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La república moribunda


Los histriónicos chillidos de un titiritero legislativo sobre supuestos actos de corrupción entre el gobierno del Dr. Ernesto Pérez Balladares y las instituciones financieras internacionales me produjeron, más que justificadas aprehensiones, una inmensa tristeza... tristeza profunda y dolorosa que sentimos cuando observamos el tan bajo nivel al que ha llegado el Poder Legislativo. No se trata de una reacción anímica por un hecho aislado, como el que aparenta ser la impúdica incivilidad del juglar chorrillero de chistes lúbricos, sino del esplín que causa la suma de hechos bochornosos, acumulados en las últimas décadas, que exigen, ya, la revisión de un sistema legislativo que se ha tornado en baldón para la democracia nacional.
Más allá de los propósitos nefandos del aprendiz de brujo de Barraza, la transparencia de los actos contractuales del gobierno perredista con las IFIS, ha quedado fuera de toda duda. Lo que no se salva de la irresolución es la gestión de la Presidenta Mireya Moscoso, a quien el destino le jugó la mala pasada de colarle en su bancada legislativa, a tan irresponsable curandero del narcisismo criollo. Fue tan absurda la declaración del susodicho legislador que un Ministro de su propio partido se vio obligado a refutarla de manera contundente.
El gran dilema es, o crear las condiciones socio-políticas que permitan fumigar al hemiciclo, para deshacernos del pesado lastre de aquellos políticos irresponsables, o continuar medrando en este ambiente de insalubridad política que tanto ofende a la conciencia ciudadana. Frente al hecho que he comentado, y frente a tantos otros más, dos son las únicas opciones: Seguir soportando los rancios olores de la partidocracia parlamentaria o adoptar posiciones de protesta cívica, para reivindicar los cambios que conduzcan a una constituyente originaria, capaz de definir un mejor destino para la república moribunda.

101 años de Panamá América

 
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