La seguridad como negocio
Luego de los traumáticos y dolorosos hechos que vivió esta capital en diciembre de 1989, las agencias de seguridad comenzaron a proliferar. Por una parte, era real la necesidad de reforzar las medidas de seguridad en los negocios, pues había muchas armas en las calles y demasiada gente entrenada en su uso y con propósitos criminales; por otra parte, la Fuerza Pública se encontraba convaleciente luego de la cirugía profunda que se le hizo para extirpar el militarismo de su seno.
En esas circunstancias se dio el auge de las agencias de seguridad, mediante el cual la iniciativa privada remediaba las carencias del Estado. El problema estuvo en que se hizo sin los suficientes controles y se contrataron como agentes personas asociadas con el crimen y sus bandas. Así, a lo largo de los años, hemos visto que en demasiadas ocasiones han sido los empleados de las agencias de seguridad los que han facilitado la comisión de robos en las empresas que contrataban los servicios de una agencia para que las cuidase.
No sería justo omitir de la lista de problemas que trajo consigo el negocio de la seguridad, los bajos salarios que devengaban "estos agentes privados", su poco entrenamiento, el alto riesgo al que se exponen diariamente sin contar siempre con la debida red de apoyo y las excesivas horas de sobretiempo a que están forzados a trabajar, todo lo cual va en detrimento de la calidad del servicio que ofrecen.
Quizás ya es tiempo de que les alcance el brazo regulador del Estado, y se exija una precalificación, sometida a juicioso escrutinio, de cada agente, antes de colocar la confianza del cliente y las armas de la empresa en manos de un futuro cómplice del crimen. Sobran los hechos para respaldar los temores de que, si no se hace algo, los ciudadanos seguirán cayendo víctimas del azaroso servicio que presta la seguridad privada.
En esas circunstancias se dio el auge de las agencias de seguridad, mediante el cual la iniciativa privada remediaba las carencias del Estado. El problema estuvo en que se hizo sin los suficientes controles y se contrataron como agentes personas asociadas con el crimen y sus bandas. Así, a lo largo de los años, hemos visto que en demasiadas ocasiones han sido los empleados de las agencias de seguridad los que han facilitado la comisión de robos en las empresas que contrataban los servicios de una agencia para que las cuidase.
No sería justo omitir de la lista de problemas que trajo consigo el negocio de la seguridad, los bajos salarios que devengaban "estos agentes privados", su poco entrenamiento, el alto riesgo al que se exponen diariamente sin contar siempre con la debida red de apoyo y las excesivas horas de sobretiempo a que están forzados a trabajar, todo lo cual va en detrimento de la calidad del servicio que ofrecen.
Quizás ya es tiempo de que les alcance el brazo regulador del Estado, y se exija una precalificación, sometida a juicioso escrutinio, de cada agente, antes de colocar la confianza del cliente y las armas de la empresa en manos de un futuro cómplice del crimen. Sobran los hechos para respaldar los temores de que, si no se hace algo, los ciudadanos seguirán cayendo víctimas del azaroso servicio que presta la seguridad privada.