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La osamenta en el Cuartel de los Pumas




Antropóloga

Amanecí tristísima, con el corazón hecho plomo y lágrimas a flor de ojos, al ver el poco despliegue que se le dio a la noticia del descubrimiento de una osamenta enterrada en el Cuartel de los Pumas en Tocumen. En La Prensa apareció la foto de un vehículo de la Fiscalía Auxiliar que más bien parecía el carro de un cazaperros, el cual se llevaban sin mayor ceremonia los restos de una persona que fue asesinada porque defendía a la democracia y la justicia.
Parte el alma pensar que al descubrirse los restos de ese ser humano, enterrado ignominiosamente, con un puñado de cal como si fuera un animal, sin que su familia pudiera despedirse de él y sin la bendición de un sacerdote, nadie pronunció una oración. Metieron la osamenta en un carro sin dar muestra alguna del respeto y agradecimiento que debemos por el sacrificio de su vida, a un patriota hasta ahora desconocido.
Ese hermano fue asesinado y sepultado durante la dictadura de los militares y sus socios civiles. Hoy, que supuestamente vivimos en una democracia, ¿así tratamos a quienes dieron la vida por los principios más caros a la humanidad? ¿Negamos su existencia dándole la espalda a sus restos y por otra parte honramos con un empleo en el Gobierno y un jugoso salario a los civiles cómplices de esa dictadura? ¿Permitimos que el partido de los civiles que fueron cómplices y pelechadores de la dictadura siga dictando las leyes que este pueblo debe respetar?
Me llegan informes de personas quejándose de que el ex dirigente del partido Demócrata Cristiano (PDC), el procurador José Antonio Sossa, ha dado tan poca cooperación a la tarea de encontrar los restos de las personas asesinadas que yacen en el cementerio oculto del Cuartel de los Pumas, que lo ven como el principal ocultador de los aquellos hechos criminales. Me aseguran que se han descubierto otras osamentas, pero todo permanece oculto por una cortina de silencio ordenada por quién sabe quién. Dicen que la Presidenta Mireya Moscoso dio la órden, después de recibir la visita de las hermanas del sacerdote Héctor Gallego, para que se reiniciara la búsqueda de sus restos en el cementerio oculto del cuartel de Los Pumas en Tocumen, pero no ha podido obtener la plena cooperación del procurador en esta sagrada misión.
Es la época navideña, celebramos el nacimiento de Jesús olvidando que en pocos meses conmemoraremos el sacrificio de su vida en la Semana Santa. La doctrina cristiana dice que Jesús fue Hijo de Dios y vino al mundo para redimirnos.
Cuando nació el patriota desconocido, no creo que su madre haya pensado que su hijo nació para redimir al pueblo panameño. Pero, siendo seguramente de cuna muy humilde, su hijo murió por no claudicar. El sacrificio de su vida afirmó la necesidad de luchar por la verdad, la democracia y la justicia. La osamenta de ese patriota desconocido tiene un enorme valor, como ser humano, como conciudadano y como símbolo.
Hoy, con estas palabras que me brotan de un corazón muy herido por su muerte, rezo por el alma de este patriota y doy testimonio de mi agradecimiento y respeto a su osamenta. Al pueblo panameño afirmo lo siguiente. Cuando despareció el sacerdote Héctor Gallego, esta nación se definió, como nunca se había visto en nuestra historia, mobilizándose para encontrarlo y para que se hiciera justicia. Hoy tenemos frente a nosotros una oportunidad impostergable de definirnos nuevamente. En qué clase de pueblo nos hemos convertido, quedará al descubierto en nuestras reacciones ante el descubrimiento de la osamenta de un hermano y patriota hasta ahora desconocido.

101 años de Panamá América

 
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