La parte humana del transporte
En los últimos meses, el tema del transporte en la ciudad de Panamá ha sido de gran preocupación, sobre todo de los usuarios, quienes son más de medio millón de personas, y los más afectados. Como fórmulas de solución a este problema, se ha planteado, primero, la unificación del pasaje, y después el acceso a préstamos, para renovar y mejorar la flota de autobuses. Sin embargo, nadie dice nada sobre la parte humana del transporte, que es lo fundamental y la raíz del problema.
Un alto porcentaje de esa calidad de servicio que tanto se busca depende de los conductores, palancas y ayudantes. La suma del comportamiento individual de más de 800 conductores en más de 30 rutas es lo que refleja la buena o mala calidad del servicio. Si éstos no tienen buenos modales ni los conocimientos básicos de cómo se presta un buen servicio, de nada valen los buses nuevos, ni que se limpien o pinten los vehículos, ni que se uniforme a los conductores. El trato diario y personal con los usuarios y con los conductores particulares que se encuentran en la vía va a seguir siendo deficiente. Es por eso que considero que a la parte humana del transporte se le debe dar la misma jerarquía que a las demás soluciones planteadas.
A los conductores de buses se les debe enseñar a manejar a la defensiva; a estacionarse sólo en las paradas, sin obstaculizar bocacalles; a no botar basura en la vía pública; a esperar a que los pasajeros ancianos suban y bajen antes de arrancar el bus; a ser amables y corteses; a no hacer carreras con otros colegas; a manejar a una velocidad razonable; y a respetar sus rutas. Se necesita también que el reglamento de tránsito los obligue a manejar siempre por el carril derecho, para que no desordenen el tránsito de los vehículos particulares. Antes de salir, deben verificar que su vehículo esté en buenas condiciones mecánicas y con suficiente combustible.
¿Cómo lograr esto? Todos sabemos que la mayoría de los transportistas provienen de familias humildes, tienen un bajo nivel de escolaridad, y sus condiciones de trabajo no son las mejores. Entre otras cosas, no tienen un salario mensual, ni horarios fijos, ni prestaciones sociales. Esta modalidad especial de trabajo ha funcionado por muchos años, pero ya es hora de que el Estado regule esta actividad y le garantice a los usuarios un servicio de calidad y seguro.
Esta obligación de capacitar a los conductores debe ser un compromiso del gremio concesionario de cada ruta, porque la calidad del servicio no se mide en un solo autobús, sino en la fila continua que diariamente forman, uno tras otro, cuando circulan por cada ruta. También deben facilitarles letrinas en puntos estratégicos de la ruta.
En una época se planteó la necesidad de crear un Instituto de Formación del Transportista, donde se dignificara la profesión, obligando a los actuales y futuros transportistas a ingresar a escuelas de capacitación y formación profesional. Se le darían cursos de manejo a la defensiva, principios de cortesía y buenas costumbres, control y mitigación del exceso de ruido, principios de mecánica básica, vestimenta y aseo personal, cortesía en el trato con los pasajeros, conocimiento integral del reglamento de tránsito, cursos especiales para sacar su licencia profesional, principios de liderazgo, superación, cívica, etc.
Si no se les da estas herramientas, no se puede pretender que estas personas humildes, sin formación profesional, mejoren milagrosamente la calidad del servicio de transporte, por el solo hecho que saben conducir y tengan buses nuevos. Ni la sociedad ni las autoridades pueden criticarlos ni condenarlos si no se les ha dado la formación que se requiere para ser un buen profesional del volante.
No tratemos de resolver el problema del transporte enfocando solamente del problema de los cupos, el costo del pasaje y la modernización de la flota. Es fundamental que se tome en cuenta el aspecto humano, si realmente se desea un buen servicio para los miles de usuarios y seguridad para el resto de la población, peatones y conductores de vehículos particulares.
Un alto porcentaje de esa calidad de servicio que tanto se busca depende de los conductores, palancas y ayudantes. La suma del comportamiento individual de más de 800 conductores en más de 30 rutas es lo que refleja la buena o mala calidad del servicio. Si éstos no tienen buenos modales ni los conocimientos básicos de cómo se presta un buen servicio, de nada valen los buses nuevos, ni que se limpien o pinten los vehículos, ni que se uniforme a los conductores. El trato diario y personal con los usuarios y con los conductores particulares que se encuentran en la vía va a seguir siendo deficiente. Es por eso que considero que a la parte humana del transporte se le debe dar la misma jerarquía que a las demás soluciones planteadas.
A los conductores de buses se les debe enseñar a manejar a la defensiva; a estacionarse sólo en las paradas, sin obstaculizar bocacalles; a no botar basura en la vía pública; a esperar a que los pasajeros ancianos suban y bajen antes de arrancar el bus; a ser amables y corteses; a no hacer carreras con otros colegas; a manejar a una velocidad razonable; y a respetar sus rutas. Se necesita también que el reglamento de tránsito los obligue a manejar siempre por el carril derecho, para que no desordenen el tránsito de los vehículos particulares. Antes de salir, deben verificar que su vehículo esté en buenas condiciones mecánicas y con suficiente combustible.
¿Cómo lograr esto? Todos sabemos que la mayoría de los transportistas provienen de familias humildes, tienen un bajo nivel de escolaridad, y sus condiciones de trabajo no son las mejores. Entre otras cosas, no tienen un salario mensual, ni horarios fijos, ni prestaciones sociales. Esta modalidad especial de trabajo ha funcionado por muchos años, pero ya es hora de que el Estado regule esta actividad y le garantice a los usuarios un servicio de calidad y seguro.
Esta obligación de capacitar a los conductores debe ser un compromiso del gremio concesionario de cada ruta, porque la calidad del servicio no se mide en un solo autobús, sino en la fila continua que diariamente forman, uno tras otro, cuando circulan por cada ruta. También deben facilitarles letrinas en puntos estratégicos de la ruta.
En una época se planteó la necesidad de crear un Instituto de Formación del Transportista, donde se dignificara la profesión, obligando a los actuales y futuros transportistas a ingresar a escuelas de capacitación y formación profesional. Se le darían cursos de manejo a la defensiva, principios de cortesía y buenas costumbres, control y mitigación del exceso de ruido, principios de mecánica básica, vestimenta y aseo personal, cortesía en el trato con los pasajeros, conocimiento integral del reglamento de tránsito, cursos especiales para sacar su licencia profesional, principios de liderazgo, superación, cívica, etc.
Si no se les da estas herramientas, no se puede pretender que estas personas humildes, sin formación profesional, mejoren milagrosamente la calidad del servicio de transporte, por el solo hecho que saben conducir y tengan buses nuevos. Ni la sociedad ni las autoridades pueden criticarlos ni condenarlos si no se les ha dado la formación que se requiere para ser un buen profesional del volante.
No tratemos de resolver el problema del transporte enfocando solamente del problema de los cupos, el costo del pasaje y la modernización de la flota. Es fundamental que se tome en cuenta el aspecto humano, si realmente se desea un buen servicio para los miles de usuarios y seguridad para el resto de la población, peatones y conductores de vehículos particulares.