisión, sin mistificación ni hipocresías, las causas y la dinámica de los problemas que llevaron a ese gran país a una crisis absurda que en algunos momentos pareció desesperada. Fue claro y categórico el Presidente Kirchner al decir que "Discursos, diagnósticos sobre las crisis, no bastarán ni serán suficientes". "El éxito -agregó- se medirá desde la capacidad y la decisión y la eficacia para encarar los cambios". A su juicio "deben encararse los cambios sin depositar la confianza en jugadas mágicas o salvadoras, ni en genialidades aisladas. Se trata -dijo- de cambiar, no de destruir. Se trata de sumar cambios, no de dividir". Para Kirchner "ningún dirigente, ningún gobernante, por más capaz que sea puede cambiar las cosas si no hay una ciudadanía dispuesta a participar activamente en ese cambio". Esta es una fórmula aleccionadora digna de ser asimilada en nuestro entorno y que nos lleva a la propuesta de un "proyecto nacional" por el cual tanto hemos abogado después del 31 de diciembre de 1999. En esta línea de pensamiento el Presidente Kirchner sostiene que "Desarmados de egoísmos individuales o sectoriales, las conciencias y los actos deben encontrarse en el amplio espacio común de un proyecto nacional que nos contenga. Un espacio donde desde muchas ideas pueda contribuirse a una finalidad común."
Señaló el mandatario argentino, las concepciones y las prácticas para reducir el papel del Estado y el papel de la política en el Estado; señaló la primacía dada por los dirigentes a las motivaciones electoralistas; señaló asimismo la avaricia, el egoísmo, la glotonería de grupos y corporaciones ciegos y sordos al aumento del número de excluidos y a la consolidación de la pobreza.
Señaló problemas que componen una música repetida y angustiante no sólo para los argentinos sino también para la mayoría de los países latinoamericanos. La coincidencia de esos problemas argentinos con el resto de nuestra América Latina no es histórica, no se dio siempre. Si bien la Argentina tuvo desde los tiempos coloniales comunes denominadores con los otros países de la región, luego de superar las luchas intestinas, luego de que la civilización le ganó la partida a la barbarie, la Argentina enrumbó hacia metas de desarrollo y de progreso y bienestar que no la aislaron del resto de América Latina, pero sí le dieron una situación de país primero y favorito en cuanto a las posibilidades, las oportunidades y los logros nacionales.
El compromiso asumido en su discurso por el Presidente Kirchner con sus conciudadanos es fuerte, es convincente y abarca todos los aspectos que hacen a la vida, al interés, a las esperanzas de los argentinos. Le otorga primacía a "la Constitución para construir una nueva legitimidad de las leyes, que vaya más allá de la prepotencia del más fuerte". En su concepto, un Estado carece de legitimidad si su pueblo no ratifica el fundamento primario de sus gobernantes. Es impecable su tesis de que "De la misma manera que luchamos contra la pobreza económica tendremos una conducta sin dobleces para impedir la pobreza cívica".
En esta misma línea afirma que "no habrá cambios confiables si permitimos la subsistencia de ámbitos de impunidad. Rechaza de plano la identificación entre gobernabilidad e impunidad. Gobernabilidad no es ni puede ser sinónimo de impunidad. Gobernabilidad no es ni puede ser sinónimo de acuerdos oscuros, manipulación política de las instituciones o pactos espurios a espaldas de la sociedad".
Como promotor de la "corriente justicialista" proclama que "No hay un factor mayor de cohesión y desarrollo humano, que promueva más la inclusión, que el aseguramiento de las condiciones para el acceso a la educación, formidable herramienta que construye identidad nacional y unidad cultural, presupuestos básicos de cualquier país que quiera ser Nación".
Bien merece destacarse el compromiso asumido por el Presidente Kirchner en materia de política internacional, al declarar que "nuestra prioridad en política exterior será la construcción de una América Latina políticamente estable, próspera y unida con base en los ideales de democracia y justicia social".
Por supuesto, no es la primera vez que un estadista argentino declara su interés por las relaciones con el resto de la región y por el destino de ésta. Desde los tiempos de los Libertadores, los argentinos han dado repetidas muestras de un profundo sentimiento de pertenencia a una América Latina concebida como un hogar espiritual común. En la generación de los criollos que llevaron a cabo las gestas de la independencia, había una comunidad de ideales. En los siglos XIX y XX, los argentinos han compartido con sus hermanos latinoamericanos el interés por una organización del mundo que proteja a los débiles frente a los fuertes y que permita la cooperación equitativa y solidaria. Los argentinos, al igual que todos los que vivimos al sur del Río Grande, han tenido experiencias dolorosas que los han llevado a una meditación profunda sobre la necesidad de actuar para remediar las secuelas de una independencia inacabada no por fallas nuestras sino por la permanencia de voluntades insensibles a nuestro destino.
Deseo por eso expresar que me regocijó saber que el nuevo presidente de Argentina haya hecho anuncios que nos permiten incluirlo entre los argentinos que no separan la preocupación por el propio país de la preocupación por el futuro de América Latina. Siempre he creído que el amor al propio suelo y la vocación latinoamericana, que encarnaron Bolívar y San Martín, deben ser convergentes y complementarios para que sea posible actuar por el bienestar de nuestros pueblos y por la unidad armoniosa entre todos ellos. Los propósitos latinoamericanistas expuestos por el Presidente Kirchner en su discurso se inscriben en una tradición argentina y abonan a los mejores activos de la historia diplomática argentina. Los esfuerzos que hará el Presidente Kirchner serán esfuerzos renovados.
Luego de referirse a la América Latina, el Presidente Kirchner dijo: "Venimos desde el Sur de la Patria, desde la tierra de la cultura malvinera y de los hielos continentales, y sostendremos inclaudicablemente nuestro reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas".
Los argentinos conocen y han tenido pruebas del apoyo de Panamá a su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. Tuve la satisfacción y el honor de apoyar y sustentar la posición argentina como Ministro de Relaciones Exteriores de Panamá en distintos foros y singularmente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en abril y mayo de 1982, así como en la Vigésima Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos.
Creo que los panameños nunca abandonaremos la disposición que hemos demostrado de acompañar a nuestros hermanos argentinos en esa reivindicación. Estoy seguro que el día que los argentinos recuperen la soberanía sobre las Islas Malvinas, los panameños celebraremos ese logro como si fuera nuestro, como igualmente celebraremos la realización del sueño que propuso el Presidente Kirchner en su discurso sobre una Argentina unida que transite por el camino que la levante a la faz de la tierra como una nueva gloriosa nación.

101 años de Panamá América

 
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