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La pirámide de la corrupción


Por más que se remedien y por más que los culpables reciban castigos ejemplares, la situación de corrupción que se descubrió en el Registro Público, hace imperativo que la ciudadanía consciente piense en la necesidad de comenzar a hacerle frente al grado de descomposición moral a que han llegado porciones considerables de nuestra sociedad y particularmente en los llamados cuadros políticos.
Al final del gobierno pasado, particularmente después del triunfo de la presidenta Mireya Moscoso y en los primeros meses de su mandato, vivimos una verdadera lluvia de denuncias de toda clase: peculados, robos, negociados y demás delitos contra los fondos públicos y los bienes estatales, que abarcaban a los personajes del gobierno saliente desde los más encumbrados hasta los de menor importancia.
Uno de los escándalos de despedida fue la venta de terrenos en Albrook por 34 balboas el metro cuadrado, cuando su valor fue calculado por corredores, en monto muy superior. Igualmente, las licitaciones se convirtieron en un baldón vergonzante en la administración pública panameña, a los ojos de la comunidad internacional.
No obstante, nadie ha sido castigado. El tiempo pasa y la impunidad se consolida.
Es indudable que en el clima de nuestros tiempos prevalece una tendencia a la codicia que ha dado lugar a sonados casos de corrupción y sobornos hasta en los países más avanzados y prósperos, y en cierto modo ese hecho tiene que influir sobre Panamá, pero ni eso explica los extremos a que hemos llegado.
Cabe recordar un pensamiento de Juan Jacobo Rousseau que puede darnos luces sobre la gravedad de los peligros que la sociedad confronta. Decía Rousseau que cuando en una sociedad "hay un hombre que está por encima de la ley, nadie está seguro". Aquí no se trata de un hombre sino de toda una generación de políticos y de su reflejo sobre la moral en la empresa privada. La labor de cauterio no se puede postergar más.


101 años de Panamá América

 
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