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La política y los políticos


En pleno hervidero político electoral, cuya fecha de arranque se nos vino encima; pero no por causas de trascendencia sino, y sobre todo, por el entronque entre quienes no desean salir del gobierno y aquellos que se empecinan por entrar en él, aflora un curioso panorama multicolor de candidatos y campañas dignas para caracterizar al mejor mercado público de cualesquiera país surrealista como el nuestro.Ya contamos, en un bando, los que aspiran a repetir en sus cargos luciendo los mismos rostros de piedra de hace cuatro años como si no contabilizaran el cúmulo de defectos, tareas inconclusas y promesas no cumplidas que se amontonan en sus haberes. Muy parejos a éstos surgen, como la hierba, los viejos políticos autoconvencidos de que no hay nadie mejor que ellos, desempolvando trajes, discursos y modales, pero enredados en la telaraña del tiempo que no les permite concebir, como debe ser, la realidad del momento.
Unos y otros andan como forasteros desesperados en fiesta ajena buscando que alguien, cualquiera, les haga caso o les pare bola. Proliferan, eso sí, los nuevos políticos que aspiran al disfrute que le envidian a muerte a los actuales. Los hay que para el gusto de todos. Desde aquellos con dotes indisimulables y discutible derecho para representar a otros, hasta los que muestran credenciales aceptables. Surgen por doquier y se propagan como el bochinche. Este grupo tiene la particularidad de recordarnos dos cosas. La primera, y más lamentable, es que hasta hace poco tiempo otros igualitos a ellos se nos presentaron como el verdadero “Mesías”, de verbo encendedor y virtudes acrisoladas para terminar, a la vuelta de la esquina, infectados con el virus de la politiquería de siempre: mentirosos, inaccesibles (salvo para tiempos de campaña) e inflados con la resonancia de frases sobre la patria celestial, de las masas irredentas, sobre los perennes intereses nacionales y otras de la misma clase pertenecientes todas a la mejor estirpe liberal del medioevo. Lo segundo tiene que ver con un raro rasgo de herencia inexplicable, porque los nuevos políticos apenas atinan a utilizar el mismo lenguaje baboso y longevo de sus antecesores. Transitan las mismas malas mañas y repiten las consignas que la memoria colectiva hizo añicos por insinceras y huecas. En este inventario, sin duda, no faltan los políticos de dignidad y orgullo. Representan el más bajo porcentaje de todo el conjunto, pero totalizan la cifra más alta de consuelo y esperanza.
En cuanto a las alternativas políticas, las opciones son las mismas de ayer. Pueden (y lo hacen) actualizar sus proclamas, se esmeran en remozar sus tácticas, diversifican el discurso pero, tras ese esfuerzo, suelen terminar demostrando que en el fondo no han cambiado poco o nada, como es fácil comprobarlo en el pasado inmediato. En este tema vale, como lo indica la experiencia, atenernos a lo que hacen, porque sería algo más que ingenuo apegarnos a lo que dicen.
No hay, en el momento ni para la elección de 2004, posibilidad de hacer viable una alternativa electoral distinta y/o ajena a las conocidas actualmente. Contamos, pues, con lo que tenemos para bien como para mal. Así son nuestros políticos y éstos son nuestras toldas partidarias. Y con todo lo que unos y otros son y han sido, les hemos permitido, por un centenario, turnarse en el uso, goce y abuso de la cosa pública.
Nada indica tampoco, que los buenos políticos y excelentes gobernantes son los que están fuera de los partidos políticos ni que todo es podrido en dichas organizaciones. Tanto para los militantes como para los pasivos, vale para los inscritos o no, la responsabilidad que nos atañe a todos sin excepción tiene tres caminos para canalizarse: 1) Elegir bien; 2) trabajar dentro de los partidos para mejorarlos o, 3) empezar a construir una alternativa política electoral que, a nuestro juicio, sea la solución para un Panamá que parece estar cansándose a punta de tantos experimentos.
Falta poco para que llegue mayo, mes en el cual debemos escoger a los mejores en las urnas y no a los que han desangrado progresivamente a la nación. Esa es nuestra única oportunidad para hacer justicia y decir, como lo hacía el Sr. Juez, en forma proverbial: “Tome nota secretario, que voy a dictar sentencia”.

101 años de Panamá América

 
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