La revolución revela rebeldes
N o pretendo emular el famoso trabalenguas de Cabrera Infante. Afirmo que las promesas de la revolución cubana no han llevado bienestar, tolerancia, ni libertad a su pueblo. Sí ha cumplido, hasta el tuétano, su promesa de generar rebeldes. Antes, a favor de su doctrina. Ahora, en su contra. Cuando los Castro, el Che, Camilo Cienfuegos y Huber Matos entraron a la Habana al ritmo del son, yo transitaba la adolescencia. Por entonces se puso de moda el ron-cola o “Cuba Libre” y no había joven soñador que no viera a los barbudos como paladines de la libertad. Vencer al sargento Batista, digno representante de lo peor que produjeron los cuarteles latinoamericanos en contubernio con los Estados Unidos, no era tarea fácil, si no hubiera sido por el apoyo del hastiado pueblo cubano montado en rebeldía.
La Revolución fue legitimada por el mundo entero. Su historia inicial, plena de rasgos utópicos convertidos en una realidad prometedora, muy pronto la transformaron en mito viviente de la lucha por “los pueblos libres”. Vacía de ideas progresistas, deslegitimada por gran parte de su pueblo, la Revolución es ahora un esperpento vestido en ropa deportiva y lo prometido entonces, una reliquia en una bolsa de colostomía.
La dialéctica del paleocomunismo castrista se ha expandido por el mare nostrum del Caribe como una colorida farsa populista del auténtico socialismo democrático, que a duras penas resiste los múltiples embates contra la libertad individual y colectiva y el desprecio por los derechos humanos.
Hay muchísimas cosas que merecen una crítica desapasionada del régimen castrista y otras tantas de los cubanos que huyeron con más pena que gloria para luego pregonar diatribas desde Miami o desde el Capitolio, solicitando a otros que hagan lo que Fidel y sus barbudos hicieron con Batista y su camorra. Pero hay dos cosas que no tienen justificación alguna. Aceptar que toda revolución justifica la muerte de sus adversarios y coartar, hasta la cárcel y el paredón, el sagrado principio de la libertad de pensamiento y de expresión, padre y madre de las demás libertades y fundamento de nuestra civilización.
No ha existido revolución cruenta que no se haya comido a sus hijos. Por la sencilla razón que toda revolución es, por definición, espontánea y transitoria. Cuando se la quiere perpetuar en el tiempo y enclaustrar con ideologías extemporáneas, atrapadas en la telaraña del fracaso histórico, se convierte en otra dictadura tan o más opresiva que la que se pretendió derrocar. Es hora que los cubanos hagan, pacíficamente, como los estudiantes chinos hicieron en Tiananmen: decir basta, ponerse de pie y ganar las calles. La desintegración de la URSS como la caída del muro de Berlín se logró porque el régimen no pudo encarcelar ni matar a todo un pueblo en rebeldía.