default

La perdurabilidad del mito castrista


Miami (AIPE) - Vasta tarea aguarda a los futuros investigadores que intenten, con esencial honestidad, explicar la supervivencia en el poder de Fidel Castro y su capacidad para, después de 41 años de opresión, desplegar harapos de su antigua imagen y mantener al pueblo aparentemente sosegado. En relación con este último punto, sé muy bien lo que afecta a un pueblo una represión cotidiana, o la obligación de consagrarse al sobrevivir a que obliga la pobreza circundante. Pero tales factores no reducen la complejidad del asunto. Después de todo, hubo un momento inicial en el cual el fanatismo popular, encauzado hábilmente por Castro, barrió con toda resistencia y permitió que aún hoy el régimen pueda ofrecer apariencias de éxito.
Típicamente, ningún argumento marxista sirve para explicar ese fanatismo popular de los comienzos o la paradoja actual de ver a Castro como un caudillo comunista que sobrevivió al comunismo sin renunciar al comunismo. De ahí que sea posible aplicar al caso Cuba la fórmula que Francois Furet, en su libro "El pasado de una ilusión", le aplicó a Alemania. Rechazando la tesis marxista de que el nazismo era, o fue, "la respuesta del capitalismo al comunismo", Furet señaló que la lucha de clases no había operado en Alemania y que, precisamente, "el misterio del triunfo de Hitler no está en la omnipotencia de una clase, sino en el consentimiento de una nación". ¿En el consentimiento de una nación? ¿Puede eso ajustarse al caso de Castro y Cuba?
Esa posibilidad se complica con la noción de que el embridamiento comunista ocurrió en Cuba, es decir, bien próximo al país más capitalista del mundo y en un continente donde no había ningún otro gobierno marxista. Más curioso aún es el hecho de que Fidel Castro se montó públicamente en el carro comunista cuando ese carro había sufrido ya graves trompicones. Precisamente, en estos días se ha publicado una no muy justa biografía del hombre que por primera vez rasgó el mito de la justicia marxista y dejó al descubierto la terrible y congénita dureza del comunismo. El individuo nació en Rumania, era judío y comunista, estuvo a punto de ser fusilado en España durante la guerra civil española, escapó a Francia y, más tarde, se fue a vivir a Inglaterra, donde en 1983 se suicidó con su amante a los 78 años. Se llamaba Arthur Koestler y escribió un libro titulado "El cero y el infinito", que, a pesar de feroces críticas comunistas, alcanzó quince ediciones en Europa en los primeros cuatro años después de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió en un clásico mundial.
Después de Koestler, una creciente minoría de intelectuales desilusionados con el comunismo cerró filas contra las tesis marxistas y el sistema soviético, contribuyendo a abrir mayores brechas en su estructura. Cuando Fidel se proclama comunista (1961), el libro de Milovan Djilas "La nueva clase" había sacudido al mundo socialista; la disputa sino-soviética se ahondaba y los crímenes de Stalin estaban a punto de ser reconocidos públicamente en Moscú, donde ya se denunciaba "el culto a la personalidad" que ya estaba reafirmando Castro. Tal vez esos nubarrones marxistas, y su oceánico ego, incitaron a Fidel a intentar transformarse en un nuevo teórico de la revolución. Un joven escritor francés invitado a Cuba, Regis Debray, y bajo la orientación del líder cubano, publicó un librito "¿Revolución en la revolución?", que pronto pasó a ser el catecismo de la nueva izquierda. El libro caía en perogrulladas como "el deber de un revolucionario es hacer la revolución", y falseaba el encuentro militar entre los rebeldes y el ejército de Batista para inflar esas escaramuzas a nivel de un mito sobre la invencibilidad de la guerrilla. Según esa matemática mitológica, la guerrilla era invencible en cuanto luchara contra el ejército en una proporción de 1 a 50. Más importante era la tesis de que ni el proletariado ni el partido comunista eran en realidad "la vanguardia de la revolución". Según Castro, la guerrilla era la vanguardia y de ella iban a surgir los nuevos líderes. Bajo esos redobles cientos de jóvenes formaron guerrillas y se alzaron en los Andes. El resultado fue un desastre. Los guerrilleros castristas fueron derrotados y, en 1967, el propio Regis Debray cayó preso en Bolivia y allí fue muerto el "legendario" Che Guevara.
Fracasado como teórico, obligado a retirar sus tropas de Africa, Fidel tuvo que refugiarse en la ayuda soviética hasta que, abruptamente, el carro soviético se descarriló definitivamente, abriendo en Cuba un período de especial crisis económica. Actualmente, cercado en la isla, Fidel se aferra a todo lo que pueda brindar un destello de su antigua imagen, sea un niño o una reunión internacional. Pero, como quiera que se le describa, con maligna genialidad, viejo, inmóvil, sin soluciones que ofrecer, cerrando cada vez más su puño sobre los disidentes, rechazando todos los consejos de cambio, desafiando los diagnósticos, Fidel sigue ahí. Vasta va a ser la tarea de explicar razonablemente este proceso.
Historiador y periodista cubano.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América