La proeza de Margarita
Esta jovencita de La Villa de Los Santos, con sus tiernos 17 años, ha dado a nuestro pueblo una satisfacción, como pocas. Y no porque no haya habido otros artistas panameños de renombre, sino porque Margarita Henríquez logró hacer de la suya una proeza compartida por todos. En cada presentación dejó una estela de calidad, carisma y entrega, que no sólo electrizó al trío de jurados, que varias veces se puso en pie, con ojos aguados y piel de gallina, rindiendo homenaje a la nueva estrella, olvidando por momentos su papel imparcial, sino también al público de las gradas y a millones de televidentes.
En gran medida, fue una sorpresa. Panamá es un país pequeño, que siempre se ha proyectado como tierra de deportistas; pero muy poco, comparativamente hablando, por sus artistas de la música. Y lo curioso es que Margarita, en su tierra, muy poco incursionó en el campo de la balada y pop, perfilándose más bien dentro del típico. En eso demostró una gran versatilidad, que le augura un futuro promisorio, dependiendo de lo que quiera, porque con su juventud y fuerza, puede emprender la meta que desee.
Pero hemos de estar claros en que, en ese tipo de competencia, no prevalece necesariamente la calidad, sino el dinero. Gana quien reciba más llamadas, con el agravante que, el natural nacionalismo, impulsa a respaldar a los suyos, con razón o sin ella. Y en ese sentido, sin propósito de crítica, se trata de un negocio, del lucro por los anuncios, el tiempo de llamadas y la sintonía. Y, al final, queda la duda, de si ganan los mejores. Por nuestra parte, sintámonos satisfechos. Margarita no sólo fue la mejor, sino que personalizó con su derroche de talento, valores personales, familiares y raizales que parecían extinguidos en nuestra sociedad. Esa fue su mayor proeza.