La peste
Más devastadora que han visto los siglos es la corrupción humana; está latente en todas las personas, tiene el apetito de la anaconda y el sigilo del leopardo.
La tuberculosis, la fiebre amarilla, la sífilis y otros males modernos como el sida y el cáncer son descomposiciones orgánicas controlables o en proceso de ser curadas. Pero la corrupción humana, como un desequilibrio de la razón, es un tipo de enfermedad de origen aún desconocido, que presenta las características de un monstruo especializado en el robo legalizado.
En las sociedades llamadas civilizadas el concepto de culpa ha sido extinguido para dar paso al cinismo, y valores morales como el honor y la vergüenza, son menospreciados. El enfermo de corrupción no sólo se destruye a sí mismo como persona, sino que hace a la familia partícipe de los lujos pecaminosos y del estigma que lo acompañará en la vida, y después.
Se sospecha que la causa del mal es una deficiente formación educativa o religiosa, pero Gustavo Le Bon, en una investigación que no tiene que ver con la corrupción, advierte que "ni la religión ni la educación hacen al hombre más moral ni más feliz, ni cambian sus instintos y pasiones hereditarias".
Todos tenemos desviaciones del recto proceder, pero son sólo aspectos de una subcultura que todoscompartimos. En un estudio sobre las purgas de Stalin el escritor Arthur Koestler, en su obra “Darkness at Noon”, que en traducción libre quiere decir “La Oscuridad del Mediodía”, expresa que los problemas de la conducta, según otros estudios, están relacionados con un defecto de formación del cerebro, según el cual, las células del razonamiento no controlan las células del instinto, y dice también Koestler que los conflictos humanos no se resolverán en las cumbres de naciones, sino en los laboratorios, mediante la creación de enzimas que corrijan el desperfecto del cerebro.
Las ideas de Koestler hacen pensar que la corrupción humana podría estar relacionada con la imperfección del enigmático aparato cerebral.
La crisis global del mundo la producen los líderes frágiles, proclives a la rapacidad. Bien dice la sabiduría popular que el pescado empieza a podrirse por la cabeza.
Tenemos por delante un nuevo gobierno que trae un programa de reformas sociales audaces, radicales, de una transformación progresista o que parece más cerca de la utopía que de la factualidad.
El presidente Martinelli ha reiterado que tiene la gente, la determinación y el coraje para cortar las cabezas de la hidra y del hampa. Demasiado engañada por militares y civiles, Panamá necesita algo en qué creer. Esta es la mejor opción que se le ha presentado en toda su historia.