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La Patria es el recuerdo


Decía el poeta que la patria es el recuerdo... Yo recuerdo las dieciséis calles y avenidas de la ciudad de Colón, en la que crecí, en medio de una gran humildad, sencillez, y una felicidad difícil de describir. Cuando en calle primera se reunía la gallada para hacer una feria o para jugar béisbol o sóftbol, o sencillamente, para darle la vuelta a los estacionamientos en nuestras destartaladas bicicletas. ¿Qué mundo podía ser más sencillo que ése?

Los hermanos lasallistas nos educaron con un gran sentido de responsabilidad, de disciplina, de respeto por el prójimo, y, muy importante para nosotros, de respeto por la diversidad étnica y religiosa. Recuerdo que las clases de religión se nos dispensaban por un gran respeto por nuestra idiosincrasia religiosa.

Lo cierto es que para nosotros, como para muchos componentes de la clase media de esa gran ciudad, la oferta para nuestro crecimiento y el de nuestras familias era muy pobre. En el Colón de aquél entonces, había dos cines, y uno de los bailes más famosos era el sarao del 3 de noviembre en el Club Naútico Caribe. Eran pocas las facultades de la Universidad Nacional que tenían presencia en la provincia, y pocas las universidades privadas que ofertaban clases para los colonenses.

La capital parecía lo obvio, y así lo entendió mi familia en 1979. Terminé mis estudios en el Colegio San José La Salle de Colón en 1980, y me les uní para ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la USMA, en el verano de 1981. Atesoro con gran cariño mis años universitarios, mis amistades, la Asociación de Estudiantes de Derecho, la Asociación de Estudiantes de toda la Universidad, y sus respectivos periódicos, de los cuales fuimos forjadores, directores y editores, respectivamente.

Después de haber apoyado los Tratados Torrijos-Carter, con contar apenas con 14 años de edad; enfrentamos desde las aulas universitarias el recrudecimiento de la dictadura. Simpatizamos como miles de jóvenes de aquél entonces, con la democracia cristiana, por su militancia política y por su actitud vertical frente a la degeneración política.

Lo demás es historia. Me gradué con los más altos honores de la USMA, viví cuatro años en Israel, buscando mis raíces étnicas y religiosas; para regresar a Panamá a contribuir en la construcción de este gran país. Por lo demás, siempre he entendido a la política como eso: como una permanente construcción de algo mejor. Entendí cuando el enfrentamiento había terminado para sí, y cuando ya no era tan cierto que sólo unos panameños estábamos del lado bueno, y sólo los otros panameños estaban del lado malo. La paradoja de la democracia fue que el asunto también podía funcionar al revés.

Hoy, en vísperas de la quinta elección democrática para la presidencia de la República, sólo me puedo sentir complacido como panameño, de lo que hemos alcanzado. La oferta electoral, vamos, siempre puede ser mejor, pero no solamente es aceptable; es buena. El país dio 180 grados a un pesimismo generalizado, para enfrentar problemas complejos, producto del crecimiento y del desarrollo.

Las últimas encuestas dicen que los independientes están divididos en cuanto a sus simpatías electorales. Eso también es bueno, porque son más las similitudes que nos unen, que las diferencias que nos distinguen. No soy ningún iluso: Tenemos grandes tareas pendientes.

Pero, en medio de estas fiestas patrias, quiero recordar con ustedes lo que hemos logrado, y compartir la esperanza porque el futuro sea promisorio para cada vez más compatriotas.

101 años de Panamá América

 
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