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La política y la economía


El fin de año promete ser interesante en lo que a política cotidiana se refiere. A un magro crecimiento económico en una economía como la panameña que resiente problemas estructurales y falta de definiciones claras, agravada por los síntomas claros de recesión mundial (Estados Unidos decreció durante el tercer trimestre del año), se le debe sumar el deterioro social de la mayoría de los panameños. La situación parece agravarse, de manera progresiva, sin que se vislumbre una pronta recuperación nacional. Los cálculos más optimistas, de economistas nada sospechosos de ser radicales, plantean que la recuperación económica de los Estados Unidos se espera para mediados del segundo semestre del 2002. Si se espera que esa recuperación arrastre a las economías periféricas de la América latina, incluida la panameña, entonces el año 2002 se presenta como un año de dificultades crecientes.
Como puede observarse con facilidad, los crecientes problemas parecen acumularse de manera peligrosa para la estabilidad de la frágil e incompleta democracia que vivimos los panameños.
Por si fuera poco, el antagonismo institucional agrega otro conflicto más a los problemas antes descritos. Normalmente las instituciones fundamentales del Estado responden a la finalidad general de la sociedad e intervienen como mediadores de los conflictos más agudos de la sociedad. Sin embargo, cuando pierden su función de mediación, el conjunto de la sociedad entra en una dinámica peligrosa. Al final, la estabilidad en general puede destruirse con las consecuencias imaginables. Algunos políticos nacionales advierten un parecido con lo vivido en 1968, cuando aquella democracia oligárquica colapsó. No estoy tan seguro que la situación sea similar, aunque no dejo de ver la peligrosidad de lo que vivimos hoy, porque en 1968 la economía crecía a una tasa alta durante la década y lo que la oligarquía se disputaba era la repartición de ese crecimiento. Porque las elecciones generales de ese año encresparon la disputa por el poder y porque había una institución que podía ordenar y estabilizar una situación peligrosa. Con el beneplácito de los Estados Unidos. La Guardia Nacional dio un Golpe y todavía no se ha descubierto cuántos políticos de la oligarquía tocaron las puertas de los cuarteles para pedirlo.
No obstante, la situación actual reviste absoluta peligrosidad. Porque la inestabilidad institucional añade un componente crítico a la recesión económica y al creciente malestar social.
No creo que es el momento de buscar responsabilidades y señalar culpabilidad, sino de empinarse sobre sus pequeños intereses y mirar el país con altura de políticos y políticas con mayúsculas. Por una parte, el Organo Ejecutivo y en especial, la señora Presidenta de la República debe asumir, junto a sus aliados, la conducción económica del país, que no es un problema técnico sino político. Lo que queremos decir con absoluta claridad: se requiere una política económica claramente definida, con medidas heroicas, que tome en cuenta, de verdad, el interés de las mayorías. El rumbo de la política económica, hasta ahora, ha sido de tal sinuosidad y de poca perspectiva, que nadie puede prever qué pasará el próximo trimestre. A su vez, debe combatir el nepotismo que tanto daño le hace a la imagen presidencial en la clase media profesional y en los sectores populares. Y por supuesto, debe evitar que hechos puntuales, como la designación de algunos cargos que competen al Ejecutivo, se transformen en causas de conflictos políticos e institucionales. Finalmente, la señora Presidenta debe contar con voceros políticos capaces y evitar que cualquier persona hable a nombre del gobierno. El equipo político presidencial debe conformarse con los más aptos y más amplios políticos, que los hay.
A su vez, la Asamblea legislativa debe, también, empinarse sobre las pequeñeces que la animan y consolidar un cuerpo legislativo sólido, capaz de ejercer una crítica equilibrada y crear las condiciones para una reforma y mejora institucional del país. En ese sentido, los legisladores son responsables de crear las leyes que permitan consolidar una verdadera democracia, de manera que deben dejar el llanto por las "partidas circuitales", verdadero fondo para hacer política a costa del presupuesto del Estado, y responder al reto de la nación. Con el perdón de algunos legisladores, al Organo Legislativo le falta "visión nacional", carece de perspectiva nacional. Ello es producto de la manera pueblerina como se eligen, en circunscripciones volcadas a los problemas locales y no del conjunto de la nación. Debiera encararse una reforma electoral con seriedad y con perspectivas.
Los discursos sobre posibles golpes de Estado institucionales o de terminación de la democracia frágil que vivimos, demuestran que los hábitos políticos acumulados en una larga historia de iniquidades y de falsificación de la democracia panameña (en otras ocasiones la he llamado "democracia nostra") siguen siendo un pesado lastre que impide la regeneración nacional. En ocasiones, revisando las actitudes nuestra como nación, nos percatamos que aún en circunstancias difíciles, tenemos la suficiente energía para levantarnos y andar. Esta vez, estamos seguros, podremos hacerlo.

101 años de Panamá América

 
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