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La prueba que absuelve o condena


El mundo transitó de la barbarie humana a la civilidad, montado sobre un concepto ejemplar y que devino en el verdadero fundamento de la racionalidad propia de los juzgamientos. Los estudiosos del Derecho consideran que ella fue más importante que la rueda. La rueda movió al mundo, pero el proceso y la prueba le dieron civilidad para propiciar el entendimiento humano y la paz social.

La prueba excluye la conjetura; es un muro que frena todo bochinche, diatriba o acusaciones carentes de ella; y es ella, del mismo modo, la que permite expedir, por parte de los tribunales de justicia de un país, una decisión jurisdiccional sea de culpa o de absolución.

No se trata del indicio de prueba, de la prueba a medias, de la prueba mediática, de la prueba inconstitucional, sino de una sola cosa: de la plena prueba, como reza la legislación patria, que permita de modo indubitable, libre de las conjeturas o de las suposiciones, concluir que una persona, tras los cargos que se le hacen, efectivamente cometió o no tal o cual delito. Por ello, no fallan los autores al señalar que la prueba es un concepto propio de la cultura, pero con aplicación más concreta en el plano de la judicialidad.

Cuando una persona acusa a otra de que ha cometido un hecho, y que dicho hecho reviste o tiene apariencia de delito, lo lógico y lo normal es que acompañando a dicho hecho incorpore las pruebas. Si no presenta las pruebas, es obvio que se trata de una denuncia o de una querella que fenecerá en el primer escalón de la escalera judicial.

Por ello, frente a las acusaciones, lo primero que pide el acusado son las pruebas de la incriminación. No se requiere ser abogado para considerar que quien acusa tiene la carga procesal de probar. El precepto constitucional que prescribe el estado de inocencia: toda persona se tiene por inocente hasta que en un juicio público, transparente, cumpliendo con el debido proceso, el derecho a la inviolabilidad de la defensa en juicio, con igualdad de las partes, trato digno, etc., se le declare, mediante una sentencia, culpable, es lo que frena el bochinche y la conjetura que mueve la lengua pérfida y mordaz. Hay autores que sostienen que para que se borre el estado de inocencia deben haberse agotado todos los recursos e instancias, de modo que la sentencia sea firme y ejecutoriada, inimpugnable, invariable.

Luego, soberana irresponsabilidad comete quien despotrica, ensucia, embarra, indispone, a través de sus acusaciones y desde una cárcel, a una candidata presidencial que, como Balbina Herrera, no ha hecho otra cosa, ante la faz de su pueblo, de hablar de sus propuestas concretas dentro de su programa de gobierno y de caras a solventar los agitados problemas nacionales que sufre la nación.

Basta ya de las difamaciones y de las intrigas nacidas al fragor de la malquerencia y la indisposición. Se requiere algo más que propaganda para ganar una elección presidencial.

Que Balbina siga haciendo lo que ha venido haciendo durante años: caminar, tocar puertas, barrio por barrio, sector por sector, en toda nuestra geografía nacional y, precisamente, eso es lo que el pueblo quiere: ¡Escuchar las propuestas!

101 años de Panamá América

 
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