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La Orden de las Palmas Académicas


En 1968 yo tenía dieciocho años. Se dice que es un año decisivo para el mundo. Lo fue también en mi vida personal: llegaba entonces a Francia y meses más tarde, ingresaba a la Universidad de Burdeos, tanto al Instituto de Estudios Políticos, como a la Facultad de Derecho, con la timidez y las ambiciones nacidas al momento de llegar al país de la Revolución. En aquel momento, los revolucionarios sin revolución de mayo del "68 ocupaban los primeros rangos.
Muy pronto aprendería que el significado de la historia se inscribe en el lugar que ella reserva a todo hombre. Este, con el transcurrir de los tiempos, muestra que él no es un comienzo, que lleva con él toda una cultura, toda una civilización, un conjunto de escogencias y de medios que proclaman que él es un resultado, fruto, no de una serie de casualidades, sino de un notable conjunto de encadenamientos históricos.
Francia, por la cual tanto el sentimiento como la razón me inspiraron en ese momento todos los sueños posibles, me permitió aprender no solamente su lengua, su cultura, su historia, sus años de lucha y de esperanza, pero sobre todo "el amor de la justicia, de la humanidad, de la libertad"... de la mano de la disciplina del pensamiento y del estilo. Es también en Francia que aprendí a no contentarme de exponer sólo los hechos o las ideas, sino de comprometerme personalmente a ser un hombre de palabra, para quien las palabras son "los guardianes y los medios del sentido de la existencia".
Mis profesores me enseñaron que el intelectual está llamado a pensar, así como el hombre está llamado a actuar. Si el intelectual, en sentido pleno del término, es la memoria crítica de la sociedad, si su tarea es el conocimiento de la realidad y si él es el creador atento de definir un proyecto a partir de una cultura, entonces yo creo poder decir también que, a lo largo de toda mi carrera como profesor universitario y de mis acciones como ciudadano, he querido aportar a mis estudiantes y a mis compatriotas los mejores conocimientos, así como el fruto de mis reflexiones sobre los problemas más actuales, tal como lo aprendí de mis profesores en Francia.
El reconocimiento es un sentimiento precioso y delicado. Yo quisiera expresar aquí esta noche en el marco de esta ceremonia la alegría de poder manifestar- muy particularmente en esta ocasión, mi profundo reconocimiento a la educación democrática francesa, que ha sabido producir hombres y mujeres que tienen los gustos, los conocimientos y la personalidad necesaria al mantenimiento del régimen democrático en el mundo.
La indignación y la rebeldía contra el orden injusto son dimensiones esenciales de las virtudes cívicas o ciudadanas. Lo real es el lugar de todas las formas de la injusticia, de todas las formas de humillación y de ofensas hechas a aquellos que están en situación de debilidad. No se le puede pedir a todo el mundo ser un rebelde o un resistente, pero el simple rechazo de participar en el orden injusto es siempre necesario y, en realidad, sin riesgos.
Hoy día debemos volver al mensaje republicano: libertad, igualdad, fraternidad. Esos son los valores fuertes y universales que nos enseñó la Revolución Francesa y que son aplicables en todas circunstancias en todo tiempo. Libertad, estando bien consciente que es, ante todo, la del que piensa diferente a ti. Que no tiene nada que ver con el "yo, yo tengo derecho". La igualdad evidentemente porque tantas cosas organizan la desigualdad en la actualidad, que esta idea podría ser prioritaria. Es lo que tal vez podría salvar a nuestra sociedad, evitando que cada quien se encierre en sus diferencias y en sus intereses corporatistas o comunitarios. Después de todo, "el amor de la democracia es el de la igualdad", Montesquieu dixit. Y como no se pueden resolver los problemas sociales de manera administrativa o policial, la fraternidad es una dimensión envuelta en el mensaje.
Yo recibo esta distinción, señor Embajador, con humildad puesto que, como decía Camus: "Je suis un homme moyen plus une exigence". Un panameño muy orgulloso de la educación y de la formación recibida en Francia, la Patria de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Un panameño que busca con firmeza y decisión la realización en Panamá de un nuevo contrato social, aunque para ello nos falten objetivos comunes y una visión común que aún nos falta tejer. Yo le aseguro, señor Embajador, a usted y a su gobierno y al pueblo francés que usted representa en Panamá, que yo sabré llevar con orgullo y dignidad esta Orden que acaba de imponerme, puesto que siempre he creído con Bainville que: "El honor de la nación francesa, a través de sus distracciones y sus debilidades, es de haber sabido guardar siempre en forma irreductible la idea de su independencia y el sentimiento de sus deberes".
Permítame, entonces, llevar la Orden de las Palmas Académicas, que representan el más alto honor académico de vuestra nación y para mí, el compromiso de no despojarme jamás de la idea que todo debe estar al servicio de una convicción moral y de principios estables.

101 años de Panamá América

 
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