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La pájara pinta


LA INDIFERENCIA no conoce ente o gente sobre el cual cifrar soluciones. Ella es enemiga de la solidaridad y de la fraternidad. La indiferencia no tiene mano alguna que pueda reputarse de ser una "mano amiga". El ropaje de los indiferentes es frío, helado y brinda un color tenebroso, tétrico, y cuando la indiferencia habla a través de sus personeros la voz de ella es como el eco de la muerte, siempre suena tan de cerca y se escucha tan de lejos.
Los indiferentes pertenecen al conjunto de los malos, no pueden ser clasificados de otra manera. Ellos se creen buenos porque van a misa una o dos veces a la semana; o porque escuchan, de vez en cuando, "Un mensaje al corazón" del Hermano Pablo o tal vez porque han leído, en alguna ocasión, un pasaje de la Biblia. Se sienten buenos, porque dan una ofrenda en la iglesia o porque en las avenidas o calles de nuestra ciudad o del interior del país dan una limosna al pobre que extiende su mano para demandar un mendrugo de pan.
Los indiferentes, para la navidad se sienten compungidos y en los barrios pobres reparten juguetes o distribuyen un plato del tradicional arroz con pollo con ensalada de papas con remolacha. Tal vez el mes de diciembre sea, entre los doce que tiene el año, el que más pone de relieve el carácter frívolo de la indiferencia. Once meses nos la pasamos plagados de la más escalofriante parsimonia, embelecidos en nosotros mismos, contemplando nuestras propias angustias y digiriendo nuestras propias miserias. Llegado diciembre, cuando empiezan a soplar los vientos navideños decimos que ya se siente "el espíritu de la Navidad". No sé si la Navidad tiene un espíritu o si los vientos que soplan son propios de ella. Hay países que en la Navidad tienen el invierno en pleno apogeo, sin vientos frescos que soplen. Otros entienden que la Natividad de nuestro Señor la representa un arbolito de pino. Cosas veredes Sancho: en alguna parte de la Patagonia argentina hay, actualmente, un tremendo conflicto porque se destruye el suelo sembrando pinos navideños y que, como todos sabemos, pino sembrado suelo destruido. La siembra de pinos navideños resulta ser un negocio de muchos millones de dólares. Son tan costosos estos pinos, se invierte tanto dinero en su decoración. Luego los quemamos. ¿Acaso podríamos decir que estamos quemando la Navidad?
La ley del Señor nos dice que el espíritu de la Navidad se encuentra en otros lares. No está en la ostentación fulgurante de arbolitos que nos traen de afuera; tampoco en los rutilantes foquitos que destilan colores fluorescentes y con los cuales hacemos figuras inimaginables; mucho menos en el grande y exquisito jamón o pavo que exhibimos en el centro del comedor ni en el fino vino o la bebida exótica con las cuales nos embriagamos. La Ley del Señor, insisto, nos dice que el espíritu de la reconciliación entre los hombres es lo que quiere nuestro Dios. La reconciliación empieza luego por destruir la indiferencia y el divisionismo que tanto daño nos hace. Ha sido la indiferencia la que ha generado la guerra fraticida entre nosotros.
Quedamos ensimismados cuando advertimos los problemas de la seguridad ciudadana; cuando al paso nos encontramos con el mendigo que nos pide la limosna; con el anciano que en el semáforo de la Calle 50, de modo respetuoso y constante, todas las noches, nos hace el gesto, con sus cansadas manos, de que tiene hambre; con los muchachos, sin estudio ni empleo, que en los altos de la Transístmica o de la Vía España, sin haberlo autorizado, nos limpia el parabrisa y luego reclama la paga no consentida; o con los parroquianos que en los estacionamientos no bien te bajas del carro te grita "bien cuidao". Y qué decir cuando suena el timbre de la casa y alguien anuncia la venta de la yuca, de la mazorca de maíz nuevo o como cuando escuchamos, por la calle Eusebio A. Morales, a aquel hombre escuálido, de tez morena, llevando un enorme platón o balde sobre sus hombros, que todas las noches, cuando apenas ha empezado a ocultarse el sol, anuncia con voz de atalaya: "¡Bollo de maíz nuevo calientito, mazorca y pifáaaaaa...!". Si este señor supiera que levanta una enorme cara de entusiasmo en nuestro hijo Silvio Alexander, de dos años, que al escucharlo empieza con palabras entrecortadas a entonar el mismo canto y pide a su mamita que le compre una mazorca de maíz nuevo. ¡Cómo la devora! No es malo dar la limosna o ayudar al pobre: primero hay que amar al pobre, luego darle lo que resta. Justicia y misericordia quiere nuestro Dios. Esto es lo más importante, sin dejar hacer aquello.
Recuerdo, cuando niño, y aclaro que no se si aún se entona entre los niños del interior, que salíamos al caer la tarde, entre seis a ocho niños y niñas a jugar y a cantar: "Jugaremos la pájara pinta sentadita en su verde limón, con el pico recoge la rama y en la rama recoge la flor...", la repetíamos hasta la saciedad. Olvidábamos el hambre, las angustias y las penurias. Luego, al retirarnos, dormíamos placenteramente hasta el otro día que nos levantábamos muy temprano para ir a la "escuelita del pueblo".
De pronto, tal vez, eso es lo que está aconteciendo con nuestro pueblo. Estamos embelecidos jugando y entonando "la pájara pinta". Nada le preocupa a nadie o, tal vez, la indiferencia está siendo presa de nuestras conciencias. La indiferencia nos encadena y nos aprisiona.
(stekrakri@hotmail.com)

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