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La penitencia de Sara


En el Antiguo Testamento, "cuando Jehová decidió destruir Sodoma y Gomorra, envió a sus ángeles para que Lot se salvara junto con su descendencia... Y al rayar el alba los ángeles daban prisa a Lot diciendo: levántate toma tu mujer y tus dos hijas que se hayan aquí para que no perezcas en el castigo de la ciudad, advirtiéndoles que no podían mirar hacia atrás", mandato que Lot, patriarca, refrendó...". Entonces, la mujer de él (Sara) miró hacia atrás a espaldas de él y se volvió estatua de sal. (Gén. Cap. 19.vers.24). Sara fue calcinada por Dios instrumentalizando a Lot.

El femicidio es un problema cuyas bases son históricas y teológicas y en todas las religiones monoteístas las mujeres estamos en desventajas. Donde Dios esté personificado como el hombre, la mujer está supeditada a su voluntad. Véase cómo, desde las sociedades clánicas patriarcales, se institucionalizó la obediencia de las mujeres al macho como parte del dogma. Si sumamos a ello nuevos prejuicios, la condición femenina queda reducida a un simple animal doméstico, en virtud de otros rituales que la marginan, por ejemplo, las mujeres negras e indígenas son triplemente marginadas: género, etnia y clase.

En esta tesitura, hallamos el caso de Ifigenia, quien se inmoló "para salvar a Troya", dando cumplimiento al mito de la Patria. La subordinación al hombre es una condición que data de miles de años, institucionalizada por la religión y la cultura, y que se extiende hasta nuestros días adquiriendo formas aberrantes, evidenciadas en los rituales matrimoniales cívicos y/o religiosos, cuyo único avance es la "libertad" de las panameñas de no asumir el apellido del esposo, aunque persiste en una gran mayoría la inseguridad y recurre a la enajenante fórmula, adoptando el apellido del hombre con renuncia del propio.

La existencia de una ley que prohíbe a las mujeres decidir su esterilización por motivo de edad, número de hijos y el necesario consentimiento del esposo o cónyuge, es prueba de la violación del derecho que ellas tienen sobre su cuerpo y su vida; y que el machismo sacralizado rebasa los límites teológicos y se consagra en el mal llamado Derecho Positivo. Esto no es más que una forma sutil de femicidio, puesto que impide a las mujeres lograr una mejor calidad de vida y mayor independencia; las expone veladamente a decisiones que colocan su salud y su propia existencia en riesgo.

Es por ello que encontramos "justo y necesario" abolir la infamante ley que impide a las panameñas esterilizarse según su voluntad, condiciones y necesidades, pues la tecnología actual, particularmente en el sector salud, incide directamente en el equilibio y la regulación "natural" milenaria que castiga a las mujeres postrándolas en una pobreza deshumanizada y sin sentido. (Psicología Social y Género, Fátima Flores).

101 años de Panamá América

 
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