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La pequeña guerra de Bush


Alguien señaló, con acierto, que las cosas suceden unas veces como tragedia y otras como comedia. Parece ser lo que ha ocurrido con los dos Bush que ha tenido que soportar la humanidad, en los últimos años. El primero, surgido desde las filas de la Central de Inteligencia Americana (CIA) impulsó batallas y comprometió al ejército norteamericano en invasiones parcialmente exitosas. Tales fueron las de Panamá, en que el poderoso ejército imperialista invadió Panamá ocasionando centenares de víctimas inocentes, para capturar a un dictador salido de su propia "comunidad de inteligencia"; y la de Irak, la denominada guerra del golfo, en que bombardearon de manera indiscriminada dicho país, utilizando medios tecnológicos superiores, ocasionando miles de víctimas civiles inocentes. ¿Terrorismo de Estado?. No, intervenciones humanitarias y daños colaterales, en el nuevo lenguaje del mundo occidental y civilizado. Vulgar crimen contra pueblos inocentes, es decir, simple terrorismo de Estado, en el lenguaje directo y franco.
El nuevo Bush, no-menos guerrero que su padre, ha embarcado al ejército norteamericano en una acción de represalia contra todo Estado que ellos definan como guarida de terroristas. Se comprende que en una definición tan laxa cabe toda la humanidad, es decir, se trata de una particular guerra sin fronteras. En otras palabras, al parecer se trata de una guerra imposible. No sólo larga, complicada y costosa, sino que imposible. Aunque la ganara, sería una victoria pírrica, aunque lograra destruir varios países. Por ello, el Pentágono ha señalado, ahora, que no está en su prioridad invadir Afganistán, sino capturar a Osama bin Laden. La misma argumentación usada en Panamá por Bush padre, que por poco termina con la nación panameña.
A pesar que el subsecretario de Defensa habla de una operación policiva, con medios militares, la diplomacia norteamericana no deja de explorar alternativas políticas para un recambio del gobierno talibán. Ya lo decía el viejo Clawsewitz, "la guerra es la política por otros medios". La particular guerra del segundo Bush tiene objetivos implícitos: derrocar al molesto gobierno talibán a nombre de la civilización y de la democracia occidental. Y nos preguntamos: ¿puede la monarquía saudita ayudar a construir la democracia en Afganistán, si no la ha permitido en su propio suelo?. ¿Pueden los emiratos árabes construir la democracia que le niegan a su propio pueblo?. ¿Pueden los gobiernos de Pakistán y Rusia, faltos de principios, que han condicionado su apoyo a la alianza occidental a que le condonen parte de su deuda externa y que le perdonen sus excesos en Chechenia, tener la autoridad moral suficiente para imponer salidas políticas a Afganistán"?. Ni qué decir de lo pernicioso que ha sido la lectura del libro de Samuel Huntington sobre el conflicto de las civilizaciones, una versión ideológica a gusto de los pensamientos simples de Bush y CIA, que ha sido traducido políticamente en el documento Santa Fe IV, nueva biblia e ideario del conservatismo republicano de la Casa Blanca. Europa ha aportado dos discípulos notables: el Primer Ministro inglés Tony Blair ( ese Margaret Tatcher con pantalones, según definición del historiador inglés Erick Hosebawm ) y el fascista Silvio Berlusconi, de Italia. Por fortuna José María Aznar no tiene o no ha demostrado, en este caso, pretensiones intelectuales.
En nuestro país, despegado del debate de fondo de la actualidad, se han levantado algunas voces que llaman a la sensatez. Y el debate no carece de importancia, dado la neutralidad pactada y colectiva del Canal de Panamá que debe entenderse extendida a todo el istmo, por la propia letra del Tratado son, al parecer, minoritarias. (simgonp@sinfo.net)
El debate, sesgado como de costumbre, se ha instalado en las circunstancias económicas que se derivan, para Panamá, de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y en el papel que debe jugar nuestro país en esta cruzada de Occidente contra el mundo musulmán, tal como lo definió sinceramente Silvio Berlusconi.
Frente a lo primero, un empresario político llega a la conclusión de que la situación económica mundial es tan grave que "ahora tendrán que valerse por sí mismos". Sinceridad de una burguesía dependiente que ha vivido de las migajas de lo que ha representado su alianza con el capital transnacional y del asalto al Estado. Ahora no pueden contar, por un rato, ni con uno ni con lo otro.
Con respecto a lo segundo, un político criollo ha llegado a la conclusión de que "el canal peligra" y que es necesario llamar al ejército de los Estados Unidos para que lo protejan y uno de los vicepresidentes se hace eco de las palabras del Ministro de Relaciones Exteriores cuando señala que "frente al terrorismo no se puede ser neutral". Se han dado cuenta estos dos funcionarios que resucitar ese instrumento denominado Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) nos coloca en una lógica militarista propia de la guerra fría que ya habíamos, como pueblo, superado.
Ciertamente, el terrorismo es un delito que debe ser atacado en sus causas, utilizando los mecanismos de concertación internacional, sin medios militares que afecten la paz mundial. Para ello se debe volver a las Naciones Unidas, al debate franco sin limitaciones, a la condena de todos los actos de terrorismos no importa quién lo ejecute. Para ello se debe tener claridad en la definición de la política exterior, algo que en nuestro país se está a años luz. Mientras la política exterior panameña esté en manos de profanos y el Consejo de Política Exterior sea una cosa decorativa, reinará la improvisación propia de un país subdesarrollado.

101 años de Panamá América

 
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