La paz israelo-palestina: De sueño a pesadilla
Hemos llegado al punto decisivo del conflicto árabe-israelí. En 1993, cuando se firmaba la Declaración de Principios en Washington, el mundo pensó que el apretón de manos de Yasser Arafat, Isaac Rabin y Shimón Peres frente a la Casa Blanca, terminaría con la milenaria guerra en el Oriente Medio. Todo era una simple utopía; la cruel realidad es hoy la que vemos. En una calle de Netzarim, un chiquillo palestino, motivado por el odio étnico-religioso, lanza piedras a los soldados israelíes. Detrás de los niños, militares del "Al-fatah" promocionan la lucha muerte contra los hebreos. El fanatismo puede más que la conciencia.
Como flash de cámara, al otro lado del Atlántico, Yasser Arafat discute los términos de paz con Bill Clinton, presidente saliente de Estados Unidos y mediador para Oriente Medio. Se han tirado las cartas sobre la mesa: Soberanía Palestina en un 95 % sobre Cisjordania y toda la Franja de Gaza. Control sobre el Monte del Templo. Pero hay algo doloroso: la suspensión del retorno de los 3.8 millones de palestinos refugiados en Jordania, el Líbano y Siria. Inmediatamente, el Mundo ¡rabe y la Autoridad Palestina rechazan la propuesta de Clinton.
En el lado opuesto de la balanza, Israel vive igualmente un momento crítico. Ehud Barak ha llamado a elecciones anticipadas. Presionado por el radicalismo hebreo en sus propias filas laboristas, además de los ataques de los grupos religiosos con el Likud de respaldo, el premier israelí trata de triunfar en unos comicios determinantes para salvar el destino del Estado Judío y quizás la última oportunidad de consolidar la estabilidad en Oriente Medio.
Aunque algunos crean lo contrario, Ehud Barak y los laboristas son la garantía de lograr la paz deseada. Con sólo la victoria de los conservadores hebreos en el mes próximo, de seguro las fuerzas militares de Siria, Irak, Irán y el Líbano entrarán en una guerra abierta con Israel. Claro, el Tázhal (o Fuerzas de Defensas de Israel) tiene todas las de ganar al principio de la batalla idílica. Con más de ochocientos mil soldados, cuatro mil tanques y millares de aviones, las malogradas tropas palestinas, que no suman más de 17 mil efectivos, no podrán con semejante ejército judío. Pero lo peor es que ahora la tecnología y la carrera armamentista ha proporcionado al mundo árabe el recortar la ventaja táctica de Israel. Siria tiene igual número de soldados que Israel. Se cree que Irán está a punto de poseer armas nucleares. Y recordemos que la excusa de una guerra contra Israel sería un ejemplo evidente de la reconciliación y alianza de los países del Golfo Pérsico con Saddam Hussein, Bashir Al Asad y el mismo Arafat. El petróleo saudita, que financió la "Tormenta del Desierto" en 1991, también puede unificar criterios contra Israel en una futura conflagración.
Israel, esgrimiendo derechos soberanos sobre todo el Viejo Jerusalén, se niega a aceptar la propuesta estadounidense, puesto que se vulneraría el paso al sitio sagrado en el Muro Occidental, "La Pared de Las Lamentaciones", el único cimiento visible del Segundo Templo. A pocos metros arriba de la muralla santa, las mezquitas Al Aqsa y el Domo de La Roca serían territorio palestino. Ese es el elemento desestabilizador para la consecución de la paz, aunque es también la alternativa viable.
Para los hebreos, lo que importa es asegurar su seguridad nacional y que se detenga la "Nueva Intifata". Que se acabe el baño de sangre y el sacrificio de jóvenes palestinos en una lucha sin cuartel. Pero la realidad es que todo el mundo critica a Israel, pero nadie cuestiona el autoritarismo del gobierno totalitario de Arafat. Incluso, el grupo fundamentalista HAMAS se ha encontrado con que los militantes del Al Fatah de Arafat han detenido, oprimido y asesinado a los cuadros del fundamentalismo. Arafat sonríe y no dice nada. Pero en ese momento, aquel niño palestino que peleaba en Netzarim perece por los balazos. Esa es la sangre que glorifica la Nueva Intifada.
Solución sólo hay una: Israel y Palestina deben dialogar, tienen que ceder. Los asentamientos judíos y la cuestión de los refugiados palestinos no puede quedar al margen de las pláticas. Una indemnización a los 3.8 millones de palestinos fuera de Israel sería una opción. O quizás la integración económica en una zona de libre comercio regional acabaría con la pobreza y desempleo en las áreas de la Autoridad Palestina. Para todo hay una forma de resolver las cosas. Negociar la paz es mejor que entrar a una guerra abierta que mataría a millones de personas. Esa es la decisión de los israelíes y los palestinos. Ellos decidirán su futuro.
Como flash de cámara, al otro lado del Atlántico, Yasser Arafat discute los términos de paz con Bill Clinton, presidente saliente de Estados Unidos y mediador para Oriente Medio. Se han tirado las cartas sobre la mesa: Soberanía Palestina en un 95 % sobre Cisjordania y toda la Franja de Gaza. Control sobre el Monte del Templo. Pero hay algo doloroso: la suspensión del retorno de los 3.8 millones de palestinos refugiados en Jordania, el Líbano y Siria. Inmediatamente, el Mundo ¡rabe y la Autoridad Palestina rechazan la propuesta de Clinton.
En el lado opuesto de la balanza, Israel vive igualmente un momento crítico. Ehud Barak ha llamado a elecciones anticipadas. Presionado por el radicalismo hebreo en sus propias filas laboristas, además de los ataques de los grupos religiosos con el Likud de respaldo, el premier israelí trata de triunfar en unos comicios determinantes para salvar el destino del Estado Judío y quizás la última oportunidad de consolidar la estabilidad en Oriente Medio.
Aunque algunos crean lo contrario, Ehud Barak y los laboristas son la garantía de lograr la paz deseada. Con sólo la victoria de los conservadores hebreos en el mes próximo, de seguro las fuerzas militares de Siria, Irak, Irán y el Líbano entrarán en una guerra abierta con Israel. Claro, el Tázhal (o Fuerzas de Defensas de Israel) tiene todas las de ganar al principio de la batalla idílica. Con más de ochocientos mil soldados, cuatro mil tanques y millares de aviones, las malogradas tropas palestinas, que no suman más de 17 mil efectivos, no podrán con semejante ejército judío. Pero lo peor es que ahora la tecnología y la carrera armamentista ha proporcionado al mundo árabe el recortar la ventaja táctica de Israel. Siria tiene igual número de soldados que Israel. Se cree que Irán está a punto de poseer armas nucleares. Y recordemos que la excusa de una guerra contra Israel sería un ejemplo evidente de la reconciliación y alianza de los países del Golfo Pérsico con Saddam Hussein, Bashir Al Asad y el mismo Arafat. El petróleo saudita, que financió la "Tormenta del Desierto" en 1991, también puede unificar criterios contra Israel en una futura conflagración.
Israel, esgrimiendo derechos soberanos sobre todo el Viejo Jerusalén, se niega a aceptar la propuesta estadounidense, puesto que se vulneraría el paso al sitio sagrado en el Muro Occidental, "La Pared de Las Lamentaciones", el único cimiento visible del Segundo Templo. A pocos metros arriba de la muralla santa, las mezquitas Al Aqsa y el Domo de La Roca serían territorio palestino. Ese es el elemento desestabilizador para la consecución de la paz, aunque es también la alternativa viable.
Para los hebreos, lo que importa es asegurar su seguridad nacional y que se detenga la "Nueva Intifata". Que se acabe el baño de sangre y el sacrificio de jóvenes palestinos en una lucha sin cuartel. Pero la realidad es que todo el mundo critica a Israel, pero nadie cuestiona el autoritarismo del gobierno totalitario de Arafat. Incluso, el grupo fundamentalista HAMAS se ha encontrado con que los militantes del Al Fatah de Arafat han detenido, oprimido y asesinado a los cuadros del fundamentalismo. Arafat sonríe y no dice nada. Pero en ese momento, aquel niño palestino que peleaba en Netzarim perece por los balazos. Esa es la sangre que glorifica la Nueva Intifada.
Solución sólo hay una: Israel y Palestina deben dialogar, tienen que ceder. Los asentamientos judíos y la cuestión de los refugiados palestinos no puede quedar al margen de las pláticas. Una indemnización a los 3.8 millones de palestinos fuera de Israel sería una opción. O quizás la integración económica en una zona de libre comercio regional acabaría con la pobreza y desempleo en las áreas de la Autoridad Palestina. Para todo hay una forma de resolver las cosas. Negociar la paz es mejor que entrar a una guerra abierta que mataría a millones de personas. Esa es la decisión de los israelíes y los palestinos. Ellos decidirán su futuro.