La Patria, ¿un negocio?
Patria: Tierra natal a la que se pertenece, dicen en resumen los diccionarios. El poeta Miró la describe, entre otras acepciones líricas, como "los viejos senderos retorcidos que el pie desde la infancia recorrió".
Hoy día, con la omisión o pasividad de la mayoría de los nacidos en esta tierra, vemos cómo nuestra patria se ha convertido en un negocio, pero no para todos como el mal menor que pudiera, aunque no debiera ser, porque la patria no se vende, como decía Iturralde, sino un negocio de unos cuantos compatriotas -si así se les puede llamar- que están especulando con nuestra tierra patria.
Anuncios en medios de comunicación, en Internet, el efectivo boca a oído, venden islas, playas, montañas, terrenos en ciudades, gran parte a extranjeros, y a personas naturales o jurídicas, que con muchos recursos invierten en la burbuja inmobiliaria panameña.
Entiendo que en Suiza, los extranjeros no pueden comprar tierras. Suiza ocupa un territorio pequeño, menor que Panamá, que los capitales de extranjeros depositados en sus bancos comprarían, si se lo permitieran. ¿Por qué no se les permite? Porque comprar tierras es comprar la patria y para cualquiera nación a la que le compran su patria, se queda sin patria.
Amor patrio en los panameños no está desarrollado, porque los políticos codiciosos, poco amor patrio han demostrado.
Ocupado el istmo por fuerzas extranjeras, primero el ejército español, luego el neogranadino, convertido despúes en colombiano; y por último el gringo, deformó nuestra oportunidad de sentir amor patrio.
Hoy sin ejército de ocupación, pero encadenados nuestros políticos y nuestros elementos adinerados al afán de hacer o de hacer más fortuna, han permitido que nos desnacionalicen comprando nuestra patria una serie de extranjeros, quienes nos ven como un negocio. Claro que los panameños motivados por la codicia son los que venden su pedazo de patria, pero también es porque un Estado, cuyas autoridades están constituidas para velar por vida, honra y bienes, no vela por la vida digna, de la honra y de los bienes de los ciudadanos que caen ante la codicia de un ofrecimiento extraordinario, y se lesionan ellos y a los demás en su derecho de patria.
Cómo es posible que nuestro Estado permita la especulación de que un pedazo de tierra, en Ave. Balboa, el metro cuadrado valía B/. 500.00 y hoy se venda por cuatro mil balboas. Que un metro cuadrado de tierra en Boquete o en las playas, que tenía un valor catastral X, hoy se especule su venta en 10X, 20X o más, y se atente contra la patria.
La posesión privada de la tierra no es igual que la posesión privada de un instrumento de producción de bienes o servicios, v.gr. una fábrica, un salón de belleza, etc., etc.
Con urgencia hay que reaccionar ante la venta de la patria. Ya principios constitucionales hablan de que no se pueden vender a extranjeros tierras adyacentes a las fronteras.
Cuando se produce la burbuja económica inmobiliaria de hoy, hay que reflexionar y establecer correctivos. Otro principio habla de que el comercio al por menor tampoco puede estar en manos de extranjeros. Todos estos principios están concatenados a preservar la patria y su soberanía.
La especulación como la usura debe sancionarse. No es ético, no es moral, es antisocial crea distorsiones que agigantan la cacareada mala distribución de la riqueza.
Cuando en una sociedad hay una prebenda, un privilegio, alguien paga por ello. La política se supone que es la búsqueda del bien común. ¿Qué bien común genera que alguien que compró hace un tiempo un bien raíz, por arte de la especulación hoy pueda venderlo por muchas veces su valor. Y peor si este bien raíz fue una adjudicación del Estado para un fin social, cultural o religioso, que ahora se venda dentro de la corriente especulativa con ganancias que rayan, si no en lo delictivo, por lo menos en lo inmoral?
Y esto es al margen de la peor venta de la patria que hace un gobierno antinacional que entrega, en concesiones graciosas, todo tipo de negociado al apátrida poder económico transnacional.
Una Constituyente originaria se requiere para enmendar estos entuertos antinacionales y de distorsión económica.
Hoy día, con la omisión o pasividad de la mayoría de los nacidos en esta tierra, vemos cómo nuestra patria se ha convertido en un negocio, pero no para todos como el mal menor que pudiera, aunque no debiera ser, porque la patria no se vende, como decía Iturralde, sino un negocio de unos cuantos compatriotas -si así se les puede llamar- que están especulando con nuestra tierra patria.
Anuncios en medios de comunicación, en Internet, el efectivo boca a oído, venden islas, playas, montañas, terrenos en ciudades, gran parte a extranjeros, y a personas naturales o jurídicas, que con muchos recursos invierten en la burbuja inmobiliaria panameña.
Entiendo que en Suiza, los extranjeros no pueden comprar tierras. Suiza ocupa un territorio pequeño, menor que Panamá, que los capitales de extranjeros depositados en sus bancos comprarían, si se lo permitieran. ¿Por qué no se les permite? Porque comprar tierras es comprar la patria y para cualquiera nación a la que le compran su patria, se queda sin patria.
Amor patrio en los panameños no está desarrollado, porque los políticos codiciosos, poco amor patrio han demostrado.
Ocupado el istmo por fuerzas extranjeras, primero el ejército español, luego el neogranadino, convertido despúes en colombiano; y por último el gringo, deformó nuestra oportunidad de sentir amor patrio.
Hoy sin ejército de ocupación, pero encadenados nuestros políticos y nuestros elementos adinerados al afán de hacer o de hacer más fortuna, han permitido que nos desnacionalicen comprando nuestra patria una serie de extranjeros, quienes nos ven como un negocio. Claro que los panameños motivados por la codicia son los que venden su pedazo de patria, pero también es porque un Estado, cuyas autoridades están constituidas para velar por vida, honra y bienes, no vela por la vida digna, de la honra y de los bienes de los ciudadanos que caen ante la codicia de un ofrecimiento extraordinario, y se lesionan ellos y a los demás en su derecho de patria.
Cómo es posible que nuestro Estado permita la especulación de que un pedazo de tierra, en Ave. Balboa, el metro cuadrado valía B/. 500.00 y hoy se venda por cuatro mil balboas. Que un metro cuadrado de tierra en Boquete o en las playas, que tenía un valor catastral X, hoy se especule su venta en 10X, 20X o más, y se atente contra la patria.
La posesión privada de la tierra no es igual que la posesión privada de un instrumento de producción de bienes o servicios, v.gr. una fábrica, un salón de belleza, etc., etc.
Con urgencia hay que reaccionar ante la venta de la patria. Ya principios constitucionales hablan de que no se pueden vender a extranjeros tierras adyacentes a las fronteras.
Cuando se produce la burbuja económica inmobiliaria de hoy, hay que reflexionar y establecer correctivos. Otro principio habla de que el comercio al por menor tampoco puede estar en manos de extranjeros. Todos estos principios están concatenados a preservar la patria y su soberanía.
La especulación como la usura debe sancionarse. No es ético, no es moral, es antisocial crea distorsiones que agigantan la cacareada mala distribución de la riqueza.
Cuando en una sociedad hay una prebenda, un privilegio, alguien paga por ello. La política se supone que es la búsqueda del bien común. ¿Qué bien común genera que alguien que compró hace un tiempo un bien raíz, por arte de la especulación hoy pueda venderlo por muchas veces su valor. Y peor si este bien raíz fue una adjudicación del Estado para un fin social, cultural o religioso, que ahora se venda dentro de la corriente especulativa con ganancias que rayan, si no en lo delictivo, por lo menos en lo inmoral?
Y esto es al margen de la peor venta de la patria que hace un gobierno antinacional que entrega, en concesiones graciosas, todo tipo de negociado al apátrida poder económico transnacional.
Una Constituyente originaria se requiere para enmendar estos entuertos antinacionales y de distorsión económica.