default

La piedra de los fariseos


HAY ALGUNOS pseudo profesionales o más bien pseudo intelectuales -sin distinción de títulos o profesiones- que se sienten destinados, no por Dios ni por una mandato moral superior, sino por el ego que los alimenta y que rebasa la mediocre estatura intelectual que los caracteriza, a despotricar de todo aquél que en su espíritu prohije el amor a la sabiduría, sentimientos de patriotismo sinceros, verdadero altruismo a las cosas de la Patria, amor por el pueblo que los ha visto crecer y madurar.
Se valen, estos seres mediocres, que nunca han superado una visión de Dios, del cosmos y de sí mismos, más allá de la punta de sus narices y de su propia egolatría, de cuanto epíteto denigrante puedan encontrar en el real diccionario de la mojigatería que los connota y los atosiga al mismo tiempo, para intentar o tratar de minimizar honras, dignidades, vidas ejemplares, principios de vida, en fin. Se valen de la pluma que escribe odio, de la tinta que está hecha con la sabia de almas genuflexas, para orquestar campañas en contra de quienes, a sabiendas de ellos mismos, los superan con creces en sencillez, humildad, consagración de servicio y de superación.
Quieren hablar de las "mieles del poder" cuando la corta vida que han llevado y la improvisada prosperidad de la que hacen gala, ha sido, precisamente, la cosecha de frutos que sólo saben recoger las almas abyectas y ruines cuando han mendigado en la vida palaciega del poder político nombramientos para adentro y para afuera. Son esos, precisamente, los seres que se ausentan de la Patria cuando ésta reclama de sus verdaderos hijos devoción plena y dedicación sin límites ni condiciones ante los avatares de la vida nacional y de los problemas que atosigan a todo un pueblo.
Ellos, quienes, entre tanto nuestro pueblo muerde su propia miseria y sus grandes desgracias, son los convidados para departir el vino fino, el caviar, las uvas y las carnes más apetitosas y preparadas con los dineros que le han robado al pueblo panameño. Ellos, quienes ahora se creen los maestros de la pluma -en realidad tinterillos- y se reputan con toda vanagloria los modernos arlequines de la defensa del pueblo panameño, son los que durante el período del gobierno al cual sirvieron de modo anonadado se divorciaron de los problemas nacionales para dedicarse dizque "a la vida pública" o más bien a la "pública y desvergonzada vida". Siempre a costillas de nuestra nación y del erario público.
Son esos, los genuflexos, los que piden ser nombrados cónsules, embajadores o parte del personal diplomático, supuestamente para representar los intereses del Estado panameño en otras tierras, y se dedican a hacer maestrías y doctorados a costas de los dineros de nuestro pueblo. Dícense o se hacen llamar doctores o licenciados, maestros o profesores, consultores permanentes de no sé qué cosa o de qué intereses, para exhibir en los estandartes de la hipocresía discursos agoreros cuyos contenidos se les revierte para desparramarse en sus propios rostros y rotular así la denuncia de lo pusilánime y vulgares que han sido. Ni siquiera son agradecidos con Dios ni con la vida ni con nadie. Deshonran a sus propios maestros, a sus amigos, a quienes en el barrio les llamaban "Luisito", "Pedrito", "Carlitos", "Anita" y cuando egresan de las universidades a esos mismos seres humildes que los vieron crecer y formarse cuando así los llaman con soberbia y despotismo responden "Dígame Doctor", "Llámeme Licenciado" o "Diríjase a mí por mi nombre y no por diminutivos". Pobres, miserables, imberbes, inmaduros, nunca han crecido ni nunca han madurado. Son peores que el burro de la fábula "El burro Arquitecto"; los lentes de intelectuales les quedan grandes y parecen hormiguitas con espejuelos oscuros: son más grandes los lentes que ellos mismos. Improvisados. Creen que con haber leídos unos cuantos textos de esto o de aquello ya se hacen expertos o peritos de cualquier materia. Como si creyeran que el conocimiento de la vida se adquiere a los 20 ó a los 30 ó a los 40, en fin. Nunca se acaba de aprender. Esta es una regla de la vida que ellos no han asimilado.
Nunca han querido respetar a sus contrarios y han soslayado otra regla de no menos importancia en la vida: aunque no esté de acuerdo con tu opinión daría hasta mi vida con tal de que se respetara. Usted los ve pasearse por nuestras principales avenidas con soberbia, mutilados y mitigados por la vanidad, casi no quieren pisar las calles ni las avenidas que dan testimonio de sus cuitas de infancia o de la mocedad. Hasta reniegan de quienes fueron sus propios compañeros de aulas en la primaria o en otros niveles de la educación. Son pobres, miserables, no hay otro calificativo con el que puedan ser determinados o especificados. La ralea a la que pertenecen se llama pobreza de espíritu y por ello viven siempre poniendo el dedo en la llaga de los demás y no advierten las supuras que emanan del cáncer que los diezma a segundos. Basta mirarlos, fijamente, a los ojos para leer miseria y ausencia de fe. Dios bendiga a estos seres que, mostrándose impolutos ante la Patria, son huérfanos del cariño que los pueblos sólo saben dispensar a aquellos en quienes reconoce valentía y denuedo, transparencia y sinceridad. A la Patria agradecida, siempre seremos Silvio y Ramiro. No nos cambia el oropel del Abogado, ni nos tienta la opulencia del rico, nos redime nuestra fe: "Memento homo, quia pulvis es et pulverem reverteris". Hago mías las reflexiones de Arthur Schopenhauer cuando en "El Amor y otras pasiones La Libertad" advierte a página 19: "Las almas nobles, sentimentales, tiernamente prendadas, protestaran aquí lo que quieran contra el áspero realismo de mi doctrina".

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América