La política y los panameños raizales
A través de Internet nos es fácil hoy día informarnos de todo cuanto acontece en el mundo. Así, al leer por ese medio, las informaciones de mi lejano Panamá, me doy cuenta de que las actividades políticas no han cesado en mi país, a pesar de que la campaña electoral y elecciones del pasado mes de mayo finalizaron con los resultados oficiales, ya conocidos por todos. Observo que las movilizaciones de los dirigentes políticos continúan efectuándose a las diferentes provincias del país, en un aparente interés por conocer-según dicen-las realidades más íntimas de las regiones interioranas. Ojalá, esta vez, ese esfuerzo se mantenga durante los próximos cinco años (1999-2004), y que resulte fructuoso en soluciones a los graves problemas sociales, culturales y económicos, sobre todo de nuestra campiña interiorana.
Todo ello me hace pensar en aquellas ciudades y pueblos ( que he recorrido y conozco), así como lugares remotos, pequeños caseríos de agricultores empíricos, poblados rurales sumergidos en medio de una naturaleza poderosa y espectacular; escuelitas de campo donde emprendedores maestros hacen patria de manera emocionante, y también pienso en ciudades urbanas ( la ciudad de Colón, por ejemplo), hundida en el abandono y la promiscuidad, donde malolientes desagües corren por medio de casas y estrechas callejuelas. Pienso, en fin, no en las comodidades que brinda la ciudad capital, con enormes supermercados, modernos edificios, centros de diversiones y lujosos automóviles, sino en el interior profundo de Panamá; aquel en que miles de compatriotas luchan con la naturaleza para extraerle sus riquezas básicas, apenas sobreviviendo o viviendo en condiciones duras y de mínimas comodidades y accesibilidad; aquel donde el auténtico labrador apenas logra cosechar lo mínimo para su subsistencia; aquel donde pequeños agricultores y ganaderos luchan casi sin esperanzas con las adversas condiciones de competitividad que les han generado los procesos de integración.
Recordando y meditando pude recoger nuevamente el sentimiento de insatisfacción que animan a muchos compatriotas tanto de la capital como de las demás regiones del país, pese a los esfuerzos del gobierno y a los avances reales que se han hecho. Porque sienten que nadie asume de verdad su situación de aislamiento y menoscabo. Porque sienten que la crisis que está sufriendo la pequeña ganadería y agricultura, la pesca artesanal y otras actividades propiamente del campo, nadie las está tomando realmente en serio. Porque pese que se les anuncian soluciones, éstas no parecen llegar nunca o demoran tanto en llegar que pareciera que simplemente no llegan, superadas ya por otras angustias mayores. Porque muchos de los políticos que los visitan anotan sus inquietudes y nunca más se vuelve a saber de ellos ni de sus anotaciones. Porque todo el esfuerzo por resolver problemas lo ven concentrado en las ciudades principales o en la capital, donde ven en la televisión que se inaugura un moderno centro comercial, una autopista o carretera de cientos de millones de dólares, mientras a ellos las autoridades les dicen que no hay recursos para construir un par de puentes menores, debiendo sus hijos de seis, siete u ocho años atravesar en la oscuridad de la madrugada o del atardecer peligrosas quebradas o torrentosos esteros para poder ir y volver de la escuela, después de horas de caminata. Porque una repentina enfermedad los obliga a hacer grandes y largas travesías para ser atendidos, si es que encuentran en qué movilizarse o en qué navegar, para que luego los deriven más lejos aún, incluso a la ciudad capital, porque no hay en todo su contorno un hospital con las especialidades necesarias.
Es obligante, necesario e indispensable que los políticos panameños, sobre todo los legisladores y aspirantes a legislador tomen conciencia de estas realidades cargadas de insatisfacciones y de una naciente desesperación que es urgente escuchar y atender, para que los habitantes de todas las regiones apartadas del país, es decir, los cientos de miles de familias de las poblaciones marginales, o los numerosos miembros de las distintas y variadas comunidades indígenas, sientan que se les está tomando en cuenta con la urgencia y dramatismo que tienen sus problemas.
En nuestra indesmentible autocomplacencia por los elevados ritmos del desarrollo y con la cultura centralista que nos caracteriza, tozudamente tendemos a no ver y a escuchar a esos miles y miles de compatriotas. Y nos sorprendemos cuando organismos internacionales informan y muestran a través de la televisión, una y otra vez, las impactantes desigualdades en la distribución del ingreso o las tremendas diferencias en los índices de desarrollo humano entre las distintas regiones. Pero, en realidad, no logramos ponerle carne y hueso a esos reportajes en vivo que vemos por televisión, a esas estadísticas, poner un ser humano detrás de cada una de esas cifras y combatir con coraje y decisión las raíces, las causas de las mismas. Con el mismo coraje y decisión, y más aún, con que se libró la larga lucha generacional por la causa de la soberanía, y que culminó con la firma de los Tratados del Canal de 1977, por medio del cual revierte a la República de Panamá su Canal y todas las áreas adyacentes, el 31 de diciembre de 1999.
Todo ello me hace pensar en aquellas ciudades y pueblos ( que he recorrido y conozco), así como lugares remotos, pequeños caseríos de agricultores empíricos, poblados rurales sumergidos en medio de una naturaleza poderosa y espectacular; escuelitas de campo donde emprendedores maestros hacen patria de manera emocionante, y también pienso en ciudades urbanas ( la ciudad de Colón, por ejemplo), hundida en el abandono y la promiscuidad, donde malolientes desagües corren por medio de casas y estrechas callejuelas. Pienso, en fin, no en las comodidades que brinda la ciudad capital, con enormes supermercados, modernos edificios, centros de diversiones y lujosos automóviles, sino en el interior profundo de Panamá; aquel en que miles de compatriotas luchan con la naturaleza para extraerle sus riquezas básicas, apenas sobreviviendo o viviendo en condiciones duras y de mínimas comodidades y accesibilidad; aquel donde el auténtico labrador apenas logra cosechar lo mínimo para su subsistencia; aquel donde pequeños agricultores y ganaderos luchan casi sin esperanzas con las adversas condiciones de competitividad que les han generado los procesos de integración.
Recordando y meditando pude recoger nuevamente el sentimiento de insatisfacción que animan a muchos compatriotas tanto de la capital como de las demás regiones del país, pese a los esfuerzos del gobierno y a los avances reales que se han hecho. Porque sienten que nadie asume de verdad su situación de aislamiento y menoscabo. Porque sienten que la crisis que está sufriendo la pequeña ganadería y agricultura, la pesca artesanal y otras actividades propiamente del campo, nadie las está tomando realmente en serio. Porque pese que se les anuncian soluciones, éstas no parecen llegar nunca o demoran tanto en llegar que pareciera que simplemente no llegan, superadas ya por otras angustias mayores. Porque muchos de los políticos que los visitan anotan sus inquietudes y nunca más se vuelve a saber de ellos ni de sus anotaciones. Porque todo el esfuerzo por resolver problemas lo ven concentrado en las ciudades principales o en la capital, donde ven en la televisión que se inaugura un moderno centro comercial, una autopista o carretera de cientos de millones de dólares, mientras a ellos las autoridades les dicen que no hay recursos para construir un par de puentes menores, debiendo sus hijos de seis, siete u ocho años atravesar en la oscuridad de la madrugada o del atardecer peligrosas quebradas o torrentosos esteros para poder ir y volver de la escuela, después de horas de caminata. Porque una repentina enfermedad los obliga a hacer grandes y largas travesías para ser atendidos, si es que encuentran en qué movilizarse o en qué navegar, para que luego los deriven más lejos aún, incluso a la ciudad capital, porque no hay en todo su contorno un hospital con las especialidades necesarias.
Es obligante, necesario e indispensable que los políticos panameños, sobre todo los legisladores y aspirantes a legislador tomen conciencia de estas realidades cargadas de insatisfacciones y de una naciente desesperación que es urgente escuchar y atender, para que los habitantes de todas las regiones apartadas del país, es decir, los cientos de miles de familias de las poblaciones marginales, o los numerosos miembros de las distintas y variadas comunidades indígenas, sientan que se les está tomando en cuenta con la urgencia y dramatismo que tienen sus problemas.
En nuestra indesmentible autocomplacencia por los elevados ritmos del desarrollo y con la cultura centralista que nos caracteriza, tozudamente tendemos a no ver y a escuchar a esos miles y miles de compatriotas. Y nos sorprendemos cuando organismos internacionales informan y muestran a través de la televisión, una y otra vez, las impactantes desigualdades en la distribución del ingreso o las tremendas diferencias en los índices de desarrollo humano entre las distintas regiones. Pero, en realidad, no logramos ponerle carne y hueso a esos reportajes en vivo que vemos por televisión, a esas estadísticas, poner un ser humano detrás de cada una de esas cifras y combatir con coraje y decisión las raíces, las causas de las mismas. Con el mismo coraje y decisión, y más aún, con que se libró la larga lucha generacional por la causa de la soberanía, y que culminó con la firma de los Tratados del Canal de 1977, por medio del cual revierte a la República de Panamá su Canal y todas las áreas adyacentes, el 31 de diciembre de 1999.