La renuncia de Paul O´Neill
Con la economía del país dando tumbos tras dos años de mandato republicano del presidente George Bush hijo, la salida del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Paul O´Neill y del jefe de asesores de la Casa Blanca, Lawrence Lindsey, era según los expertos, la mejor opción posible. La misma, a nuestro modo de ver, careció de elegancia, pese al tenor de la renuncia: “Ha sido un privilegio servir a la Nación durante estos tiempos difíciles. Le agradezco esa oportunidad”. En efecto, la dimisión no surgió por iniciativa del propio O´Neill. Los despachos noticiosos revelan, de fuentes del gobierno, que lo hizo “por petición de la Casa Blanca”. En buen castizo, no se fue. Lo echaron.
En cierta medida, la carta revela la causa y la excusa del renunciante, cuando alude a “estos tiempos difíciles”. Su ineptitud era constantemente objeto de críticas por ambas bancadas del Congreso, algunas de cuyas voces pedían desde hace tiempo su dimisión. Y lo peor para él era la constante e irritante comparación con su antecesor del gobierno de Bill Clinton, el genial Robert Rubin, bajo cuya gestión la administración demócrata consiguió para el país la más larga racha de crecimiento y niveles de prosperidad en décadas.
De alguna manera, el binomio Clinton y Rubin, contra todos los libros de texto y pronósticos, logró una combinación de alto crecimiento, con bajo desempleo y moderada inflación, gracias a una confianza vigorosa de los consumidores, sobre lo cual floreció una bolsa de valores que rompió récords de alzas. Todo el mundo ganó y prosperó, ricos, medios y pobres.
¿Qué le ocurrió a O´Neill? Le pasó un tren por encima. Todo se perdió en cosa de meses. El consumo se vino abajo, el desempleo se disparó, se multiplicaron las quiebras, sobrevino el escándalo del maquillaje de los libros empresariales y el desmoronamiento de la Bolsa, el crecimiento se estancó y el multimillonario superávit heredado de Clinton se agotó pasando a números rojos. Ese es el escenario que aguarda a su sucesor.
Se dice que el despido de O´Neill es por razones políticas, pues Bush, tras su arrolladora victoria en las pasadas elecciones del Congreso, desea repetir en la presidencia en el 2004. Y obviamente, no estaría dispuesto a arrastrar hasta el período electoral, el flanco herido de una economía maltrecha, que tiene nocivas repercusiones en el resto del mundo.
¿Fueron los ataques del 11 de septiembre la causa de tan pobre resultado? Puede que sí, pero eso ya no importa. A O´Neill se le relaciona con la persistencia del desastre y el fracaso económico. Y con eso basta para que se marche y ceda su lugar a una mente y equipo de trabajo fresco, que renueve la esperanza y explore nuevas fórmulas, que traigan de vuelta la confianza. Esa es, precisamente, la medida que el gobierno panameño nunca se permitió, para dinamizar su gabinete, hasta que se hizo tarde.
Me causa gran curiosidad, ¿qué tipo de proceso democrático será el aplicado? Cuando el actual, en su gestación, ya presenta deformidades, ¿quién tendrá la gallardía de adcir mayor moralidad que los demás en la contienda electoral? Nos abocamos a un vacío gubernamental, la democracia ya no es la misma, se ha degenerado; el gobierno ya no es del pueblo, sino de quien controla los medios, la verdad siempre ha sido así. Nos resta, como siempre, ver impávidos el rejuego de los astutos.
¿Querrá la Iglesia redimir a alguno de los candidatos en la próxima contienda? ¿Podrá alguno de los candidatos presentarse sin pecado concebido ante la sociedad panameña? ¿Qué partido podrá definirse como el mejor representante de los más altos intereses del país? El día de las elecciones nos daremos cuenta cuánto nos apreciamos y queremos los panameños.
En cierta medida, la carta revela la causa y la excusa del renunciante, cuando alude a “estos tiempos difíciles”. Su ineptitud era constantemente objeto de críticas por ambas bancadas del Congreso, algunas de cuyas voces pedían desde hace tiempo su dimisión. Y lo peor para él era la constante e irritante comparación con su antecesor del gobierno de Bill Clinton, el genial Robert Rubin, bajo cuya gestión la administración demócrata consiguió para el país la más larga racha de crecimiento y niveles de prosperidad en décadas.
De alguna manera, el binomio Clinton y Rubin, contra todos los libros de texto y pronósticos, logró una combinación de alto crecimiento, con bajo desempleo y moderada inflación, gracias a una confianza vigorosa de los consumidores, sobre lo cual floreció una bolsa de valores que rompió récords de alzas. Todo el mundo ganó y prosperó, ricos, medios y pobres.
¿Qué le ocurrió a O´Neill? Le pasó un tren por encima. Todo se perdió en cosa de meses. El consumo se vino abajo, el desempleo se disparó, se multiplicaron las quiebras, sobrevino el escándalo del maquillaje de los libros empresariales y el desmoronamiento de la Bolsa, el crecimiento se estancó y el multimillonario superávit heredado de Clinton se agotó pasando a números rojos. Ese es el escenario que aguarda a su sucesor.
Se dice que el despido de O´Neill es por razones políticas, pues Bush, tras su arrolladora victoria en las pasadas elecciones del Congreso, desea repetir en la presidencia en el 2004. Y obviamente, no estaría dispuesto a arrastrar hasta el período electoral, el flanco herido de una economía maltrecha, que tiene nocivas repercusiones en el resto del mundo.
¿Fueron los ataques del 11 de septiembre la causa de tan pobre resultado? Puede que sí, pero eso ya no importa. A O´Neill se le relaciona con la persistencia del desastre y el fracaso económico. Y con eso basta para que se marche y ceda su lugar a una mente y equipo de trabajo fresco, que renueve la esperanza y explore nuevas fórmulas, que traigan de vuelta la confianza. Esa es, precisamente, la medida que el gobierno panameño nunca se permitió, para dinamizar su gabinete, hasta que se hizo tarde.
Me causa gran curiosidad, ¿qué tipo de proceso democrático será el aplicado? Cuando el actual, en su gestación, ya presenta deformidades, ¿quién tendrá la gallardía de adcir mayor moralidad que los demás en la contienda electoral? Nos abocamos a un vacío gubernamental, la democracia ya no es la misma, se ha degenerado; el gobierno ya no es del pueblo, sino de quien controla los medios, la verdad siempre ha sido así. Nos resta, como siempre, ver impávidos el rejuego de los astutos.
¿Querrá la Iglesia redimir a alguno de los candidatos en la próxima contienda? ¿Podrá alguno de los candidatos presentarse sin pecado concebido ante la sociedad panameña? ¿Qué partido podrá definirse como el mejor representante de los más altos intereses del país? El día de las elecciones nos daremos cuenta cuánto nos apreciamos y queremos los panameños.