La pusilanimidad de la OEA
La reunión de cancilleres de los países miembros de la Organización de Estados Americanos, que concluyó el pasado 5 de junio, dejó más sinsabores que satisfacciones; por lo menos, a quienes esperábamos que se abordaran temas puntuales sobre los problemas que amenazan la consolidación de las democracias en nuestra América.
A pesar que fue evidente que el tema de la libertad de expresión ocupó la atención en la agenda informativa, los cancilleres no fueron lo suficientemente sensibles a esa realidad, y prefirieron obviar el tema del cierre de la estación de televisión más antigua de Venezuela, a la que independientemente de lo que aleguen los voceros del gobierno de Caracas, no se le renovó la concesión para emitir su señal abierta únicamente por razones políticas y por mantener una posición editorial crítica del régimen de Hugo Chávez.
El ex vicepresidente de Panamá, Ricardo Arias Calderón, advirtió a través de nuestras páginas, que se incurriría en error similar al que la misma OEA cometió en 1989, cuando nos dejó solos, en las manos de Manuel Antonio Noriega, en momentos en que el clamor popular panameño era de libertad, justicia y democracia.
Por su parte, el ex presidente de Perú, Alejandro Toledo, manifestó en un artículo publicado en el New York Times, su esperanza de que los cancilleres democráticos de América hicieran valer esa condición para enviarle un mensaje contundente al gobierno autoritario de Venezuela, sobre la unidad hemisférica en torno al tema de la libertad de expresión.
Con lo que seguramente no contaban ni Arias Calderón ni Toledo, era con el peso que tiene un barril de petróleo por estos días en que la pusilanimidad parece ser la tónica para desgracia de los pueblos de Latinoamérica.