La renuncia de Sánchez de Lozada
Tener una visión parroquial del acontecer mundial es una postura válida. Uno se hace la idea de que vive en una isla y se desconecta de todo hecho fuera de su reducido entorno. Pero eso tiene sus riesgos los chinos lo hicieron durante siglos, y pagaron caro. Sabiéndose autosuficientes y superiores, edificaron la Gran Muralla y decidieron vivir sin contactos con el resto del planeta, hasta que un día el mundo derribó sus muros a cañonazos e hizo de su imperio una piñata. Su aislamiento les impidió conocer la dirección de los vientos. Y un día, esos vientos agitados arrasaron su isla sin darles la oportunidad de preparase. Ya aprendieron, y hoy están insertados en el mundo, jugando y ganando su propio juego.
Panamá es hoy mucho menos que la China de entonces. Somos una nación dependiente del exterior y nuestra economía y existencia misma giran entorno a los servicios que prestamos al extranjero. Razón de sobra, para que, más que otros países, nos demos a la tarea de seguir la pista a cuanto acontecimiento de relevancia ocurra en el resto del planeta. Por ejemplo, la renuncia del presidente boliviano, Gonzalo Sánchez de Lozada, nos incumbe más de lo que podamos pensar a primera vista.
Allá, también había una crisis económica e institucional. E igual la corrupción los carcomía hasta el tuétano. El presidente había roto todos los récords de impopularidad y la percepción de su corta gestión estaba por los suelos. Lo primero que salta a la vista es la semejanza con lo ocurrido al presidente argentino De La Rúa. Los dos, pese a haber sido elegidos democráticamente, fueron derribados por la sociedad civil que clamaba su dimisión en las calles. También en Bolivia, igual que en Panamá, hablan de la constituyente como salida institucional y están pensando en un referéndum "de carácter vinculante" no del tipo "quinta papeleta" de Visión 2020. Y allá, a diferencia de aquí, la crisis tocó fondo. Pero ambos comparten la crisis de gobernabilidad, la ineptitud y la desconfianza ciudadana en sus instituciones que también padeció De La Rúa.
La OEA y su flamante Carta Democrática, fue rebasada por la multitud. Las expresiones de solidaridad de los demás gobiernos del continente, incluso de Estados Unidos, fueron vanas. Las multitudes de la sociedad civil en las calles, si se quiere, "el soberano de todos los poderes", dieron con el gobierno democrático y con la Carta en el suelo.
Ni el ejército pudo impedirlo. Después de masacrar a las primeras decenas de manifestantes desarmados, se acuartelaron y se negaron a seguir matando a los suyos.
¿Qué vendrá ahora? No lo sabemos, pero a la larga, será algo mejor, porque tendrá el respaldo de la gente. Y los gobiernos se hicieron para servir a la gente y servirle bien, no para actuar a sus espaldas o a contrapelo de sus intereses soberanos.
Don Roberto F. Chiari se hizo merecedor al título patriótico de "Presidente de la Dignidad", su ejemplo como norma de inspiración y de estímulo constituye un legado para todos los que aspiren como él, a la consolidación de la paz y la soberanía nacional y al imperio de la justicia en Panamá.
Panamá es hoy mucho menos que la China de entonces. Somos una nación dependiente del exterior y nuestra economía y existencia misma giran entorno a los servicios que prestamos al extranjero. Razón de sobra, para que, más que otros países, nos demos a la tarea de seguir la pista a cuanto acontecimiento de relevancia ocurra en el resto del planeta. Por ejemplo, la renuncia del presidente boliviano, Gonzalo Sánchez de Lozada, nos incumbe más de lo que podamos pensar a primera vista.
Allá, también había una crisis económica e institucional. E igual la corrupción los carcomía hasta el tuétano. El presidente había roto todos los récords de impopularidad y la percepción de su corta gestión estaba por los suelos. Lo primero que salta a la vista es la semejanza con lo ocurrido al presidente argentino De La Rúa. Los dos, pese a haber sido elegidos democráticamente, fueron derribados por la sociedad civil que clamaba su dimisión en las calles. También en Bolivia, igual que en Panamá, hablan de la constituyente como salida institucional y están pensando en un referéndum "de carácter vinculante" no del tipo "quinta papeleta" de Visión 2020. Y allá, a diferencia de aquí, la crisis tocó fondo. Pero ambos comparten la crisis de gobernabilidad, la ineptitud y la desconfianza ciudadana en sus instituciones que también padeció De La Rúa.
La OEA y su flamante Carta Democrática, fue rebasada por la multitud. Las expresiones de solidaridad de los demás gobiernos del continente, incluso de Estados Unidos, fueron vanas. Las multitudes de la sociedad civil en las calles, si se quiere, "el soberano de todos los poderes", dieron con el gobierno democrático y con la Carta en el suelo.
Ni el ejército pudo impedirlo. Después de masacrar a las primeras decenas de manifestantes desarmados, se acuartelaron y se negaron a seguir matando a los suyos.
¿Qué vendrá ahora? No lo sabemos, pero a la larga, será algo mejor, porque tendrá el respaldo de la gente. Y los gobiernos se hicieron para servir a la gente y servirle bien, no para actuar a sus espaldas o a contrapelo de sus intereses soberanos.
Don Roberto F. Chiari se hizo merecedor al título patriótico de "Presidente de la Dignidad", su ejemplo como norma de inspiración y de estímulo constituye un legado para todos los que aspiren como él, a la consolidación de la paz y la soberanía nacional y al imperio de la justicia en Panamá.