default

La Quinta Papeleta


Las constituyentes no son buenas ni malas, simplemente aparecen y desaparecen cual fenómenos naturales cuando concurren las condiciones para que sobrevengan. Raras veces se las invita a llegar, aunque es posible hacerlo. La quinta papeleta se mueve en este último sentido. Normalmente irrumpen abruptamente en la vida pública como consecuencia de graves y profundas crisis sociales, políticas y económicas. Cuando son creación artificial, de gabinete, se vuelven superficiales y pierden su esencia. Esto es la fuerza inherente al poder originario, aquél que todo lo puede, incluso borrarlo todo y crearlo todo. En cierto sentido, su fuerza deriva de Dios, tal cual se dice de los reyes.
Cuando se forma una constituyente verdadera, es como la “Tormenta Perfecta”, un huracán que todo lo somete y al que le tiene sin cuidado ser constitucional o no. Al final, los nuevos tribunales que crea siempre validan lo actuado; y la teoría de los hechos consumados se encarga del resto.
Por eso, la quinta papeleta es, para nosotros, un ejercicio inútil por lo artificioso, igual que cualquier otra constituyente de probeta. Carece de alma, del alma del pueblo, de las masas rugiendo en las plazas y calles, gritando y exigiendo cambiarlo todo y, por eso, en un instante milagroso y sublime, al borde de la anarquía, se iluminan por algún rayo divino y crean la constituyente para ordenar aquel caos. Por eso, están más claros los indios y paupérrimos bolivianos que hoy están exigiendo una constituyente, mediante un referéndum con fuerza vinculante. He allí la clave. No lo saben, pero ellos, con sus harapos, son el supremo poder originario, del que derivan todos los demás poderes públicos, incluyendo al Ejército y al Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
No estamos de acuerdo con la quinta papeleta pero, si ese es el querer ciudadano, que lo dudamos, ha de hacerse bien, a la manera boliviana, con fuerza vinculante u obligatoria, que es lo mismo. No puede serlo una simple pregunta para contestar si queremos o no una constituyente, porque no obliga al futuro gobierno, ni hay base legal para exigírsela. Pero si aún así se hiciera una constituyente, la misma sería de probeta, sin la misma fuerza, alma, ni calor que la que pretenden los bolivianos.
Además, no están dadas las condiciones de profunda crisis política y social que justifiquen convocar al poder originario. Cierto que hay corrupción, cierto que nuestras instituciones están maltrechas y carecen de credibilidad. Pero eso es culpa nuestra, no de las leyes, ni de la Constitución. El problema está en los hombres y mujeres, no en las leyes. Aceptémoslo y no seamos hipócritas, aquí lo que queremos es que una nueva Constitución nos resuelva los problemas que no nos atrevemos a enfrentar. Leyes hay de sobra, pero hace falta hombres.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América