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La renuncia de Harris


No se hagan ilusiones; no es más que el título de una novela que leí hace poco y que me preocupó mucho por el parecido de su trama y una realidad que vivimos los panameños. Harris es uno de los personajes principales y los panameños son sus co-estrellas. No imaginan cómo he gozado viéndolo destruir lo hecho por sus predecesores para aliviar el tránsito. Por ejemplo, en la novela hay una carretera en que se habilita una tercera fila en las mañanas, hacia el centro, para facilitar el viaje a los paisanos. Harris, quien funge como mandamás del poblado, decide quitarla y él piensa que no la restituirá porque los comentaristas de radio lo criticaron.
Hay que ver los tranques que se forman en Vía Porras y que el tal Harris prometió poner cuatro vías hacia el centro. Las descripciones de la autora del libro, son impresionantes: los buses hacen carreras y tienen troneras; los taxis siempre están involucrados en un accidente. Dice el libro, que es divertido, que este año hubo menos muertos que el año pasado. Pero no habla de los que quedaron inválidos e incapacitados. En la ciudad, donde el ruido es infernal, el desarrollo de una población silenciosa y resignada cubre la faz de la tierra.
Y qué decir del interior. A pesar de que un pariente le discute sobre el máximo de velocidad que se debe andar en las carreteras, parecieran calles de la ciudad. Hubo un presidente que hizo el ensanche de la Interamericana. Pero Harris pone un máximo de velocidad más baja que en las calles. Los conductores de la novela apuran en las rectas y... ¡zas! Un policía con un radar los está esperando.
Dice la autora que, si tienen suerte, le dan filípica y sale regañado, pero con el bolsillo sano; o puede que le pongan una boleta que le tira el fin de semana porque lo que iba a gastar en diversión debe guardarlo para pagar el boletón. Pero, fíjense si se trata de una novela en donde más de la mitad de lo escrito es invento, imaginación. Pues, puede sucederle al personaje que el policía le insinúe que le pase "algo" y se ahorra el boletón.
Según la autora, el personaje lucha entre sus principios de honestidad y su bolsillo. A veces se opone a dar coima y a veces cede ante la tentación y le dice al policía: "es que sólo llevo dos dólares"; el policía le responde: "bueno, cualquier cosa es buena". Lo que hizo temblar mientras leía era preguntarme si el jefe Harris está enterado de esto o se hace de la vista gorda.
Ahora viene lo peor de la novela, porque es una novela dramática y de terror. Continúan los accidentes, no hay casi policías en las calles ni nadie respeta las leye; los buses y taxis matan gente y se pinta un cuadro de anarquía en la ciudad en donde se desarrolla la novela y, a medida que la lees, sientes el caos sobre ti: los buses se te vienen encima, los taxis se detienen donde les da la gana, la gente tira basura por las ventanillas de los carros y buses; los hombres orinan en plena calle.
Uno de los protagonistas de la novela tiene un sueño y en el mismo lee en el periódico un titular, "La renuncia de Harris". Su esposa, que despierta en ese momento lo ve con una sonrisa de satisfacción y esto hace que sienta celos; lo despierta: ¿qué soñabas que sonreías? ¿Con alguna noviecita? Y él responde disgustado, porque lo despertaron de ese agradable sueño: "no, idiota, soñaba que Harris había renunciado y tú me despertaste".
La novela finaliza con estas frases: los personajes y los hechos son ficticios. Cualquier parecido es mera coincidencia. La vida sólo es sueño y los sueños, sueños son. Cuando finalicé de leer, coloqué el libro sobre mi pecho, miré a lo lejos y pensé si algún día los sueños se harían realidad o continuarían siendo novelas.

101 años de Panamá América

 
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