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La piedra de molino al cuello


El abuso sexual de menores constituye una práctica abominable y perversa, que atenta contra la integridad de quienes por su corta edad se encuentran en total indefensión, y porque las secuelas de este crimen quedan para siempre, como una cicatriz que aunque ya no duela recuerda un sufrimiento inmerecido y cruel.

Este es el crimen del silencio, de la oscuridad y de la cobardía. Los y las que lo cometen son casi siempre personas cercanas a sus víctimas y por esa proximidad, los abusados callan, a veces por años, mientras sufren sin atreverse a contar lo que les sucede. En la mayoría de los casos el secreto se guarda mediante la manipulación de los afectos, el temor reverencial y el desconocimiento por parte del niño de que la práctica a la que se le somete, lejos de ser un hecho normal, constituye un acto antinatural y aberrante.

Porque estos seres perversos no se distinguen externamente del resto de los mortales es muchas veces difícil creer que pueden haber vivido y compartido tranquila y normalmente a nuestro alrededor sin levantar sospechas. Que el abuelito querendón, la maestra cariñosa, el cura piadoso, el padre responsable, el vecino amistoso o el tío simpático hayan sido capaces de aprovecharse de la confianza y la inocencia de un niño nos parece algo tan siniestro y sucio que no queremos o no podemos aceptarlo con facilidad. Se acude, entonces, a la negación – no puede ser-, o a la descalificación de quien denuncia -está loca, miente- o al encubrimiento, creyendo que es mejor tapar lo ocurrido en un vano intento de que el tiempo y el olvido se encarguen de un crimen que debe ser expuesto y sancionado por las autoridades competentes.

El abuso sexual de centenares de niños y niñas en Panamá es un hecho documentado y los Juzgados de Niñez y Adolescencia atienden más de quinientos casos de abuso sexual todos los años, número que no cubre ni la mitad de las denuncias presentadas en las fiscalías, ni los casos que quedan en las sombras del encubrimiento familiar y social.

Cuando desafiando todos los obstáculos y con valentía encomiable una familia decide poner una denuncia debe prepararse para una experiencia terrible, pues la ineficiencia de nuestro sistema de protección permite que los niños y sus familias sean revictimizadas durante procesos judiciales que pueden durar años, en los que rara vez se hace justicia y que cuando se hace, la misma puede diluirse en perdones desacertados o indultos injustificables aplicados a quienes no merecen vivir en sociedad y a quienes el Evangelio recomienda colgarse una piedra de molino al cuello y lanzarse al mar.

101 años de Panamá América

 
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