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La revelación de la CIA


El secreto a voces, guardado por ocho gobiernos estadounidenses durante casi cuarenta años, estalló al darse a conocer al público lo que ya se sabía: que la operación Bahía de Cochinos patrocinada por la CIA estaba condenada al más estrepitoso fracaso desde sus primeros pasos.
Obligada por la ley, la Agencia Central de Inteligencia dio a conocer finalmente uno de los informes más autocríticos de su propia historia.
El informe de 150 páginas califica al operativo, uno de las tantas tentativas infructuosas por derribar el régimen cubano de Fidel Castro, tajantemente de "ridículo o trágico, o ambas cosas".
En gran medida, asegura el informe, el fracaso se debió a un total desconocimiento de la realidad cubana así como al etnocentrismo de los operativos, muchos de los cuales ni hablaban español y ni mucho menos conocían a latinoamérica.
Quizás el más significativo aporte de este informe es que deja en claro que el fracaso se debió al mal manejo y no al hecho de que el presidente John F. Kennedy no hubiera prestado el apoyo de la fuerza aérea de Estados Unidos a los invasores, tal como lo afirmó durante años el exilio cubano y sus detractores políticos de derecha.
Los esfuerzos de los operadores de la CIA por neutralizar este informe, preparado a fines de 1960 por el Inspector General de la CIA, el almirante Lyman Kirkpatrick, resultaron vanos al descubrirse una copia celosamente guardada que sobrevivió los esfuerzos de los operadores de la agencia por suprimirla.
La copia fue encontrada en una caja fuerte después de que el National Security Archives, un organismo no gubernamental decide recuperar para uso público documentos amparados en la ley que protege la libertad de información, una medida legislativa que limita el poder del gobierno de mantener secretos documentos que tienen más de 35 ó 30 años.
Para quien esto escribe esta historia reviste un sabor particular. El 17 de abril de 1961, cuando me desempeñada como jefe de la oficina de la United Press en La Habana, me toca dar la primicia de la "invasión" que en ese entonces me pareció inverosímil. Después de haber estado varios meses en Cuba estaba perfectamente consciente de que el régimen aún gozaba de gran popularidad, además de tener de 100,000 milicianos bajo armas.
Además, en la madrugada del día anterior presencié unos actos de impresionante heroismo de estos milicianos cuando los vi correr hacia las baterías antiaéreas de Campo Libertad, el aeropuerto del Ejército Rebelde, bajo ráfagas de metralla y el estallido de bombas lanzadas por dos aviones piratas provenientes de Guatemala.
La siguiente noche me llegó una nota del embajador argentino en Cuba, Julio Amoedo, aseverando que una fuerza invasora de "entre 7,000 y 8,000 hombres" había desembarcado en el sur de Cuba. Yo desconfiaba del diplomático de quien se decía que tenía lazos con la CIA, y eso más tarde se comprobó por el mero uso de esas cifras que fueron con las que la agencia quiso amedrentar al público cubano, así como lo había hecho seis años antes en Guatemala, inflando el número de invasores.
Aunque luego se supo que la invasión sólo contó con unos 1,450 hombres, cualquier persona medianamente informada de la situación interna de Cuba en ese momento, a sólo dos años del triunfo de la revolución, debía saber de que ni 8,000 ni quizás 80,000 pudieron haber vencido a las fuerzas revolucionarias.
Sin embargo tuve que hacer algo con la información ya que esa misma mañana el presidente cubano, Oswaldo Dorticos, me había asegurado que "se viene la invasión". Por eso ni bien recibí la nota llamé a la UP en Nueva York.
La noticia que transmití fue tentativa, caracterizada aún como rumor. Yo estaba convencido que se trataba de una guerra de nervios que Washington había lanzado contra Cuba. Por eso mi información decía "Hubo insistentes rumores esta noche de que una significativa fuerza invasora ha desembarcado en el sur de Cuba. Rumores similares han circulado anteriormente, sólo que éstos se producen 24 horas después de que el gobierno cubano caracterizó una incursión aérea sobre su territorio como el preludio de una invasión".
Ni bien acabé de dar la noticia por teléfono cuando mi departamento se llenó de agentes de seguridad que me tomaron preso. De inmediato fui acusado de espía y el 20 de abril se informó que la mañana siguiente iba a ser fusilado.
Esa noticia provocó que los presidentes Juscelino Kubitschek de Brasil y Arturo Frondizi de Argentina, que me conocían desde hacía varios años, solicitaran conjuntamente un pedido de clemencia a Fidel Castro, así como lo hicieron los gobiernos de México, Estados Unidos y varios otros.
Hace sólo pocas semanas, cuando estuve en Cuba para cubrir la visita del Papa Juan Pablo II, obtuve los primeros datos aparentemente confirmando las aseveraciones que recibí de Fidel Castro en 1985, de que su gobierno nunca tuvo la intención de ajusticiarme.
Eso dejó abierta la posibilidad de que quizás fueron otros organismos de inteligencia, y no el gobierno cubano, que estaban interesados en circular la noticia de mi inminente fusilamiento.
Esta posibilidad encuadra dentro de los parámetros del crítico informe del almirante Kirkpatrick, que acusa a los especialistas latinoamericanos de la agencia de irresponsabilidad a todos los niveles de la operación contra Cuba.
Entre los errores citados por el informe, destaca un presupuesto desaforado que escaló de $4 millones a $46 millones en cuestión de meses, combinado con "una total incoherencia administrativa y operacional bajo el mando de funcionarios que desconocían la realidad de la región" .
"Esta operación cobró vida propia sin saber precisamente hacia dónde iba ni lo que estaba haciendo," señaló el informe. "Los operarios se absorbieron de tal manera en esta aventura que perdieron de vista sus últimos objetivos".
La CIA no mantuvo tampoco informados adecuadamente a los altos funcionarios del gobierno de Kennedy, aseguró, y trató como "marionetas" a los líderes del exilio cubano en Miami así como a los integrantes de la Brigada.
Por el contrario, Bahía de Cochinos se convirtió en el desastre más imponente del inicio de la presidencia de Kennedy y para su imagen, que sólo pudo recuperarse por la destreza con que manejó la crisis de los misiles en octubre de 1962.
"Podemos afirmar confiadamente que la agencia no tenía pruebas de sus servicios de inteligencia de que los cubanos, en un número apreciable, pudieran o fueran a unirse a los invasores," concluyó el almirante, para explicar porque los miembros de la brigada fueron muertos o capturados en la playa en menos de tres días.

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