La resurrección de Clinton
Estuvimos entre los pocos medios que no sólo llamó la atención sobre el papel ridículo de la prensa norteamericana y la oposición republicana a raíz del escándalo sexual que aquejó al presidente Clinton, sino que se atrevió a anticipar el rechazo del pueblo de ese país a la humillación sin precedentes a que fuera sometido.
Periódicamente seguimos las encuestas, mientras advertíamos del carácter muy especial del mandatario, acostumbrado a superar grandes obstáculos y a sacar fuerzas de flaquezas; pese a lo cual la mayoría lo juzgó un cadáver político cuya inhumación sobrevendría tras las elecciones legislativas del martes pasado.
Hace cuatro años, bajo circunstancias menos adversas, los republicanos habían barrido en elecciones legislativas. Pero quienes presagiaron entonces que la gravedad de la derrota se extendería dos años después a la reelección del presidente, se equivocaron estrepitosamente, con la cómoda victoria de Clinton, que resurgía otra vez de sus cenizas.
Mas no le dieron descanso. Entre los medios noticiosos y la oposición republicana, se las arreglaron para avivar las llamas de una aventura sexual, que involucró al presidente con una joven practicante en la Casa Blanca, Mónica Lewinski. Clinton, para salvaguardar su vida íntima, negó cuanto pudo, pero un implacable fiscal especial, nombrado por el Congreso, y con 40 millones de dólares en recursos, lo descubrió todo, forzando al presidente a confesar ante un Gran Jurado, los sórdidos detalles.
Aunque el mandatario estaba listo para se ajusticiado, quisieron encarnecerle y humillarle más aun frente al pueblo y los suyos, algo así como en un moderno circo romano, publicando los sórdidos detalles. Y peor, para sacar mayor provecho, votaron por prolongar el juicio de su destitución indefinidamente, para transformar el escándalo en votos a favor de los verdugos, en las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
De pronto, los sorprendió el cataclismo. Por primera vez en 64 años, un presidente en ejercicio guía a su bancada hacia una victoria legislativa. Las mujeres (55%), los negros (89%), los hispanos (65%), los estados conservadores del Sur, los inmensos estados de California y Nueva York, borraron del mapa a la moral victoriana, premiando los esfuerzos de un presidente que en medio de una crisis mundial, conduce su país hacia un superávit sin parangón en décadas, y hacia una prosperidad milagrosa en mar picado. Votaron por un mandatario que bajo el asedio está siendo capaz de domeñar la crisis asiática, de propiciar la paz en Irlanda del Norte y de gestar la concordia entre israelíes y palestinos; mientras la oposición republicana olvidaba discutir el presupuesto nacional, distraída como estaba en escudriñar los detalles de la vida sexual del mandatario.
Periódicamente seguimos las encuestas, mientras advertíamos del carácter muy especial del mandatario, acostumbrado a superar grandes obstáculos y a sacar fuerzas de flaquezas; pese a lo cual la mayoría lo juzgó un cadáver político cuya inhumación sobrevendría tras las elecciones legislativas del martes pasado.
Hace cuatro años, bajo circunstancias menos adversas, los republicanos habían barrido en elecciones legislativas. Pero quienes presagiaron entonces que la gravedad de la derrota se extendería dos años después a la reelección del presidente, se equivocaron estrepitosamente, con la cómoda victoria de Clinton, que resurgía otra vez de sus cenizas.
Mas no le dieron descanso. Entre los medios noticiosos y la oposición republicana, se las arreglaron para avivar las llamas de una aventura sexual, que involucró al presidente con una joven practicante en la Casa Blanca, Mónica Lewinski. Clinton, para salvaguardar su vida íntima, negó cuanto pudo, pero un implacable fiscal especial, nombrado por el Congreso, y con 40 millones de dólares en recursos, lo descubrió todo, forzando al presidente a confesar ante un Gran Jurado, los sórdidos detalles.
Aunque el mandatario estaba listo para se ajusticiado, quisieron encarnecerle y humillarle más aun frente al pueblo y los suyos, algo así como en un moderno circo romano, publicando los sórdidos detalles. Y peor, para sacar mayor provecho, votaron por prolongar el juicio de su destitución indefinidamente, para transformar el escándalo en votos a favor de los verdugos, en las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
De pronto, los sorprendió el cataclismo. Por primera vez en 64 años, un presidente en ejercicio guía a su bancada hacia una victoria legislativa. Las mujeres (55%), los negros (89%), los hispanos (65%), los estados conservadores del Sur, los inmensos estados de California y Nueva York, borraron del mapa a la moral victoriana, premiando los esfuerzos de un presidente que en medio de una crisis mundial, conduce su país hacia un superávit sin parangón en décadas, y hacia una prosperidad milagrosa en mar picado. Votaron por un mandatario que bajo el asedio está siendo capaz de domeñar la crisis asiática, de propiciar la paz en Irlanda del Norte y de gestar la concordia entre israelíes y palestinos; mientras la oposición republicana olvidaba discutir el presupuesto nacional, distraída como estaba en escudriñar los detalles de la vida sexual del mandatario.