La revocatoria: ¿Muerte del liderazgo?
Hoy, 1 de septiembre, el mismo día del cumpleaños gubernamental de doña Mireya, la Asamblea Legislativa escoge su nueva junta directiva. Tal suceso no le interesa (con redundancia) a los intereses del país, más allá del valor de un Juzgado Nocturno de Policía, por lo infinitamente ínfimo (con nueva redundancia) de la labor real que está haciendo el parlamento nacional para resolver o buscar soluciones a la tragedia nacional de la pobreza, el desempleo, de los altos costos, de las frustraciones colectivas. La dirigencia política, enfrascada en sus entuertos momentáneos, sus querellas tácticas, estamos seguros que no se da cuenta de que sus liderazgos nacionales tienen sus días contados. A 18 meses antes de la llegada del comandante Chávez al poder en Venezuela, la alta clase política (más fuerte y firme que en Panamá) y sus dos poderosos "partidos democráticos", no se daban cuenta que iban camino de la sepultura ¡Bien enterrados están!
Allá, en el país hermano, Acción Democrática, la de los Rómulos (Bethancourt y Gallegos), la de los Carlos Andrés y garulillas, así como COPEI, la estrella verde, la de los Calvani y los Caldera, no eran conscientes que, aunque respiraban todavía, pronto pasarían al mundo de los muertos; enterrados, además, en ataúdes de caridad, sin velas en sus entierros. La masa popular, desorganizada como acá, sin cultura política real, pero hinchada de emociones, como tienen de hinchados de gases sin nutrientes a sus estómagos, catapultó a un Hugo Chávez al mando autoritario, pero bien embarrado de democracia de votos, como venganza ante tanta indiferencia, tanta corrupción, tanta riqueza de poquitos, los vestidos de Cartiers y camionetas 4x4, en contraste con el hambre popular. Todos los pactos, los códigos, las sabidurías, las "líneas políticas brillantes" de esa clase política caraqueña, (mucho más refinada que la nuestra), se fueron patéticamente al carajo (malograrse algo, según el diccionario Larousse).
Ahora en Panamá, frente al ruido inmenso que ha producido una candidatura para presidir nuestra incolora Asamblea, de parte de nuestras clases políticas, vemos irremediablemente los síntomas de esa grave enfermedad epidémica que llegó a Venezuela; un virus más terrible que el hanta; especialmente porque no lo advierten sus víctimas. Y para ser víctimas, es imprescindible ser miembro de algún CEN de partido o ministro o legislador, o, naturalmente, la propia presidenta. Muy difícil que se den cuenta de ello los actores contaminados del mal. Como con el esposo de la infiel, que todo el pueblo lo sabe menos el infortunado, que la sigue besando en público, orgulloso de su cornuda.
Cuando vemos a legisladores escondiéndose para que sus "cenes" no los vean conversar con los "tuerce rabos" del gobierno (probablemente con canastas llenas de flores verdes), o a los directivos amenazar con la revocatoria de mandato, nos damos cuenta de que el virus mortal, llegó. En ausencia de la admiración de aquellos liderazgos del pasado (Arnulfo, Omar, etc), el liderazgo actual tiene que ir a buscar esa figura de la revocatoria, que en otras áreas sociales del mundo, significa la reivindicación de los pueblos para sacar a sus autoridades que se alejan de sus promesas, para castigar a los irresponsables que se corrompieron en el poder. En nuestro país, la única significación que tiene, radica en ser pólizas de seguros, para obligar a los legisladores que no respetan los liderazgos, a fin de que por miedo voten por tal o cual ordenanza. (¡Ni en tiempos de la dictadura que conocí, había necesidad de ese garrote como ahora!).
¿Tan poca fe tienen en sí mismos, en sus convencimientos, en las lealtades de los suyos, que los "cenes" tienen que volverse G-2, o estar pinchándose los teléfonos, para que sus copartidarios voten como se les ordenó? (Podríamos mandar a buscar a Noriega, por lo menos hasta que pasen las elecciones de la Asamblea). Si pensaran nuestros políticos más allá de estas próximas elecciones legislativas a minutos de distancia nuestra, e incluso, más allá de las próximas elecciones presidenciales, se darían cuenta de que deben encargar sus propios funerales. Por lo menos, que sus muertes no los pillen tan de sorpresa. Y tengan tiempo de hacer testamentos. No vaya a ocurrirles lo de Venezuela, que todos los cuentos de las causas de sus caídas han tenido que analizarlos en los parques cubanizados de Miami.
Allá, en el país hermano, Acción Democrática, la de los Rómulos (Bethancourt y Gallegos), la de los Carlos Andrés y garulillas, así como COPEI, la estrella verde, la de los Calvani y los Caldera, no eran conscientes que, aunque respiraban todavía, pronto pasarían al mundo de los muertos; enterrados, además, en ataúdes de caridad, sin velas en sus entierros. La masa popular, desorganizada como acá, sin cultura política real, pero hinchada de emociones, como tienen de hinchados de gases sin nutrientes a sus estómagos, catapultó a un Hugo Chávez al mando autoritario, pero bien embarrado de democracia de votos, como venganza ante tanta indiferencia, tanta corrupción, tanta riqueza de poquitos, los vestidos de Cartiers y camionetas 4x4, en contraste con el hambre popular. Todos los pactos, los códigos, las sabidurías, las "líneas políticas brillantes" de esa clase política caraqueña, (mucho más refinada que la nuestra), se fueron patéticamente al carajo (malograrse algo, según el diccionario Larousse).
Ahora en Panamá, frente al ruido inmenso que ha producido una candidatura para presidir nuestra incolora Asamblea, de parte de nuestras clases políticas, vemos irremediablemente los síntomas de esa grave enfermedad epidémica que llegó a Venezuela; un virus más terrible que el hanta; especialmente porque no lo advierten sus víctimas. Y para ser víctimas, es imprescindible ser miembro de algún CEN de partido o ministro o legislador, o, naturalmente, la propia presidenta. Muy difícil que se den cuenta de ello los actores contaminados del mal. Como con el esposo de la infiel, que todo el pueblo lo sabe menos el infortunado, que la sigue besando en público, orgulloso de su cornuda.
Cuando vemos a legisladores escondiéndose para que sus "cenes" no los vean conversar con los "tuerce rabos" del gobierno (probablemente con canastas llenas de flores verdes), o a los directivos amenazar con la revocatoria de mandato, nos damos cuenta de que el virus mortal, llegó. En ausencia de la admiración de aquellos liderazgos del pasado (Arnulfo, Omar, etc), el liderazgo actual tiene que ir a buscar esa figura de la revocatoria, que en otras áreas sociales del mundo, significa la reivindicación de los pueblos para sacar a sus autoridades que se alejan de sus promesas, para castigar a los irresponsables que se corrompieron en el poder. En nuestro país, la única significación que tiene, radica en ser pólizas de seguros, para obligar a los legisladores que no respetan los liderazgos, a fin de que por miedo voten por tal o cual ordenanza. (¡Ni en tiempos de la dictadura que conocí, había necesidad de ese garrote como ahora!).
¿Tan poca fe tienen en sí mismos, en sus convencimientos, en las lealtades de los suyos, que los "cenes" tienen que volverse G-2, o estar pinchándose los teléfonos, para que sus copartidarios voten como se les ordenó? (Podríamos mandar a buscar a Noriega, por lo menos hasta que pasen las elecciones de la Asamblea). Si pensaran nuestros políticos más allá de estas próximas elecciones legislativas a minutos de distancia nuestra, e incluso, más allá de las próximas elecciones presidenciales, se darían cuenta de que deben encargar sus propios funerales. Por lo menos, que sus muertes no los pillen tan de sorpresa. Y tengan tiempo de hacer testamentos. No vaya a ocurrirles lo de Venezuela, que todos los cuentos de las causas de sus caídas han tenido que analizarlos en los parques cubanizados de Miami.