default

La razón por encima de todo


Todos los seres humanos tenemos la capacidad para expresar cualquier sentimiento: el amor, la fraternidad, el odio, el perdón. En el mejor de los casos la solidaridad podría ser garantía para una mejor sociedad equitativa y transparente.

La semana pasada Panamá América publicó un artículo mío en el que respondí a uno de sus editoriales, y como soy obsesiva de los detalles, leí con detenimiento, uno por uno, los comentarios del foro que sigue a los artículos.

Este foro es un valioso aporte de los medios porque permite conocer de inmediato la opinión de un público que antes, por carecer de ese espacio, no podía expresarse. Según evaluación hecha por el propio diario fue la sexta más leída, por lo que quiero, ante todo, agradecer a los lectores la atención que le prestaron.

Del total de los comentarios casi un 50% saludó el punto de vista que expuse, y como estamos en una sociedad donde disentir es un derecho, el resto confrontó mi posición, hecho que también agradezco, sobre todo de aquellos interlocutores que lo hicieron con altura, contribuyendo a enriquecer el planteamiento realizado.

Hubo quienes, pese a que reiteré la necesidad de que la sociedad panameña se reconcilie, insistieron en la diatriba y la confrontación. Es posible que lo vivido dejó en muchos panameños profundos sentimientos y dolor. El que yo comprenda esto explica por qué convoco a superarlos. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de amar u odiar, el problema radica, creo, en cuándo o hasta cuándo uno debe superar al otro.

Yo abogo por superar los traumas del pasado y poner en marcha un país donde todos nos sentemos a la mesa, porque el resentimiento no deja muchas alternativas para alejarnos de las confrontaciones, y ya hemos visto las consecuencias.

No propongo olvidar, ni perdón sin justicia. Creo que aquí todos tenemos razones para esas consideraciones. Reflexionar y echar a un lado estos sentimientos sería un paso positivo para encauzar al país.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América