La renuncia de los magistrados
Luego de la sorprendentemente positiva elección del Dr. Harley J. Mitchell como presidente de la Corte Suprema de Justicia, circuló una no menos sorprendente correspondencia en donde dos magistrados renunciaban a sus responsabilidades en el Órgano Judicial. En el caso de uno, parecía que renunciaba a todo –incluyendo al cargo de Magistrado de la Corte–; en el otro caso, era específico que sólo lo hacía de las comisiones de trabajo en las que se le habían dado responsabilidades administrativas.
Fuera de lo cuestionable que puede ser el abandono de responsabilidades por parte de los funcionarios mejor remunerados del gobierno central, llamó la atención las razones. Los magistrados, que normalmente aseguran que no actúan con criterios partidistas, se quejaron de que los cargos de Presidente y Vicepresidente de la Corte Suprema no se “repartieron equitativamente” entre los grupos que conforman la institución. Aparentemente, para ellos, el que un grupo haya sido nombrado por un Presidente de la República en específico, los convierte en una especie de partido político y quieren aplicar en la Corte las deferencias gobierno/oposición como en los parlamentos. Si todos los magistrados comprendieran que lo que se espera de ellos es que actúen con total independencia de quién o quiénes los llevaron al cargo, tal vez la confusión sobre la renuncia no hubiera causado tanta ilusión y luego desilusión.