La opinión del profesor
La política hegemónica norteamericana se ha hecho sentir en los asuntos internos cubanos desde 1898, menoscabando nuestra soberanía nacional. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca despertó grandes esperanzas. Sin embargo, cuando llegó la hora de los mameyes -en el lenguaje coloquial cubano significa el momento crucial y definitivo-, desoyendo la solicitud de Amnistía Internacional, Obama hizo lo mismo que sus antecesores: el 14/9/2009 prorrogó por un año más la ley que sostiene el embargo contra Cuba.
El embargo se fundamenta en la Ley de Comercio con el Enemigo; vigente desde 1917, prohíbe cualquier intercambio con los países considerados una amenaza. Fue reformada en 1977, para que sólo se aplicara en situaciones de guerra o emergencia nacional. Si en junio de 2008, Corea del Norte fue excluida de la aplicación de esa ley ¿por qué no se excluye a Cuba?
Según un proverbio africano, “cuando dos elefantes pelean, la grama es la que sufre”. Desde hace cincuenta años, los gobiernos estadounidense y cubano están enfrascados en una tenaz lucha en la que el gran perdedor ha sido el pueblo cubano. Como me guío por principios, siempre me he manifestado en contra del embargo, aunque no sea la causa de los problemas cubanos; nunca aceptaré que un país intervenga en los asuntos internos de otro.
Exhorto a los demócratas del mundo a que se manifiesten a favor de que el Congreso norteamericano derogue el embargo, y de que los gobiernos norteamericano y cubano restablezcan las relaciones diplomáticas y consulares, rotas por el presidente Eisenhower el 3/1/1961, tres semanas antes de concluir su mandato.
El diferendo cubano-norteamericano le ha servido a Fidel como pretexto para intentar justificar las pésimas condiciones socioeconómicas en que ha sumido al pueblo cubano, así como la violación de sus derechos humanos. Como expresó Pedro Meurice, arzobispo de Santiago de Cuba, el 24/1/1998: “Santo Padre, durante años este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto como nación”.
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