La Pederastia (II)
Querido Director,
Recordará que fue en los años 80 del pasado siglo cuando se empezó -primero a rumorear y luego a medio saber- que se habían presentado denuncias contra sacerdotes católicos en la costa Este norteamericana, fundamentalmente en Boston y Nueva York. Usted sabe que las conferencias episcopales de cada país gozan de una enorme autonomía y especialmente la norteamericana, por su gran potencial económico. Esta Conferencia cerró en falso estas denuncias y otras muchas denuncias posteriores contentándose e intentando contentar a afectados y familiares con una generosa compensación económica. Esta actitud está plenamente inmersa en la costumbre anglosajona de solucionar los problemas extrajudicialmente dando un valor económico a todos los problemas y circunstancias de la vida. No tengo que recordarle que el clero católico norteamericano es mayoritariamente de origen irlandés. Es precisamente en Irlanda donde desde hace unos cuantos años se vive un constante escándalo por los abusos cometidos por sacerdotes en parroquias e internados. ¿Y cómo arregló la iglesia irlandesa este problema? Pues como es más pobre que la norteamericana, primero negando los hechos y luego apartando discretamente a alguno de los denunciados, lo que significó otro cierre en falso. Animados por estas denuncias y los consiguientes escándalos periodísticos, varios millares de verdaderos afectados por este lamentable comportamiento de sacerdotes o monjas, denunciaron casos similares y sin olvidar como pasa en estas oleadas, la infiltración de caraduras y desaprensivos que intentan sacar provecho político o económico de esta situación. Ahora es Centroeuropa, con Alemania a la cabeza la que sufre al descubrir estos comportamientos tan sumamente reprobables.
Todas las miradas se dirigieron hacia el Papa Benedicto XVI, quien si al principio quiso aplicar la política ancestral de la Iglesia: prudencia y silencio; no ha tenido más remedio que coger el toro por los cuernos y enfrentar y enfrentarse con un fenómeno que sólo perjudica (y gravísimamente) a nuestra Iglesia Católica.
La esencia del Cristianismo se basa en el perdón y si resulta que cualquier feligrés puede ser perdonado setenta veces siete, no cabe duda que esos cientos de sacerdotes o monjas que han cometido esos abusos tengan derecho al perdón espiritual aunque inevitablemente tienen que sentarse en el banquillo de los acusados para responder penalmente del delito cometido. Posteriormente, deben ser apartados de forma radical y completa del ejercicio del sacerdocio, en unos casos o expulsadas de sus órdenes, en el caso de las monjas. Para que se de usted cuenta de la capacidad de reacción de la Iglesia, que como sabe nunca morirá, ya han comenzado las dimisiones, encabezadas por el Obispo de Ausburgo (Alemania), Walter Mixa y en España, desde donde le escribo, y, donde parece que el asunto no es tan grave, en una provincia que se llama Castellón, la orden de los Carmelitas Descalzos ha denunciado ante la justicia a uno de sus miembros por abusos sexuales a un niño. No podemos ni debemos olvidar que todas las fuerzas progresistas y anticlericales del mundo van a intentar que este asunto socave de manera irreversible la credibilidad de la Iglesia Católica y si pudiesen llevarse por delante al Papa, mejor. Todos los católicos y hombres de buena voluntad del mundo tenemos que cerrar filas con una institución que además de haber traído la esperanza al hombre, ha hecho en lo material, cultura, arte, patrimonio, educación, cuidado y generosidad con los pobres, etc… más que todos los gobiernos juntos. Cuatro millones de personas se dedican plenamente al Evangelio, a la Iglesia y a los demás, suponiendo que el 1% (40,000) ejerciese errónea o delictivamente su magisterio, ¿vamos a permitir que todo el esfuerzo heroico del otro 99% se tire por la borda? ¿Vamos a darle ese gusto a la izquierda caviar y laicista o a la masonería?
Atentamente,