La pura y santa verdad
Santiago de Chile/AIPE.- "¿Padece usted de alguna enfermedad contagiosa, deficiencia física o mental o es adicto a las drogas? ¿Pretende entrar en los Estados Unidos para realizar actividades criminales o inmorales? ¿Ha estado o está implicado en actos de espionaje o sabotaje; actividades terroristas; genocidios?"
Estas son preguntas que uno debe contestar para obtener una visa americana. Hay dos formas de interpretarlas. Una, la mía: reflejan una cultura que venera la verdad al extremo de postular que hasta un criminal o genocida es incapaz de mentir. Otra, de un amigo más escéptico: la policía americana así tiende una trampa al visitante, de manera que si después quiere agarrarlo por algo que no se pueda comprobar, por lo menos podrá acusarlo de perjurio. Se supone que no tiene que contestar "no" a las preguntas. Pero son complejas y es difícil aplicarles la pura y santa verdad. Desde ya, como dijo Oscar Wilde, "la verdad raramente es pura, y nunca es santa".
Ahora entiendo el dilema de Bill Clinton. Como se sabe, a Kenneth Starr no le interesaba lo que estaba haciendo en su oficina con Mónica: sólo si decía la verdad. Estados Unidos e Inglaterra son los únicos países del mundo que esperan que sus políticos no mientan sobre sus actividades sexuales, y los únicos que además dicen condenarlos no por ellas sino por mentir. Bien lo saben John Profumo y Ted Kennedy. También lo sabía Clinton, cuyo primer predecesor, George Washington, le puso una vara muy alta cuando de niño confesó que había cortado un cerezo. "Papá, no puedo mentir", dijo, "lo hice con mi pequeña hacha". Pero Clinton es abogado. Sabe, como mi amigo escéptico, que esta cultura de la verdad puede ser abusada para tender trampas. De allí su cautela ante el Gran Jurado, su "depende de lo que es el significado de es".
Fuera del mundo anglosajón nadie pretende tener tanto apego a la verdad. Y es un peligro cuando un americano viaja. ¿Cómo puede una empresa americana contar la verdad sobre sus reuniones con directores de una empresa chilena? ¿Ya nadie tiene derecho a la impunidad? En realidad, el apego a la verdad de los americanos es vulgar. Ninguna chica nuestra tendría el mal gusto de contar en la televisión sus relaciones con un presidente, mucho menos que tuvo un aborto.
La mentira es necesaria para la convivencia social. ¿Para qué herir con un "me aburre ir a tu comida"? Claro que mentir es un arte. Hay que saber mentir con aplomo, como Lord Charles Beresford, cuando le mandó al Príncipe de Gales un telegrama que decía "Imposible venir comida. Mentira va por correo". Hay profesiones enteras dedicadas a cultivar la mentira fina. Ya en 1604 Sir Henry Wotton observó que un embajador era "un hombre honesto enviado al exterior a mentir por el bien de su país". No sé cómo habría definido a un abogado.
Cabe distinguir entre las mentiras chicas, las elegantes y las grandes mentiras, desplegadas para abusar del poder. Hitler entendía la diferencia.
En "Mein Kampf" acotó que las masas "caen presas de una gran mentira mucho más fácil que de una pequeña".
Estas son preguntas que uno debe contestar para obtener una visa americana. Hay dos formas de interpretarlas. Una, la mía: reflejan una cultura que venera la verdad al extremo de postular que hasta un criminal o genocida es incapaz de mentir. Otra, de un amigo más escéptico: la policía americana así tiende una trampa al visitante, de manera que si después quiere agarrarlo por algo que no se pueda comprobar, por lo menos podrá acusarlo de perjurio. Se supone que no tiene que contestar "no" a las preguntas. Pero son complejas y es difícil aplicarles la pura y santa verdad. Desde ya, como dijo Oscar Wilde, "la verdad raramente es pura, y nunca es santa".
Ahora entiendo el dilema de Bill Clinton. Como se sabe, a Kenneth Starr no le interesaba lo que estaba haciendo en su oficina con Mónica: sólo si decía la verdad. Estados Unidos e Inglaterra son los únicos países del mundo que esperan que sus políticos no mientan sobre sus actividades sexuales, y los únicos que además dicen condenarlos no por ellas sino por mentir. Bien lo saben John Profumo y Ted Kennedy. También lo sabía Clinton, cuyo primer predecesor, George Washington, le puso una vara muy alta cuando de niño confesó que había cortado un cerezo. "Papá, no puedo mentir", dijo, "lo hice con mi pequeña hacha". Pero Clinton es abogado. Sabe, como mi amigo escéptico, que esta cultura de la verdad puede ser abusada para tender trampas. De allí su cautela ante el Gran Jurado, su "depende de lo que es el significado de es".
Fuera del mundo anglosajón nadie pretende tener tanto apego a la verdad. Y es un peligro cuando un americano viaja. ¿Cómo puede una empresa americana contar la verdad sobre sus reuniones con directores de una empresa chilena? ¿Ya nadie tiene derecho a la impunidad? En realidad, el apego a la verdad de los americanos es vulgar. Ninguna chica nuestra tendría el mal gusto de contar en la televisión sus relaciones con un presidente, mucho menos que tuvo un aborto.
La mentira es necesaria para la convivencia social. ¿Para qué herir con un "me aburre ir a tu comida"? Claro que mentir es un arte. Hay que saber mentir con aplomo, como Lord Charles Beresford, cuando le mandó al Príncipe de Gales un telegrama que decía "Imposible venir comida. Mentira va por correo". Hay profesiones enteras dedicadas a cultivar la mentira fina. Ya en 1604 Sir Henry Wotton observó que un embajador era "un hombre honesto enviado al exterior a mentir por el bien de su país". No sé cómo habría definido a un abogado.
Cabe distinguir entre las mentiras chicas, las elegantes y las grandes mentiras, desplegadas para abusar del poder. Hitler entendía la diferencia.
En "Mein Kampf" acotó que las masas "caen presas de una gran mentira mucho más fácil que de una pequeña".