La próxima lucha generacional
Suman 3,200 hectáreas las áreas contaminadas con explosivos sin detonar en los polígonos de tiro que revertirán a Panamá el próximo 31 de diciembre de manos de los Estados Unidos. Se trata de un problema complejo y simple a la vez, dependiendo del ángulo por el que se le examine.
Compleja, costosa y tediosa es por ejemplo, la labor de limpieza que adelantan actualmente cuadrillas de especialistas del ejército norteamericano. Y mucho peor sería si tales trabajos se hacen a profundidad de varios metros, donde se hayan enterradas algunas municiones, aguardando pacientemente a que algún cristiano descuidado las haga explotar un día.
La cuestión se complica porque gran parte de las áreas contaminadas está constituida por espesa selva, dificultando la labor de saneamiento, salvo que se devastara el medio ambiente, lo que no es aconsejable porque es parte de la reserva forestal del Canal.
Asimismo es complejo el problema porque la tecnología actual, además de costosa, tiene muchas limitaciones para operar en áreas quebradas y boscosas sin alterarlas sustancialmente. Es menester esperar algunos años, y quizás décadas para que se descubran formas más eficientes de hacerlo.
Es angustioso, más que complejo, también el plazo. Los norteamericanos esperan que les firmemos una especie de recibo conforme de dichas áreas el día de la reversión. Y ellos nos ponen presión con el argumento de que mal pueden sanear profundamente áreas cuyo uso no hemos definido, habida consideración que hay bosques que se desean preservar tal cual están.
El tratado canalero tampoco contribuye a aclarar el panorama, pues si bien compromete a Estados Unidos a realizar el saneamiento, lo limita a lo que fuera "viable", propiciando una serie de interpretaciones que normalmente favorecen al más fuerte. Además, ellos se inclinan a sostener que su compromiso termina el 31 de diciembre; y allí empieza, paradójicamente, el lado simple del problema, cuando la fuerza se torna en imposición y la interpretación en abuso.
El tratado canalero de 1903 nos da el mejor antecedente. Pocas veces conoció la historia un convenio más leonino y unilateral en perjuicio del más débil. Frente a sus duras cláusulas y la irreductible actitud de no ceder del más fuerte, no hicimos más que pedir, pedir y pedir; denunciar, denunciar y denunciar, salvo algunos extremos, en que nos fuimos a las manos y, aún en ese terreno, aplastados, ganamos.
Ahora es igual. La cláusula es vaga y su interpretación unilateral tan injusta, que se cae por su propio peso. Obviamente no cederán fácilmente; pero el tiempo no los favorece. Ellos usufructuaron y contaminaron nuestro territorio; y ahora nos los devuelven repleto de explosivos que no podemos limpiar, porque somos un país pequeño y pobre. Seguramente, no habrá tribunal ni foro en el mundo que, con un mínimo de justicia, no termine dándonos la razón.
Y no será necesario llegar a extremos. Si las generaciones futuras de panameños se empeñan con igual ahínco que las del milenio que termina hicieron respecto al Canal, con seguridad podrán lograr que Estados Unidos termine con las labores de limpieza que dejará inconclusas.
Compleja, costosa y tediosa es por ejemplo, la labor de limpieza que adelantan actualmente cuadrillas de especialistas del ejército norteamericano. Y mucho peor sería si tales trabajos se hacen a profundidad de varios metros, donde se hayan enterradas algunas municiones, aguardando pacientemente a que algún cristiano descuidado las haga explotar un día.
La cuestión se complica porque gran parte de las áreas contaminadas está constituida por espesa selva, dificultando la labor de saneamiento, salvo que se devastara el medio ambiente, lo que no es aconsejable porque es parte de la reserva forestal del Canal.
Asimismo es complejo el problema porque la tecnología actual, además de costosa, tiene muchas limitaciones para operar en áreas quebradas y boscosas sin alterarlas sustancialmente. Es menester esperar algunos años, y quizás décadas para que se descubran formas más eficientes de hacerlo.
Es angustioso, más que complejo, también el plazo. Los norteamericanos esperan que les firmemos una especie de recibo conforme de dichas áreas el día de la reversión. Y ellos nos ponen presión con el argumento de que mal pueden sanear profundamente áreas cuyo uso no hemos definido, habida consideración que hay bosques que se desean preservar tal cual están.
El tratado canalero tampoco contribuye a aclarar el panorama, pues si bien compromete a Estados Unidos a realizar el saneamiento, lo limita a lo que fuera "viable", propiciando una serie de interpretaciones que normalmente favorecen al más fuerte. Además, ellos se inclinan a sostener que su compromiso termina el 31 de diciembre; y allí empieza, paradójicamente, el lado simple del problema, cuando la fuerza se torna en imposición y la interpretación en abuso.
El tratado canalero de 1903 nos da el mejor antecedente. Pocas veces conoció la historia un convenio más leonino y unilateral en perjuicio del más débil. Frente a sus duras cláusulas y la irreductible actitud de no ceder del más fuerte, no hicimos más que pedir, pedir y pedir; denunciar, denunciar y denunciar, salvo algunos extremos, en que nos fuimos a las manos y, aún en ese terreno, aplastados, ganamos.
Ahora es igual. La cláusula es vaga y su interpretación unilateral tan injusta, que se cae por su propio peso. Obviamente no cederán fácilmente; pero el tiempo no los favorece. Ellos usufructuaron y contaminaron nuestro territorio; y ahora nos los devuelven repleto de explosivos que no podemos limpiar, porque somos un país pequeño y pobre. Seguramente, no habrá tribunal ni foro en el mundo que, con un mínimo de justicia, no termine dándonos la razón.
Y no será necesario llegar a extremos. Si las generaciones futuras de panameños se empeñan con igual ahínco que las del milenio que termina hicieron respecto al Canal, con seguridad podrán lograr que Estados Unidos termine con las labores de limpieza que dejará inconclusas.