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La Pasión


La película de Mel Gibson ha servido al menos para hacer reflexionar a los miles de millones de cristianos alrededor del mundo sobre las raíces de su fe y el supremo sacrificio que ello significó para su fundador. Tras el sufrimiento, la sangre, las humillaciones, la desilusión y la muerte, surge el milagro supremo, la fuerza de una fe que ha sobrevivido a siglos de embates y crisis, y que se ha extendido con fuerza por todos los rincones del planeta.
¿De dónde surgen las profundas raíces del cristianismo? Mel Gibson hace una categórica propuesta, del sufrimiento y grandeza de ese hombre de Galilea, hijo de un humilde carpintero. Pero no es sólo el sufrimiento en sí, seguramente superado físicamente por muchos otros seres humanos que cargan y cargaron sobre sus hombros infinidad de padecimientos, dolores y abusos. Hablamos de la grandeza del sacrificio de su temprana existencia, por los demás hombres y mujeres.
Porque a diferencia de otras víctimas de torturas y masacres a las que nos tienen tan acostumbrados los monstruos humanos de hoy y ayer, el de Jesucristo fue un sacrificio consciente, que conocía de antemano y, pese a ello, se dirigió al cumplimiento de su destino, no como Dios, sino como hombre, con todas sus dudas y flaquezas, pero estimulado por la grandeza de su misión.
No es el sacrificio de un padre o madre por su hijo, o de un soldado por su bandera, es supremo porque, aparte de compartir con el hombre su naturaleza humana, nada en común le tocaba con aquél pueblo que el domingo de ramos lo vitoreaban y el viernes santo lo vituperaba. Jesucristo nos sabía, igual que él, fruto del soplo divino; pero también sabía que habíamos perdido los pasos del Creador, y vino -con su sacrificio- recordárnoslo.
Claro que pudo al menos intentar escapar de su misión. Es más, tuvo como humano, dudas de ello; y más de una vez se planteó si valía la pena dar tanto por aquellos delincuentes, desalmados y malagradecidos. En ocasiones, perdió los estribos, como cuando la emprendió a latigazos y patadas contra quienes profanaban el Templo. Pero a la postre encaminó sus pasos hacia su destino sin saber, acaso, que al final su sacrificio valió la pena. "¿Padre, por qué me has abandonado?", pregunta angustiado en el momento de suprema agonía, en el que seguramente se planteaba si todo aquello tenía algún sentido. ¡Y lo tuvo!
Ahora nos toca a los cristianos hacer nuestra parte. Jesucristo hizo la suya, bastante más que cualquiera de nosotros, porque lo dio todo pese a tener en sus manos el poder de emprender con éxito otro camino. No lo hizo y optó por la vía dolorosa del sacrificio para que vieramos la luz de su ejemplo.

101 años de Panamá América

 
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