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La renuncia de Suharto


En gran medida la situación que vive Indonesia es similar a la padecida por Panamá durante los veintiún años de dictadura militar respaldada por Estados Unidos. El ejército de 300 mil hombres de aquella nación, pertrechado y entrenado por la potencia norteña no era sino parte del anillo de seguridad levantado alrededor de China, Viet Nam, Korea del Norte y la propia China.
No cosa distinta ocurría con nuestras Fuerzas de Defensa que, junto con los demás ejércitos latinoamericanos no hacían sino servir a los intereses norteamericanos en su confrontación con el comunismo soviético y, de paso, servirse a sí mismas y a cerrados intereses plutocráticos en abuso de las mayorías pobres y en sacrificio de los derechos fundamentales.
Pero allá igual que acá, el gorila cede a la vara del amo, salvo que la falta de docilidad conduzca a su sacrificio. Y en cualquier caso, la preservación del interés norteamericano prevalecía sobre cualesquiera otros valores tales como la democracia, la justicia y la libertad.
Así se explica la permanencia en el poder de Indonesia, del dictador militar, general Suharto, durante largos 32 años, a la usanza de Strossner de Paraguay, los Somoza de Nicaragua, Duvalier en Haití y los Trujillo en República Dominicana, entre otros. El apoyo de Estados Unidos a través del ejército era su exclusivo sostén.
Cuando sobrevino la matanza de más de 500 civiles desarmados que protestaban contra el aumento del costo de la vida, el desempleo y el deterioro de las condiciones sociales causadas por la imposición de las mismas recetas de las IFIs que fueron aplicadas en nuestra región, se hizo insostenible la persistencia del respaldo norteamericano. A fin de cuentas el comunismo no es ya una amenaza.
Hasta el momento de la matanza, Suharto había recibido un voto de confianza en su habilidad para implementar las duras medidas de control monetario y presupuestario a su país, provocadas a raíz del colapso bancario que derrumbó en pocos meses, años de relativa prosperidad y tranquilidad social.
La corrupción alimentada tras tres décadas sin alternabilidad en el poder permeó todos los estratos económicos. Se hicieron préstamos fantasmas, cimentados sobre fábricas inexistentes y valores inmobiliarios inflados. Y cuando estalló la burbuja, sobrevino el caos.
Ante la evidencia de que la crisis contagiaba a las naciones vecinas, estremeciendo incluso a otrora inconmovibles economías de Hong Kong y Japón, las IFIs, liderizadas por Estados Unidos, prepararon un paquete de ayuda condicionada de 40 mil millones de dólares que se aplicarían a cuentagotas, "dando y recibiendo". Así fue que las masas populares, que no fueron consultadas para soportar sacrificios, se rebelaron.
Obviamente, la renuncia de Suharto es apenas el principio de una convulsión que ahora se intenta gradualizar, cuando es demasiado tarde. Sobre el vacío se apresuran ahora dos fuerzas peligrosas: el propio ejército y el radicalismo islámico representado por el líder opositor Amiens Rais. Y mientras esto ocurre, Estados Unidos ha anunciado estar preparado para evacuar a sus nacionales, en un "tira la piedra y esconde la mano".

101 años de Panamá América

 
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