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A la rivera del Alajuela, los volvimos a ver


En vísperas de Navidad , me llama mi hija por teléfono para pedirme que le cuidara dos niños que le había adjudicado la representante de Chilibre, para que convivieran con la familia una experiencia prenavideña durante ese fin de semana. Como ella tenía que trabajar, la abuela adoptiva tendría que encargarse de asistirla.
Temprano, a las 6 de la mañana, Maikol y Yamileth, de 8 y 10 años, se bajaron del carro soñolientos y un poco expectantes por la nueva situación que irían a enfrentar. Roto el hielo y cumplidos los pasos de rigor, volvieron a retomar el sueño en la casa que les serviría de albergue, mientras su mamá adoptiva regresaba del trabajo. Después del desayuno, Yamileth lideró a Maikol para terminar de colocar los adornos del árbol de Navidad, huérfano de atención debido a un semestre universitario, cuyos exámenes finales se prolongaron hasta dos días antes de Navidad. Hicieron lo que todos los niños: ver cómicas, jugar, conversar, reír y demás. Después del almuerzo, la acostumbrada siesta de la que ninguno de mis hijos se salvaba, para reponer sus energías y crecer saludables. Cuando su madre adoptiva llegó por ellos ya estaban listos para las próximas ejecutorias. De allí en adelante, pueden imaginarse, fue el fin de semana más movido que yo recuerde en muchos años.
Un compromiso con la H. R. Lourdes Romero, era llevarlos a la parada navideña de ese lugar, que por cierto, quedó espectacular. Es una mujer que trabaja para su comunidad, sin tanta alharaca. Traer todos esos niños de Colón adentro y colocarlos en hogares temporales, pasando por ríos, montes y quebradas, requiere de gran esfuerzo de organización y tesón; pero el rol vital que la mujer ocupa en la producción y reproducción de la sociedad la hacen tremendamente idónea para ésta y muchas otras tareas sociales. ¡Felicitaciones, que se repita!
Y como todo lo que comienza termina, llegó el momento de la despedida, el retorno a sus comunidades de origen. Tras recibir regalos por parte de nuestras amistades y por su familia adoptiva, los acompañamos a la cita de regreso. La nostalgia nos invadió a todos. Los abrazos se repartían a granel, así como las promesas de próximos encuentros no lejanos. Ligeros de equipajes con una carta de agradecimiento a sus padres por la confianza que depositaron en gente desconocida, por permitirnos conocerlos y disfrutarlos. Sí disfrutar la candidez de Maikol, su tierna y encantadora sonrisa, su silencio de muchas palabras, sus apretones de manos, cuando salíamos a la ciudad. Yamileth era más desenvuelta; aparentemente, gozaba de previas experiencias, pero igual conquistó nuestros corazones.
Mandamos nuestros teléfonos y direcciones, y un día la madre de Maikol nos llama para agradecernos. ¿Agradecernos qué?, si en ese intercambio todos salimos ganando. Nosotros nos refrescamos de gente nueva, sin compromisos, ni dobleces, ni segunda intenciones, de niños que te regalan su amor y su sonrisa a cambio de nada. También nos invitaron a la Feria Campesina que se realizaría el 15 de enero a la orilla del Alajuela! Fuimos. ¿Cómo perdernos la oportunidad de conocer a las familias de nuestros ahijados? ¿Cómo negarnos la oportunidad de verlos de nuevo y compartir con ellos , ahora en su ambiente, lejos del escándalo y la contaminación de la ciudad? Fue una decisión acertada.
Desde muy temprano nos apersonamos a la orilla del lago para cruzarlo en cayuco. Al otro lado, el reverbero de gente, el bullicio de las diferentes actividades (tamborito, cumbia, bullarengue, congos), las exquisitas viandas, cocidas con leñas nos dieron la bienvenida. Era una fiesta campesina promocionada por la Iglesia católica, solidaria con los campesinos que viven adyacente al lago Alajuela. Allí podía comprar desde miel de abeja hasta ñame, plátano, saril, medicina alternativa, a precios razonables sin el encarecimiento del intermediario.
La Alcadía de Panamá, SINAPROP, ANAGAN y el MINSA apoyaron la actividad. En ese lugar los campesinos de todas las etnias tenían un centro de distribución efectivo y eficiente, que me llevaba a preguntarme, ¿cuánto duraría esto frente a la amenaza de un TLC agresivo, ignominioso y desnacionalizador?
La llegada de Maikol, Yamileth y sus padres me sacaron de mis pensamientos, invitándome a participar en la misa campesina a campo abierto, donde todas las canciones tenían letra, música y sabor de tierra adentro, "de allá, ´onde uno" que me devolvieron recuerdos de mi infancia. Volví a preguntarme: ¿mis nietos y sus nietos tendrán este privilegio? ¿Podrán, como Maikol, tocar el acordeón y cantar con dulce voz las letras de la música típica a la orilla del lago Alajuela?

101 años de Panamá América

 
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