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La Presidenta y la diplomacia


La opinión pública merece que el gobierno explique con claridad y fundamento por qué motivos la Presidenta de la República no viajó a la Cumbre del Milenio de la ONU y prefirió ir a una visita de carácter privado a la Santa Sede. En Naciones Unidas pudo conocer personalmente a los estadistas del planeta y en materia de política internacional, este tipo de relación es importante, máxime cuando Panamá es víctima de graves desinformaciones, como su inclusión en la lista de países no cooperadores en el lavado de dinero. Sin embargo, se perdió esta valiosa ocasión, cuando era posible concurrir, primero, a la Cumbre del Milenio en Nueva York y, después, volar a Italia a atender una agenda que muchos panameños desconocen.
Anteriormente, la Presidenta no concurrió a la reunión del Grupo de Río en Cartagena, donde pudo estrechar relaciones personales y diplomáticas con los jefes de Estado de América Latina. Cartagena está a dos horas de Panamá y se puede viajar y regresar el mismo día, sin perjuicio de atender otros compromisos. El hecho es que una de las contadas mujeres que funge de jefe de Estado en el mundo es poco menos que una desconocida por sus colegas. ¿Quién le asesora en estas decisiones? .¿ Nadie se arriesga a señalarle que hay que preferir los viajes de auténtica envergadura que beneficien al país?
Este es un misterio, que se suma a los continuos misterios sobre los miembros de las comitivas que la acompañan y la justificación de su presencia en el plano internacional, así como de la relación pormenorizada del programa de encuentros con autoridades extranjeras. Las especulaciones sobre los viajes internacionales, al contrario de lo que se cree, las incuban la ausencia de comunicación oficial. La opinión pública tiene el derecho de conocer por qué se viaja al exterior y cuánto es lo que gasta el Estado en pasajes y hoteles, cualquiera que sea el número de las comitivas.
En lugar de acercarnos más al mundo, nos estamos aislando por un orden de prioridades internacionales mal concebido y peor planificado. Si a lo que ocurre al nivel del Ejecutivo, agregamos que se cuenta con un equipo diplomático inexperto en asuntos internacionales, nombrado por razones políticas y no diplomáticas en la mayoría de los casos, llegamos a conclusiones preocupantes. La República de Panamá tiene parámetros diplomáticos de insoslayable cumplimiento. La administración del Canal, por ejemplo, y sus proyecciones futuras nos indica que debemos ganarnos la buena voluntad de los países usuarios, estrechando relaciones personales y diplomáticas al máximo. Algo semejante plantea la estabilidad del Centro Bancario, acosado por desinformaciones calculadas en nuestro detrimento. Asimismo, nos estamos consolidando como un centro importante de servicios portuarios, turísticos, aeronáuticos, carga y conocimiento tecnológico. Ante éstas razones de peso, no pareciera que existe lugar para la ausencia de transparencia informativa, fuente de polémicas que el mismo gobierno fomenta. A veces se tiene la impresión de que el gobierno no necesita oposición externa, por su tendencia a enredarse con sus propios actos. Confiamos que el próximo viaje sea objeto de un análisis previo de sus alcances y consecuencias locales e internacionales.


101 años de Panamá América

 
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